Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
Elena dejó escapar una carcajada cristalina que resonó contra las copas de cristal de Baccarat.
Su mano, adornada con un anillo de diamantes que su esposo le había regalado en su último aniversario, sostenía con elegancia una copa de Chardonnay.
Frente a ella, Julián la miraba con una mezcla de deseo y admiración cínica.
Él era diez años más joven, un instructor de gimnasio con ambiciones que superaban su cuenta bancaria, pero con un carisma que había logrado que Elena perdiera la cabeza.
—No puedo creer que se lo haya tragado tan fácil —susurró ella, inclinándose hacia adelante para que el escote de su vestido de seda negra hiciera su trabajo—. Le dije que mi madre había tenido una recaída, que el cardiólogo necesitaba el pago en efectivo para asegurar la cirugía de urgencia.
Julián soltó una risita ahogada, acariciando la mano de Elena sobre el mantel de lino.
—¿Y qué hizo el gran Ricardo? —preguntó él con tono burlón.
—Lo de siempre —respondió ella, encogiéndose de hombros con desdén—. Ni siquiera me miró a los ojos. Estaba revisando unos contratos en su tableta. Solo sacó el talonario, firmó un cheque por diez mil dólares y me dijo: «Toma lo que necesites, que tu madre esté bien es lo único que importa».
Elena bebió un sorbo largo, saboreando no solo el vino, sino la victoria de su propia manipulación.
—El pobre tonto no sabe que su dinero está pagando esta cena, el hotel de la semana pasada y ese reloj que llevas puesto, mi amor.
Julián miró su muñeca, donde un reloj de marca suiza brillaba bajo las luces tenues del restaurante Le Ciel.
Era el trofeo de su conquista.
—Es un ingenuo —sentenció Julián—. Un hombre con tanto poder en los negocios, pero tan ciego en su propia casa.
—No es ciego —corrigió Elena con una sonrisa gélida—. Es previsible. Ricardo cree que el dinero lo soluciona todo. Cree que porque me da una vida de reina, yo le debo lealtad eterna. Pero lo que él no entiende es que yo me aburro de la perfección.
La cena continuó entre caricias por debajo de la mesa y planes para el resto de la noche.
Elena se sentía invencible.
Sentía que caminaba sobre el agua, que su red de mentiras era tan sólida que nada podría romperla.
Sin embargo, a escasos metros, oculto tras el follaje de una planta decorativa, un hombre con un auricular casi imperceptible observaba cada gesto.
Marcos, el jefe de seguridad personal de Ricardo, no sentía placer en lo que hacía.
Había servido a la familia durante quince años y le tenía un respeto profundo a su jefe.
Ver a Elena burlarse de la supuesta enfermedad de su madre le revolvía el estómago.
—Objetivo saliendo del restaurante —susurró Marcos al micrófono oculto en su solapa—. Se dirigen al vehículo de él. Procedo a seguirlos.
Al otro lado de la línea, en el piso 50 de una torre de cristal que dominaba la ciudad, el silencio era absoluto.
Ricardo no respondió.
Simplemente colgó el teléfono.
Estaba sentado frente a un ventanal inmenso, con una copa de coñac que no había probado.
Sus ojos, cansados por los años de trabajo duro, miraban las luces de la ciudad como si fueran las piezas de un tablero de ajedrez.
—Que inicie la jugada —murmuró para sí mismo.
No había ira en su voz. Había algo mucho más peligroso: una determinación fría y calculada.
Afuera, el aire de la noche era fresco.
Elena y Julián caminaban hacia el lujoso deportivo de él, tomados de la mano, riendo como adolescentes que acaban de cometer una travesura.
Ella se sentía viva. La adrenalina de la traición era el combustible que mantenía su belleza radiante.
—Aprovechando que hoy no tienes que volver temprano para «cuidar a tu mami»… ¿nos vamos directo a mi departamento? —sugirió Julián mientras le abría la puerta del auto.
Elena lo miró con fuego en los ojos.
—Toda la noche es nuestra, Julián. Mi esposo cree que estoy en el hospital, durmiendo en una silla incómoda al lado de una enferma. No me esperará hasta mañana.
El motor del deportivo rugió, rompiendo el silencio de la calle exclusiva.
No sabían que, dos autos atrás, una camioneta negra con los vidrios polarizados se encendía al mismo tiempo.
Marcos mantenía la distancia justa, informando cada cambio de carril, cada semáforo en rojo.
Ricardo, desde su oficina, activó una serie de comandos en su computadora.
Él no era solo un hombre de negocios; era un arquitecto de sistemas.
Y esa noche, el sistema de vida de Elena estaba a punto de colapsar por completo.
A medida que el auto de Julián se alejaba del centro de la ciudad hacia la zona de condominios de lujo, Elena empezó a notar algo extraño.
Su teléfono celular, que estaba en su bolso, comenzó a vibrar de manera frenética.
—¿Quién molesta a estas horas? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
Sacó el aparato y vio una serie de notificaciones de su aplicación bancaria.
«Transacción cancelada». «Cuenta suspendida por actividad sospechosa». «Tarjeta de crédito bloqueada».
Un escalofrío recorrió su espalda, pero trató de disimularlo.
—Seguro es un error del banco —pensó—. Mañana lo soluciono con una llamada.
Pero entonces, llegó un mensaje de texto de un número desconocido.
Un mensaje que hizo que su respiración se detuviera por un segundo.
“Las medicinas de tu madre ya han sido pagadas, Elena. Pero no con tu dinero, sino con tu verdad.”
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