Sé que te quedaste con el corazón en un hilo queriendo saber qué pasó después de ese primer encuentro, y créeme, estás en el lugar correcto para descubrir toda la verdad.
Don Manuel, un veterano de mil batallas que pasaba sus tardes limpiando su vieja escuadra en el rincón más tranquilo del club de tiro «El Centinela», no podía apartar la vista de lo que estaba ocurriendo en el carril número siete. A sus setenta años, Manuel había aprendido a leer a las personas por la forma en que caminaban, y esa muchacha, a pesar de su sudadera holgada y su aire de timidez, caminaba con una ligereza que no encajaba con el entorno.
A su lado, Ricardo, el «campeón» local, un hombre que inflaba el pecho tanto como su ego, no paraba de soltar carcajadas que resonaban contra las paredes de concreto. Ricardo solía rodearse de un séquito de jóvenes que aspiraban a ser tan arrogantes como él, y hoy tenían a la presa perfecta para sus burlas.
— Oye, niñita, ¿estás segura de que no buscas el salón de clases de yoga? —gritó Ricardo, provocando una ola de risas entre sus amigos—. Aquí el ruido es fuerte y el retroceso de estas máquinas podría dislocarte ese hombrito tan frágil.
La joven, que apenas aparentaba unos veinticinco años, ni siquiera parpadeó. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y unos ojos oscuros que parecían absorber toda la luz del lugar. Lo más extraño de su vestimenta no era la ropa sencilla, sino un guante de cuero negro que cubría únicamente su mano derecha. No era un guante de tiro profesional; era algo más rústico, casi como una segunda piel.
— Solo quiero practicar un poco —respondió ella con una voz tan suave que Manuel tuvo que inclinarse hacia adelante para escucharla.
— Practicar… claro —se burló Ricardo, acercándose a ella con paso pesado—. Mira, esto no es un videojuego. Aquí usamos pólvora de verdad. Si quieres, puedo darte unas clases particulares, para que al menos aprendas a sostener el arma sin llorar.
Ricardo puso una mano pesada sobre el hombro de la chica, un gesto que en «El Centinela» todos sabían que era su forma de marcar territorio. Manuel vio cómo el cuerpo de la joven se tensaba por una fracción de segundo, un movimiento casi imperceptible, pero cargado de una energía eléctrica.
— No es necesario —dijo ella, zafándose del agarre de Ricardo con un movimiento fluido que lo dejó un poco desequilibrado—. Puedo hacerlo sola.
— ¡Ah, tenemos una valiente! —exclamó Ricardo, volviéndose hacia su grupo—. Hagamos una cosa, «campeona». Si logras darle al blanco, aunque sea en el borde, yo mismo te pago la membresía de todo el año. Pero si fallas, tendrás que limpiar todas las armas de mis amigos durante un mes. ¿Qué dices?
Los amigos de Ricardo celebraron la propuesta con silbidos y burlas. Manuel, desde su rincón, sintió una punzada de indignación. Conocía a tipos como Ricardo; se alimentaban de la humillación ajena. Pero algo en la mirada de la muchacha lo mantuvo callado. Ella no parecía asustada. De hecho, por un momento, Manuel juraría que vio una sombra de lástima en sus ojos.
— Acepto —dijo ella simplemente.
La joven sacó de una pequeña maleta un estuche desgastado. No era una pistola de última generación llena de accesorios tácticos como la que portaba Ricardo. Era una pieza clásica, bien cuidada, pero que claramente había visto mejores tiempos. Ricardo soltó otra carcajada al verla.
— ¿Con esa reliquia vas a competir? Mi abuelo tenía una igual para espantar a los coyotes en el rancho.
La chica no respondió. Se colocó los protectores auditivos con una parsimonia que desesperaba a los presentes. Sus movimientos eran lentos, casi ceremoniales. Manuel notó que, al ajustar su guante negro, la joven cerró los ojos por un instante, como si estuviera invocando un recuerdo o pidiendo permiso a alguien que no estaba allí.
El ambiente en el club cambió. La curiosidad empezó a vencer a la burla. Los otros tiradores detuvieron sus prácticas para acercarse a la barandilla. El silencio se volvió denso, interrumpido solo por el sonido lejano de la ventilación.
La muchacha tomó posición. Su postura era perfecta, pero no la postura de alguien que ha aprendido en un manual de fin de semana. Sus pies estaban firmemente anclados al suelo, sus hombros relajados pero estables. Era la imagen de la calma absoluta en medio de una tormenta de testosterona.
Ricardo se cruzó de brazos, con una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro. Estaba convencido de que la chica cerraría los ojos al disparar, asustada por el estruendo. Esperaba ver el arma saltar de sus manos o, al menos, un fallo estrepitoso que le diera la excusa para seguir con su acoso.
Ella levantó el brazo. No hubo temblor. No hubo duda. Fue un movimiento tan natural como respirar. El cañón de la vieja pistola se alineó con el centro de la diana, a veinticinco metros de distancia.
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