Sabía que no podías quedarte solo con el inicio, hay verdades que pesan demasiado en el alma para ser ignoradas y tú has decidido llegar hasta el fondo.
¿Cuánto puede valer un objeto cuando lo que representa es el pedazo de un corazón roto? Para Roberto, aquel reloj de oro no era una joya de miles de dólares, ni una pieza de colección guardada en una caja fuerte de terciopelo. Era, en realidad, el último rastro de una vida que se le escapó entre los dedos hacía quince años.
En la imponente biblioteca de la mansión, el aire se sentía tan pesado que parecía difícil respirar. Roberto, un hombre de hombros anchos y mirada endurecida por los negocios y la tragedia, sostenía la muñeca de la joven Elena con una fuerza que rozaba la desesperación. Sus ojos, inyectados en sangre, no se apartaban del reloj de oro que ella apretaba contra su pecho.
—¿De dónde lo sacaste? —rugió Roberto, y su voz retumbó contra las paredes tapizadas de libros antiguos—. ¡Dime la verdad ahora mismo o te juro que no saldrás de esta casa sino para ir directo a una celda!
Elena, que apenas llevaba tres días trabajando como empleada doméstica en aquella casa monumental, sentía que sus piernas flaqueaban. El uniforme, que le quedaba un poco grande, temblaba al ritmo de su pecho agitado. Las lágrimas le nublaban la vista, pero no bajó la cabeza.
—Se lo juro, señor… yo no he robado nada —logró articular entre sollozos que le cortaban el aliento—. Este reloj ha estado conmigo toda la vida. Es lo único que tengo.
Roberto soltó una risotada amarga, una que no tenía ni un ápice de alegría. Era el sonido de un hombre que ha perdido la fe en la humanidad. Para él, Elena era solo otra persona intentando aprovecharse de su fortuna, alguien que seguramente había hurgado en los cajones prohibidos de la planta alta para llevarse lo más valioso.
—¿Toda la vida? —preguntó él, acercando su rostro al de ella, permitiendo que Elena viera las arrugas de dolor marcadas en su frente—. Este reloj fue fabricado por encargo en Suiza. No hay otro igual en el mundo. Tenía grabada una promesa que murió el día que mi hija desapareció. ¿Cómo te atreves a decirme que es tuyo?
La joven retrocedió hasta chocar con el escritorio de caoba. Sus dedos acariciaron el metal frío del reloj. Ella recordaba las noches en el orfanato de San Judas, cuando el hambre o el frío no la dejaban dormir. En esos momentos, sacaba el reloj de debajo de su almohada y escuchaba su tic-tac constante, imaginando que era el latido del corazón de una madre que algún día vendría a buscarla.
—Me lo dieron cuando era muy pequeña —explicó Elena, tratando de estabilizar su voz—. La directora del orfanato me dijo que estaba entre mis mantas cuando me encontraron en aquel parque. Nunca funcionó, pero siempre sentí que si lo mantenía cerca, algún día sabría quién soy. Por favor, señor Roberto, puede quitarme el empleo, puede humillarme, pero no me llame ladrona.
Afuera, los truenos empezaron a sacudir los ventanales de la mansión, como si la naturaleza misma estuviera reaccionando a la tormenta que se desataba dentro de aquellas cuatro paredes. Los demás empleados se asomaban por la rendija de la puerta, murmurando, juzgando, dando por hecho la culpabilidad de la muchacha.
Roberto no cedía. Su mente estaba bloqueada por el recuerdo de una tarde de domingo, un parque lleno de gente y un segundo de distracción que le costó quince años de búsqueda infructuosa. El reloj que Elena sostenía era idéntico al que él le había regalado a su pequeña Lucía en su quinto cumpleaños.
—Llamen a la policía —ordenó Roberto, sin quitarle la vista de encima a Elena—. No voy a permitir que juegues con mis recuerdos. Ese reloj salió de esta casa y hoy va a volver a su lugar, aunque tenga que arrastrártelo de las manos.
Elena cayó de rodillas, con el reloj apretado contra su corazón, sollozando con una angustia que parecía desgarrarle el alma. En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió con un chirrido lento, dejando entrar a la única persona capaz de detener la furia de aquel hombre.
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