Estás en la parte 2: la historia continúa justo donde se quedó la primera parte…
El teléfono sonó tres veces antes de que alguien contestara. Tres veces que se le hicieron eternas a Ramón, con el auricular sudando en su mano. Finalmente, la voz que llevaba tanto tiempo esperando escuchar se materializó al otro lado de la línea.
—¿Bueno?
Era ella. Su hija.
—¿Mija? —dijo Ramón, y su voz quebró a la mitad—. ¿Soy yo, tu papá?
Hubo una pausa. Luego, un susurro que apenas podía escucharse:
—¿Papá? ¿En serio eres tú?
—Sí, mija. Soy yo. Te prometí que te llamaría hoy, para tu cumpleaños. Y aquí estoy.
Se escuchó un sollozo al otro lado de la línea. Ramón apretó el auricular contra su oreja, queriendo absorber esas lágrimas, queriendo estar ahí para secarlas como hacía cuando era pequeña y se raspaba las rodillas.
—Feliz cumpleaños, Valeria. Feliz cumpleaños número trece.
—Gracias, papá —dijo ella, recuperándose lentamente—. Te extraño tanto.
Y entonces, por primera vez en meses, Ramón le contó la verdad.
—Mija, te voy a contar algo. Hoy tu recuerdo me salvó la vida. ¿Y sabes qué? No fue una foto la que me salvó, porque la foto ya no está. Fue lo que esa foto representa. Tú, mija. Tú eres mi fuerza. Tú eres mi razón para seguir respirando.
Mientras hablaba, el peso de su encuentro con el Gallito comenzó a descargarse de sus hombros. Su hija, su Valeria, le estaba dando lo que nada en el mundo podría: esperanza.
—Papá, cuando salgas de ahí… ¿vamos a hacer todo lo que no pudimos hacer? ¿Ir al zoológico, como decías?
Ramón sintió un nudo en la garganta, pero lo tragó.
—Te prometo que iremos al zoológico, a la playa, a donde tu quieras. Te prometo que recuperaremos el tiempo perdido. Y te prometo que cuando salga, seré el padre que mereces.
—Yo sé que lo serás, papá.
Cuando colgó el teléfono, las lágrimas finalmente rodaron por su rostro. En ese momento se sintió el hombre más fuerte y más débil del mundo a la vez. Pero se sintió vivo, completamente vivo.
Salió del pasillo hacia el patio, pero lo que encontró en el exterior lo hizo detener en seco, paralizado.
El patio estaba vacío.
No había más de treinta sombras donde debería haber trescientos reos. Los que quedaban estaban sentados en un rincón, encerrados en un silencio compacto y pesado. Y en la puerta de la enfermería, el flaco de la cicatriz se llevaba un dedo a los labios, en una burla que era una advertencia.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Ramón, acercándose al guardia de la torre, que le devolvió una mirada de piedra.
—Traslado —dijo el guardia sin mirarlo—. Se llevaron a los más peligrosos. Los del módulo C.
El módulo C.
Una gota fría recorrió la espina dorsal de Ramón. El módulo C no estaba, como algunos imaginaban, lleno de criminales violentos. No. El módulo C era el bloque temido por todos, donde los jefes de las mafias que se disputaban el control del norte del país enviaban a los que les estorbaban. Y aunque Ramón era un preso común y corriente, los tentáculos del Gallito siempre habían tenido muy buenas conexiones con las personas equivocadas.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —preguntó Ramón, aunque sabía que la respuesta lo iba a quebrar como un vidrio expuesto a la fuerza del fuego.
El guardia con quien hablaba fue interrumpido por la voz del director del centro, que resonó por los altavoces:
—AGENTE VEGA, PRESENTARSE EN LA DIRECCIÓN.
Ramón miró hacia la oficina central, donde las ventanas espejadas brillaban bajo el sol inclemente de la tarde. Algo le decía que esta no era una citación rutinaria. Cuando entró en la sala del director quince minutos después, se encontró con un rostro pálido y una carpeta sobre el escritorio.
—Tome asiento, señor Vega —dijo el director, un hombre con anteojos que parecía tener el peso del mundo sobre sus hombros—. Tenemos que hablar sobre su traslado.
Ramón no se sentó.
—¿Traslado? ¿A dónde?
—Su caso ha sido revisado por la comisión penitenciaria —dijo el director, sin mirarlo a los ojos—. Han decidido que su perfil se ajusta mejor a otro centro de readaptación.
—¿Qué centro? —insistió Ramón, sintiendo que sus piernas se ponían pesadas como plomo.
El director respiró hondo, y por primera vez levantó la vista hacia él:
—El Centro de Readaptación Número 7, en Guadalajara. Lo que llaman la Penitenciaría del Norte, señor Vega. El peor centro penitenciario de todo el país.
El silencio de la habitación fue más fuerte que cualquier grito.
La Penitenciaría del Norte era un lugar que solo existía en las pesadillas mencionadas en voz baja. Era el infierno al que enviaban a los casos más complejos, a los presos que consideraban demasiado peligrosos para el sistema común. No había visitas, no había teléfonos, no había esperanza. Los que entraban, jamás volvían a ser los mismos.
—Es una orden directa —continuó el director, aunque su voz temblaba ligeramente—. No tengo autoridad para revertirla. Me deben haber preparado el informe, pero no hay forma de apelar.
Ramón entendió en ese momento lo que había sucedido. La reacción del Gallito no terminaría con una pelea de patio. Ese era un mensaje de la mafia, un golpe profundo para silenciarlo para siempre, con los tentáculos de la corrupción alcanzando incluso hasta los burócratas que decidían la vida de los hombres encerrados.
—¿Cuándo? —preguntó Ramón, con la voz vacía de emociones.
—Esta misma noche. El transporte saldrá a las ocho.
Entonces, una chispa de rebeldía se encendió en el pecho de Ramón.
—Director —dijo, con la mandíbula apretada—. Quiero ver a mi hija antes de irme. Escribo en mis cartas que soy un hombre de voluntad, y que le prometí que aunque estuviera tras los muros, jamás la abandonaría. Usted es padre, director. Usted puede entenderlo.
El hombre detrás del escritorio miró durante largo rato la fotografía en su propio escritorio. Una imagen de dos niños en un columpio.
—Tiene veinte minutos —dijo finalmente, en un susurro—. La sala de visitas está ocupada, pero puede recibirla en la biblioteca. Solo tiene veinte minutos, mientras llega el camión.
Ramón quedó solo en la oficina, con su pecho latiendo como tambor de guerra. Sabía que este era su último chance de ver a su hija antes de que lo lanzaran al lugar donde las leyendas se entierran. Pero mientras caminaba hacia la biblioteca, con los pasos resonando en el pasillo vacío, se preguntó qué haría cuando llegara el momento de despedirse.
Porque algo le decía que debería despedirse. Que esta sería la última vez que la vería con vida.
La puerta de la biblioteca se abrió y ahí estaba ella. Valeria. Su hija. Con trece años, con sus coletas que ahora llegaban a los hombros, con esa sonrisa que todavía le faltaba el diente de leche. Y sin embargo, en su mirada, Ramón vio algo que no había visto antes: una fuerza que reflejaba la suya.
—Papá —dijo ella, con la voz cargada de emoción.
Pero él levó un dedo a sus labios, pidiéndole silencio, porque mientras ella se acercaba a abrazarlo, sus ojos registraron el punto de luz rojo parpadeando en la esquina del techo. Una cámara. Y debajo de ella, una sombra que se movía entre los estantes: el flaco de la cicatriz, sonriendo con malicia.
Ramón abrazó a su hija y, a un centímetro de su oído, susurró:
—Valeria, escúchame bien. Puede que pasen meses, o años, sin que recibas noticias mías. No te asustes. Necesito que sepas una cosa. Tus fotos están en mi corazón, y de ahí nadie jamás podrá romperlas.
Un destello de entendimiento cruzó por los ojos de la niña. Asintió sin hablar.
—Y no estés triste —continuó él—. Porque dondequiera que me tengan, tu padre va a pelear para volver a ti. Con las uñas. Con los dientes. Con cada parte de su cuerpo. Porque hay una fuerza en esta vida que es más grande que todos los muros, que todos los cárteles, que todas las penas eternas.
Se separó de ella lentamente y, con la ternura infinita de un padre que no puede contenerlo, apoyó su frente contra la de ella.
—Esa fuerza —terminó, mirándola a los ojos—, se llama amor.
Fue entonces cuando se abrió la puerta de la biblioteca con un golpe seco. Un guardia con las insignias de la unidad de traslado entró seguido de otros dos. Uno cargaba grilletes. El otro, una pistola en el cinturón.
—Vega —dijo el primero—, es hora.
Valeria apretó la mano de su papá, pero él la soltó con suavidad, con el corazón desgarrándosele en pedazos, pero con el rostro compuesto.
—Saludaré a tu madre por ti —dijo Ramón, mientras los guardias lo tomaban de los brazos, sintiendo el metal frío de las esposas cerrándose sobre sus muñecas.
Y mientras lo sacaban de esa biblioteca y pasaban por el pasillo con las luces apagadas, donde la sombra del flaco de la cicatriz aguardaba oculta entre las rejas, Ramón comprendió que esa noche se enfrentaría al desafío más grande de su vida.
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