Sabía que no podrías quedarte con la duda después de ver ese momento tan amargo; qué bueno que estás aquí para presenciar cómo la justicia por fin toca a la puerta.
«¡No te atrevas a levantarme la mirada, que aquí no eres más que una recogida que tuvo la suerte de entrar en esta familia!», gritó doña Gertrudis, mientras el eco de su voz rebotaba en las frías paredes de mármol de la estancia.
Elena sentía que el piso se movía bajo sus pies, no solo por la debilidad física de su avanzado embarazo de siete meses, sino por el peso insoportable de las palabras que, como dagas, se clavaban en su pecho.
Sostenía con fuerza el trapo húmedo con el que intentaba limpiar las manchas de café que Ricardo, su esposo, acababa de derramar intencionalmente sobre la alfombra persa, solo para verla humillarse una vez más.
Ricardo la miraba desde el sofá de cuero, con una sonrisa cínica que deformaba su rostro, ese mismo rostro del que Elena se había enamorado perdidamente hace tres años, pensando que había encontrado a su príncipe azul.
«¿Qué esperas, Elena? Mi madre te hizo una pregunta», soltó Ricardo, mientras le daba un sorbo a su copa de coñac, ignorando por completo el sudor frío que corría por la frente de su esposa.
«Me duele la espalda, Ricardo… por favor, solo necesito sentarme cinco minutos», alcanzó a susurrar ella, con la voz quebrada y los ojos nublados por el llanto contenido.
La risa de Gertrudis fue como un latigazo. Se acercó a Elena, luciendo sus joyas carísimas y ese aroma a perfume francés que ahora a Elena le resultaba nauseabundo.
«¿Dolor? Dolor es el que nos haces pasar nosotros al tener que soportar tu cara de mártir todo el día. Si no fuera por mi hijo, estarías comiendo de la basura, que es de donde seguramente vienes», escupió la mujer con un desprecio que helaba la sangre.
Elena bajó la cabeza. Nadie en esa casa, ni siquiera el hombre que le había jurado amor eterno ante un altar, sabía la verdad sobre su origen. Ella les había dicho que era una huérfana de un pueblo lejano, queriendo ser amada por quién era y no por lo que tenía.
Pero ese experimento social se había convertido en su propia cárcel de oro, una donde el abuso era el pan de cada día.
Ricardo se puso de pie con una lentitud amenazante. Se acercó a ella y, con una mano, le apretó el mentón obligándola a mirarlo a los ojos.
«Escúchame bien, infeliz. Aquí se hace lo que mi madre diga. Y si el niño que llevas ahí sale tan inútil como tú, más te vale que vayas buscando dónde esconderte», le dijo al oído, con un tono tan gélido que Elena sintió una contracción de puro terror.
Ella trató de zafarse, pero el agarre de Ricardo era firme. Sus dedos se hundían en la piel delicada de su rostro, dejando marcas rojas que pronto se volverían moratones.
«Suéltame, por favor… le haces daño al bebé», suplicó Elena, sintiendo cómo el corazón le latía desbocado, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
En ese momento, Gertrudis soltó una carcajada estridente, disfrutando de la escena como si fuera una obra de teatro de mal gusto.
«¡Mírenla! La gran señora pidiendo clemencia. Ricardo, hijo, enséñale a esta muerta de hambre quién es el que manda en este hogar, que parece que todavía no le queda claro», instigó la madre, alimentando el ego oscuro de su hijo.
Ricardo la empujó levemente, pero lo suficiente para que Elena perdiera el equilibrio y cayera de rodillas sobre la alfombra húmeda.
El dolor en su vientre fue agudo, un pinchazo que la hizo soltar un grito ahogado. Se llevó las manos a la barriga, protegiendo lo único puro que le quedaba en medio de tanta podredumbre.
«¡Levántate! No te hagas la víctima, que ese empujoncito no le hace nada a nadie», gritó Ricardo, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
Elena lloraba en silencio, con los hombros sacudidos por los sollozos. Se sentía tan sola, tan pequeña en esa inmensa mansión llena de lujos pero carente de alma.
Miró hacia los grandes ventanales que daban a la entrada principal. Afuera, el cielo se estaba oscureciendo, anunciando una tormenta que parecía reflejar el caos de su vida.
¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo permitió que el hombre que alguna vez le trajo flores y le leyó poemas se convirtiera en este monstruo que disfrutaba de su dolor?
Gertrudis se acercó de nuevo, esta vez con una jarra de agua fría en la mano. Sin previo aviso, la vació sobre la cabeza de Elena.
«¡Para que te despiertes y dejes de dar lástima!», gritó la suegra, mientras el agua empapaba el vestido de maternidad de la joven y la hacía temblar de frío.
Elena cerró los ojos, deseando desaparecer, deseando que todo fuera un mal sueño del que pudiera despertar en los brazos de su padre, aquel hombre al que había ocultado su paradero para «probar su independencia».
«¡Eres un asco, Elena! Mírate, toda mojada y tirada en el piso. ¿Qué dirían mis amigos si te vieran así?», se burló Ricardo, dándole una patada suave pero humillante al borde de su zapato.
En ese instante de máxima humillación, cuando Elena sentía que ya no tenía fuerzas para seguir luchando, un ruido estruendoso proveniente del exterior rompió el silencio de la mansión.
Eran motores potentes, varios de ellos, deteniéndose bruscamente frente a la puerta principal. Luces intensas, blancas y azules, iluminaron la sala a través de los cristales, cegando por un momento a Ricardo y a su madre.
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