Relatos del día a día: amores, familias y vidas cruzadas que inspiran. Historias frescas y emotivas para leer de un tirón.
Relatos del Día

Sin título

13 min de lectura
Publicidad

Ya te quedaste con la respiración a medias, y por eso mismo estás aquí, listo para saber cómo termina esto.

Publicidad

El sargento Rómulo Cifuentes se dijo a sí mismo que no podía quedarse quieto, que cada segundo bajo ese lodo era un segundo más cerca de la muerte.

Sentía cómo el barro le apretaba el pecho como una mano gigante, y el corazón le golpeaba tan fuerte que juró que sus perseguidores podían oírlo desde la orilla.

Apenas unas horas antes, todo había sido distinto.

Rómulo llevaba once años en el ejército, y en once años uno aprende a leer el monte como quien lee el rostro de un hermano.

Pero esa madrugada la selva estaba de luto, negra como boca de pozo, y el silencio era un silencio mentiroso.

Lo habían mandado con su pelotón a una misión de reconocimiento en la zona baja del río Guayabero, un territorio que nadie pisaba sin persignarse primero.

Su teniente, un muchacho de veintitrés años recién salido de la escuela, les había dicho que era «una operación de rutina».

Rómulo se rio por dentro cuando lo escuchó.

Ninguna operación en esa selva era de rutina.

Publicidad

El fuego que lo cambió todo

El ataque llegó a las cuatro y diez de la madrugada.

No hubo gritos de advertencia, ni disparos al aire, ni esa cortesía que a veces se dan los bandos antes de matarse.

Primero fue un zumbido, casi como un insecto grande pasando cerca de la oreja, y después el estallido.

Rómulo vio caer a dos de sus compañeros antes de que pudiera siquiera llevarse el fusil al hombro.

Uno de ellos, el cabo Bermúdez, un paisa chistoso que siempre contaba chistes malos en las guardias, quedó tendido boca abajo sobre la hojarasca.

El otro era un soldado nuevo, un pelao de diecinueve años que había jurado la bandera hacía apenas tres meses.

Rómulo no recordaba su nombre en ese instante, y esa culpa lo perseguiría mucho tiempo.

Lo único que supo hacer fue correr.

Correr hacia donde el monte se hacía más espeso, hacia donde no había caminos ni senderos, hacia donde nadie con dos dedos de frente se metería en la oscuridad.

Pero detrás de él venían los mejores.

No eran los mismos guerrilleros desarrapados que él había enfrentado en otras ocasiones.

Estos hombres se movían como fantasmas, sin hacer crujir una rama, sin levantar una hoja.

Eran fuerzas especiales de un grupo del que se hablaba con miedo en los cuarteles, hombres entrenados para cazar, no para pelear.

Rómulo lo supo porque escuchó a uno de ellos dar una orden en voz baja, con un acento que no era de la región, y usó una palabra técnica que solo se enseña en cursos avanzados.

Ahí entendió que no iban a darle cuartel.

Iban a cazarlo como se caza a un animal herido, sin prisa, sin ruido, sin remordimiento.

Publicidad

El río que se volvió su única salida

Rómulo corrió durante casi una hora.

Los muslos le ardían, el uniforme camuflado estaba empapado de sudor y de rocío, y tenía una cortada en la frente de la que no recordaba el origen.

En un momento cruzó una quebrada, y al saltar sintió que el suelo le mentía bajo los pies.

Era barro.

Barro espeso, oscuro, con ese olor a podrido que tienen las orillas de los ríos viejos.

Y entonces vio el río.

No era un río grande, pero en la oscuridad parecía un abismo negro que se llevaba todo.

Rómulo había crecido en Puerto Berrío, en las riberas del Magdalena, y sabía que los ríos selváticos son traicioneros pero también misericordiosos.

Y supo, en un instante de esos que uno no piensa sino que siente, que su única salida era entregarse al agua.

Se metió con cuidado, para no hacer ruido, y avanzó hasta que el lodo le llegó al cuello.

Ahí encontró un banco de barro tan blando que podía hundirse casi por completo.

Cortó una caña con su cuchillo de monte, delgada y hueca, de las que crecen a la orilla, y la usó como los niños cuando juegan a ser submarinos.

Se hundió en el lodo hasta que solo quedaron afuera sus ojos y la punta de la caña.

El frío le subió por la espalda como una mano de muerto.

Y esperó.

Publicidad

Arriba, sobre el agua, escuchó las botas de los perseguidores detenerse en la orilla.

Uno de ellos dijo algo en voz baja, y otro respondió con una risa corta, seca, sin gracia.

Rómulo sintió el barro colarse por el cuello de la camisa, por las mangas, por entre los dedos.

Pensó en su mamá, doña Ernestina, que a esa hora ya estaría levantándose a hacer el café en su casa de Puerto Berrío.

Pensó en su hija Yuliana, que tenía ocho años y le había pedido que le trajera una piedra bonita del monte.

Pensó en que si se movía un centímetro, todo se acababa.

Y no se movió.

La sombra que se inclinó sobre el agua

El comandante del equipo enemigo se llamaba, según supo después Rómulo, algo así como «Caimán».

No era un apodo bonito, y no era un hombre bonito tampoco.

Era un tipo alto, seco, con la cara marcada como si alguien le hubiera cosido las cicatrices a mano.

Caminaba despacio, con las manos atrás, como un maestro de escuela que va a regañar a un alumno.

Rómulo no podía verlo desde abajo, pero podía oír sus pasos.

Los otros hombres del equipo se habían dispersado, buscando huellas, revisando el monte.

Caimán se quedó solo en la orilla.

Y se agachó.

Rómulo vio, a través del agua turbia, la silueta de una cabeza inclinándose sobre la superficie.

Publicidad

Y después vio la caña.

Caimán la vio también.

El comandante se quedó quieto unos segundos, como si dudara.

Después estiró la mano, la agarró, y la levantó.

Rómulo sintió cómo el tubo de caña salía del agua, y con él su último aliento de aire limpio.

El corazón se le detuvo.

Caimán miró la caña bajo la luna, la giró entre los dedos, y sonrió.

Después, con una calma que helaba la sangre, apuntó su fusil al punto exacto del lodo donde Rómulo estaba enterrado.

Rómulo no cerró los ojos.

Los abrió más bien, y en ese instante pensó en una sola cosa: «Si voy a morir, quiero ver la cara de quien me mata».

El disparo estalló en la noche.

Pero el agua, el lodo, la corriente, la suerte, algo, desvió la bala.

Rómulo sintió el impacto del proyectil golpear el agua a un palmo de su cabeza, y la onda expansiva le reventó los oídos.

Después vino un segundo disparo.

Y un tercero.

Caimán estaba disparando a ciegas, furioso, porque sabía que su presa estaba ahí, que la tenía, que se le escapaba.

Y en medio de la lluvia de balas, Rómulo hizo lo único que un hombre sensato habría hecho.

Se hundió más.

Se soltó del fondo lodoso con un empujón de sus botas, y se dejó llevar por la corriente.

El río lo agarró como una madre agarraría a un hijo perdido.

Publicidad

Lo arrastró por debajo, lo golpeó contra piedras invisibles, le llenó los pulmones de barro y de agua.

Pero lo sacó.

Lo sacó lejos, muy lejos, hasta una curva donde el agua era más mansa y la orilla se hacía pedregosa.

Rómulo emergió tosiendo, escupiendo lodo, con los ojos ardiendo.

Y volvió a correr.

Porque los gritos de Caimán aún se oían a lo lejos, y porque sabía que ese hombre no se rendía.

La selva que no perdona

Rómulo corrió descalzo, porque había perdido las botas en el río.

Corrió con la camisa rasgada, con los pantalones pegados al cuerpo, con el fusil que milagrosamente había logrado conservar.

Y se metió en una parte del monte que no conocía.

Un terreno pantanoso, lleno de raíces, de lianas gruesas como brazos, de un silencio que ponía los pelos de punta.

No era un silencio natural.

Era el silencio que dejan los depredadores cuando están cazando.

Rómulo escuchó un rugido lejano, no muy lejano.

Y después otro.

Y después un tercero, más cerca.

No eran jaguares, porque los jaguares no rugen de esa manera.

Eran caimanes.

Caimanes grandes, de los que hay en los caños profundos de la selva, con ojos amarillos y mandíbulas como trampas de hierro.

Rómulo se detuvo un instante, jadeando, y se dijo que estaba entre la espada y la pared.

Detrás, los hombres de Caimán.

Adelante, los caimanes de verdad.

Y no había manera de saber cuál de los dos era peor.

Se agachó, recogió un palo grueso, y avanzó paso a paso por el barro.

Los ojos de los caimanes brillaban entre los matorrales como luciérnagas malditas.

Rómulo los contó.

Publicidad

Cuatro.

Cuatro pares de ojos amarillos mirándolo sin pestañear.

Uno de ellos se movió, y el agua se agitó con un sonido espeso, como si alguien removiera una olla de sopa.

Rómulo levantó el palo.

No era un arma, pero era algo.

Y en ese momento, como si el monte mismo hubiera decidido ayudarlo, un ruido seco, un golpe, hizo que los caimanes giraran la cabeza.

Era un tapir, un animal grande, torpe, que había venido a beber al caño sin saber que estaba rodeado de dientes.

Los caimanes se lanzaron sobre él.

Y Rómulo aprovechó.

Corrió por la orilla, saltó sobre las piedras, se metió en un sendero abierto por animales, y no se detuvo hasta que los rugidos quedaron atrás.

Cuando finalmente se dejó caer al pie de un árbol gigante, con la espalda contra la corteza, el cielo empezaba a aclarar.

Y Rómulo lloró.

Lloró como no había llorado ni cuando murió su papá, ni cuando lo dejó la mamá de Yuliana.

Lloró con la boca abierta, sin ruido, con las manos sucias apretadas contra la cara.

Porque estaba vivo.

Y porque en ese instante entendió que la guerra no era un juego de valientes, sino un juego de suertudos.

Lo que el comandante no sabía

Lo que Rómulo no supo hasta mucho después, cuando lo contó en un informe con voz temblorosa, fue que Caimán no se rindió.

El comandante reunió a sus hombres en la orilla del río, maldijo en voz baja, y dio la orden de seguir buscando.

Pero el río había crecido, porque en la selva los ríos crecen de repente, sin avisar.

Y los rastros se borraron.

Los perros que traían se negaron a seguir el rastro, porque el olor del lodo lo cubría todo.

Uno de los hombres de Caimán dijo, con esa superstición que hasta los más duros llevan dentro, que «ese man tenía pacto».

Otro dijo que era mejor dejarlo, que la selva ya se encargaría.

Caimán no dijo nada.

Publicidad

Se quedó mirando el río un buen rato, con la caña todavía en la mano, esa caña que había sido el único trofeo de la noche.

Y después la tiró al agua.

Como si con ese gesto admitiera que había perdido.

Como si supiera que ese soldado flaco, empapado, descalzo, iba a convertirse en una historia que se contaría en los cuarteles durante años.

El regreso que nadie esperaba

Rómulo caminó tres días.

Tres días sin comer, sin más agua que la que lamía de las hojas, sin más compañía que el zumbido de los mosquitos y el miedo.

Se orientó con el sol, con el canto de unos pájaros que su abuelo le había enseñado a reconocer, con la memoria de un mapa que había visto una sola vez.

Al cuarto día llegó a un caserío.

Una mujer de unos sesenta años, con las manos manchadas de tinta de cocina, lo vio aparecer por el camino y soltó un grito.

Rómulo debía verse como un muerto que había decidido no morirse.

La mujer, que se llamaba doña Carmen, le dio agua, le dio arepa, le dio un pedazo de carne seca que él devoró sin masticar.

Y le prestó un teléfono.

Rómulo marcó el número de su batallón con los dedos temblando.

Del otro lado contestó un cabo que lo conocía, y que al escuchar su voz se quedó mudo unos segundos.

Después gritó:

«¡Mi sargento, lo estamos velando!»

Rómulo se rio, con una risa ronca, cansada, casi rota.

«Pues díganle a mi mamá que la vela se cancela», respondió.

Y colgó.

La posdata que no esperaba

Cuando Rómulo regresó a su casa, en Puerto Berrío, su mamá lo abrazó tan fuerte que casi le rompe una costilla.

Yuliana le saltó al cuello y no lo soltó en toda la tarde.

Los vecinos hicieron sancocho, los amigos trajeron cerveza, y el pueblo entero celebró como si hubiera ganado un mundial.

Pero Rómulo no era el mismo.

Se despertaba en la madrugada empapado en sudor, escuchando disparos que ya no existían.

Publicidad

Se quedaba mirando el río Magdalena durante horas, sin decir nada.

Y una tarde, cuando Yuliana le preguntó por qué estaba tan callado, él le contó la historia.

Se la contó completa, sin adornos, sin héroes.

Le contó del barro, de la caña, de Caimán, de los caimanes, del tapir que le salvó la vida sin saberlo.

Yuliana lo escuchó con los ojos muy abiertos, y al final le preguntó:

«¿Y por qué no te mataron, papi?»

Rómulo se quedó pensando.

Y después respondió, con una voz que le salía de muy adentro:

«Porque a veces la vida se pone de tu lado, mija. Y uno no sabe por qué. Uno solo tiene que agradecerlo y seguir».

Se dice que esa historia se cuenta todavía en los cuarteles, con el nombre de «el ahogado que volvió».

Se dice que Caimán, el comandante que lo persiguió, nunca volvió a menospreciar a un soldado flaco de provincia.

Y se dice, sobre todo, que en la orilla de ese río lejano hay una caña clavada en el barro, como una cruz sin nombre, recordando que hay hombres que se niegan a morir aunque el mundo entero les apunte con un fusil.

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *