Sé que llegaste hasta aquí porque algo se removió por dentro cuando viste aquella escena, y ahora necesitas saber qué pasó después. El portón de la penitenciaría todavía retumbaba en mis oídos cuando sentí el sol por primera vez en cinco largos años, y en ese instante entendí que la libertad no era el final de mi calvario, sino el principio de una guerra que nunca imaginé tener que librar.
El calor del mediodía golpeó mi rostro como una bofetada, esa misma bofetada que mi hija Valeria recibió aquella noche fatídica y que me llevó a hacer lo que cualquier madre haría. Cerré los ojos y respiré profundo, dejando que el aire fresco llenara mis pulmones, esos mismos pulmones que habían aprendido a vivir con el olor a humedad, a metal oxidado y a desinfectante barato que impregnaba cada rincón de la celda número 14.
Llevaba el mismo vestido azul que me había puesto el día de mi sentencia, ahora holgado en los hombros porque cinco años de comida de prisión habían esculpido mi cuerpo de una manera que no reconocía. Mis manos, antes suaves y cuidadas, ahora mostraban callosidades y pequeñas cicatrices de los trabajos forzados en la lavandería. Pero nada de eso importaba. Nada de eso dolía tanto como el vacío en mi pecho cada vez que pensaba en mi hija.
A lo lejos, apoyado contra una camioneta blanca que conocía perfectamente, estaba Javier. Mi esposo. El padre de Valeria. El hombre que me juró que estaría conmigo en las buenas y en las malas, y que durante cinco años me visitó religiosamente cada primer domingo de mes con la misma cantaleta: «Tu hija no quiere verte, Elena. Dice que prefiere no visitarte en la cárcel. Le da vergüenza.»
Comencé a caminar hacia él con paso firme, sintiendo el asfalto caliente bajo mis pies descalzos. Nadie me había traído zapatos, nadie había pensado en traerme zapatos.
Javier me recibió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, esos ojos grises que alguna vez amé con locura y que ahora me miraban con una mezcla extraña de alivio y algo más que no podía descifrar. Quizás miedo. Quizás culpa. Quizás ambas cosas.
—Mi amor, por fin eres libre —dijo, tendiéndome los brazos, pero sus brazos abiertos se sintieron más como una celda que como un refugio.
No lo abracé. Algo en mi interior me lo impidió, un instinto que se había afinado durante los años en prisión, esa capacidad de leer a las personas sin necesidad de palabras. Algo olía mal, muy mal, y no era el perfume barato que Javier usaba para intentar tapar el aroma de otro lugar, de otra mujer quizás.
Nuestro viaje de tres horas de regreso a casa transcurrió en un silencio incómodo, roto únicamente por el sonido del motor y las canciones de la radio que parecían burlarse de mi situación. Yo miraba por la ventana, viendo pasar los pueblos y las ciudades, maravillándome con los cambios que habían ocurrido mientras yo estaba encerrada. Nuevos restaurantes, nuevos carteles publicitarios, una realidad completamente distinta y, sin embargo, la misma agonía en mi corazón.
—¿Dónde está Valeria? —pregunté, rompiendo el silencio cuando ya no pude soportarlo más.
Javier apretó las manos contra el volante, tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.
—Se fue de viaje con unas amigas, no pudo esperar a verte. Ya sabes, los jóvenes… ella ahora trabaja, tiene su propio dinero, sus propias decisiones.
Algo en sus palabras sonaba falso, ensayado, como si hubiera estado preparando esa respuesta desde hace días. Mi estómago se retorció como aquella noche en la celda cuando me dijeron que mi hija no quería visitarme, cuando me devolvían mis cartas sin abrir una y otra vez.
—¿Sus amigas? ¿Qué amigas? —insistí, recordando cómo Valeria siempre me contaba todo, cómo me compartía cada detalle de su vida a pesar de la distancia que los muros imponían entre nosotras.
—Amigas nuevas, del trabajo. Nunca las he conocido, pero parece gente bien.
La casa, cuando llegamos, era exactamente la misma que había dejado cinco años atrás. El mismo jardín con los rosales que yo misma había plantado, ahora un poco más crecidos, un poco más descuidados. Las mismas cortinas color crema en las ventanas, la misma puerta de madera oscura que Javier había instalado dos años antes de la tragedia.
Pero al cruzar el umbral, algo me detuvo. Una sensación extraña, como si la casa misma supiera algo que yo no sabía.
—Voy a prepararte un baño caliente —dijo Javier, subiendo las escaleras sin esperar mi respuesta.
Quedé sola en la sala, mirando cada rincón de aquella habitación que había sido mi refugio, mi santuario. Los retratos familiares colgaban aún en las paredes, pero noté que faltaba uno, el de nuestra última foto familiar antes de la separación forzada. Un hueco vacío en la pared donde solía estar, como una sonrisa sin dientes.
Mi cuarto me esperaba igual que lo había dejado, con la cama perfectamente tendida, mis libros alineados en la repisa, mis perfumes intactos sobre el tocador. Pero algo siguiente faltaba. Mi corazón lo sabía antes de que mi mente lo comprendiera. Entré al estudio de Javier, el cuarto donde guardaba sus papeles, sus herramientas, el lugar donde pasaba las noches largas cuando yo ya no estaba y donde, según me había contado, dormía porque no soportaba mi ausencia en la cama.
Y allí estaba, sobre el escritorio, entre facturas y documentos de trabajo, un montón de sobres con letra infantil que me destrozó el alma. No una letra pequeña y torpe, sino una letra adolescente que se volvía más cuidadosa y bonita en cada uno de los sobres. Una letra que reconocería en cualquier lugar del mundo, porque era la misma que cada año me dedicaba las tarjetas de cumpleaños, la misma que me escribía notas de amor debajo de la almohada de mi cama.
Temblando, tomé el primer sobre y sentí el papel entre mis dedos. Llevaba el sello de la prisión y mi nombre y número de celda escritos con lapicero de colores. Mi número de celda. El número que solo mi hija conocía, porque yo misma se lo había dictado en una llamada interrumpida cuando la detuvieron.
Abrí el sobre con manos temblorosas, desgarrándolo con una prisa que no me permitía ser cuidadosa. Las lágrimas brotaron de mis ojos antes de siquiera leer la primera línea completa.
«Mami, te quiero con todo mi corazón. Papá me dijo que tú ya no querías verme, que preferías que yo siguiera con mi vida, y yo le dije que eso no era cierto. Le dije que mi mami me amaba, que tú jamás podrías dejar de amarme.»
Mi corazón se detuvo. Mis manos comenzaron a sudar.
«Te mando esta carta escondida, en el bolsillo del abrigo que le compré a papá para su cumpleaños. Le prometí a él que no te iba a escribir más, que iba a dejar que te buscara su propia manera, pero no puedo, mami. Yo sé que tú nunca me dejarías de amar. Yo sé que tú jamás dijiste esas cosas. Voy a encontrar la manera de llegarte estas cartas.»
El horror se apoderó de mí mientras sostenía aquella carta entre mis manos, una de las muchas que se amontonaban sobre el escritorio. Cada una de las fechas, cada uno de los sobres, cada palpitación de la letra de mi hija era una prueba de un amor que me habían robado, de una comunicación interrumpida por la traición más cruel que podía imaginarme.
Conté los sobres. Veintitrés sobres. Veintitrés cartas sin abrir, interceptadas por el hombre que me prometió que me protegería de todo peligro, y que desde ahora se convirtió en el más grande de ellos.
La puerta se abrió detrás de mí, y si volteé no era porque tuviera miedo de enfrentarlo, sino porque necesitaba mirar a los ojos al monstruo que había disfrazado de esposo durante todos esos años. Javier estaba parado en el marco, blanco como un fantasma, miradas que intentaban buscar una excusa, una explicación, algo que justificara las miles de mentiras que me había contado durante cinco años.
—Elena, yo puedo explicarte todo —balbuceó, dando un paso hacia atrás.
—¿Explicarme qué, Javier? ¿Cómo abrías las cartas de nuestra hija? Porque las abriste, tú estudiaste en estas cartas las respuestas que yo le daba en los interrogatorios de las visitas. Sabías todo: sabías que Valeria me escribía porque cuando la llamabas a ella, le decías que yo ya no la amaba, que yo la había reemplazado por mi nueva vida en prisión.
—No fue así, no exactamente —dijo aún con la esperanza de negarlo todo.
—Las leí todas, todas las cartas de mi hija. Y lo que hiciste, Javier, eso no tiene nombre. No en este mundo.
Mi voz ya no temblaba, porque la furia la había transformado en acero líquido. No sé en qué momento mis pies comenzaron a caminar hacia la puerta, hacia la camioneta, hacia cualquier lugar que me alejara de ese hombre.
—¿Dónde está mi hija, Javier? ¿Dónde está realmente Valeria?
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