Viste el inicio y no pudiste quedarte con la duda: hiciste bien en venir por el final.
A veces, el destino se divierte poniéndonos en el lugar más oscuro justo cuando creemos que ya no tenemos nada que perder.
El patio de la prisión de San Judas no era un lugar para los débiles de espíritu ni para aquellos que no sabían medir sus palabras.
Allí, el aire pesaba, cargado con el olor a cemento húmedo, sudor rancio y el miedo latente que emanaba de cada rincón.
Mateo sentía ese peso sobre sus hombros mientras el círculo de reclusos se cerraba a su alrededor, una coreografía macabra que se repetía cada vez que llegaba carne fresca al bloque.
Frente a él, «El Cuervo» no solo era un hombre, era una montaña de cicatrices y tatuajes que contaban historias de una crueldad sin límites.
El líder del bloque sostenía aquel tubo de metal con una familiaridad aterradora, como si fuera una extensión de su propio brazo.
—¿Crees que por ser calladito te vas a salvar de pagar el piso, niño? —escupió El Cuervo, con una sonrisa que revelaba un diente de oro y años de maldad acumulada.
Mateo no respondió. No por miedo, sino porque estaba procesando cada detalle del entorno.
Había contado a doce hombres rodeándolos, tres de ellos armados con puntas artesanales, pero todos guardaban distancia, esperando el espectáculo.
El joven recluso respiró hondo, sintiendo el frío del metal del tubo de su oponente vibrar en el aire antes de que el primer golpe fuera lanzado.
En su mente, los recuerdos de un gimnasio humilde en los suburbios de la ciudad se mezclaban con el presente.
Recordaba la voz de su abuelo, un hombre que le enseñó que la verdadera fuerza no reside en el tamaño de los puños, sino en la calma del corazón.
«Mateo,» le decía siempre el viejo, «el que ataca primero con rabia ya perdió la pelea antes de empezar.»
El Cuervo dio un paso al frente, haciendo que el tubo golpeara rítmicamente la palma de su mano izquierda, un sonido seco que marcaba el pulso de la tensión.
—Aquí las reglas las pongo yo —gruñó el gigante, acercándose tanto que Mateo podía oler el tabaco barato en su aliento—. Y la primera regla es que te arrodilles.
Mateo no se movió. Sus pies estaban firmemente plantados en el suelo agrietado del patio.
Sus ojos, de un marrón profundo y sereno, no se apartaron de las pupilas dilatadas de su agresor.
Esa falta de sumisión era un insulto imperdonable en un lugar donde el ego es la única moneda de cambio.
Los otros presos empezaron a murmurar, algunos riendo, otros simplemente esperando ver la sangre correr.
—Parece que el pajarito es mudo —dijo uno de los secuaces del Cuervo, un hombre flaco con una cicatriz que le cruzaba el ojo.
—No es mudo —respondió El Cuervo, levantando el tubo de metal por encima de su hombro—. Es solo que todavía no ha sentido el frío del hierro.
Fue en ese preciso instante cuando algo cambió en la atmósfera.
Mateo no retrocedió. En lugar de eso, ajustó su centro de gravedad casi de manera imperceptible.
Sus manos, que hasta entonces habían estado relajadas a los lados de su cuerpo, se elevaron ligeramente.
No era la postura de alguien que va a rogar por su vida, ni la de un pandillero que busca una pelea callejera.
Era una postura técnica, equilibrada, profesional. Los codos protegían las costillas, el mentón se hundió levemente y su mirada se volvió afilada como un bisturí.
El Cuervo, acostumbrado a que sus víctimas se encogieran o intentaran huir desesperadamente, se detuvo por una fracción de segundo.
Hubo un destello de duda en sus ojos, una chispa de reconocimiento de que lo que tenía enfrente no era una presa fácil.
Pero el orgullo es un motor peligroso frente a una audiencia de hombres violentos.
—¿Así que quieres jugar a los soldaditos? —rugió El Cuervo, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
El líder criminal lanzó el primer ataque, un golpe descendente con el tubo de metal que buscaba fracturar el cráneo de Mateo.
El movimiento fue rápido, violento y cargado de una intención letal.
Sin embargo, Mateo no estaba allí cuando el tubo descendió.
Con un movimiento fluido de cadera y un paso lateral mínimo, el joven dejó que el metal cortara el aire a escasos centímetros de su hombro.
El silencio que siguió al sonido del tubo silbando en el vacío fue ensordecedor.
Mateo no contraatacó de inmediato; simplemente se mantuvo en su posición, observando a su oponente con una frialdad que helaba la sangre.
—Última oportunidad —dijo Mateo por primera vez, su voz era baja pero firme, proyectándose a través del patio—. No quiero hacerte daño.
Una carcajada general estalló entre los reclusos, pero El Cuervo no se reía.
Estaba rojo de furia, humillado por haber fallado un golpe tan directo frente a todos sus subordinados.
—¡Te voy a matar, maldito mocoso! —gritó, lanzándose de nuevo, esta vez con una serie de golpes desordenados pero potentes.
Mateo se movía como si estuviera en un baile perfectamente ensayado, esquivando cada embestida con una economía de movimiento asombrosa.
Cada vez que el tubo pasaba cerca, Mateo aprovechaba para estudiar los puntos débiles de la guardia del gigante.
La tensión en el patio era tan alta que parecía que el aire mismo iba a estallar en llamas.
Los guardias, desde las torres de vigilancia, observaban sin intervenir, sabiendo que en San Judas, a veces, es necesario que la jerarquía se decida por la fuerza.
Pero lo que estaban presenciando no era una pelea común; era una lección de disciplina contra brutalidad.
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