Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que las máscaras empezaron a caer…
Julián no se movió. En su mente, él todavía tenía el control. Creía que el amor de Mariana por él era una cadena irrompible y que el dinero de Don Ricardo era algo que ya le pertenecía por derecho de conquista. Se arregló las solapas de su esmoquin seco y miró a su suegro con una insolencia que rozaba la locura.
—Usted no me puede echar de aquí —dijo Julián, bajando el tono de voz pero cargándolo de veneno—. Mariana y yo estamos legalmente unidos por un contrato de compromiso que sus propios abogados redactaron. Si esta boda no se lleva a cabo por caprichos suyos, las cláusulas de rescisión lo van a dejar muy mal parado.
Don Ricardo entrecerró los ojos. Mariana, que seguía temblando bajo el mantel de terciopelo, sintió un pinchazo de duda. ¿Contrato? ¿De qué estaba hablando? Ella sabía que habían firmado documentos para la organización de la boda, pero Julián hablaba de algo mucho más oscuro.
—¿De qué contrato hablas, Julián? —preguntó Mariana, dando un paso al frente, ignorando el frío que entumecía sus piernas.
—Oh, querida —dijo él, volviendo a esa dulzura falsa que ahora le resultaba repulsiva—. Tu padre es un hombre de negocios, ¿no? Él sabe que mi apellido y mis contactos valen dinero. Acordamos que, si la familia decidía cancelar la unión sin una causa de «fuerza mayor» comprobada, yo recibiría una compensación por daños a mi imagen pública. Y un empujón en una piscina… bueno, eso no es causa de fuerza mayor. Es una anécdota.
Don Ricardo soltó una carcajada amarga que resonó en las paredes de mármol del salón.
—Eres más estúpido de lo que pensaba, muchacho —dijo el padre—. Creíste que podías jugar en la liga de los grandes siendo solo un estafador con cara bonita.
—¡Papá, qué está pasando! —exclamó Mariana, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
—Lo que pasa, hija mía, es que este «caballero» que elegiste pensó que yo era un viejo tonto. Julián, ¿realmente crees que no investigué cada uno de tus movimientos desde que le pediste matrimonio a mi hija?
La cara de Julián palideció por una fracción de segundo, pero recuperó su máscara de arrogancia casi de inmediato.
—Investigue lo que quiera. Mi historial está limpio —desafió el joven.
—¿Ah sí? ¿Incluso la cuenta en las Islas Caimán a nombre de una tal «Lucía»? —preguntó Ricardo con una calma aterradora.
El nombre «Lucía» cayó como una bomba en el centro del salón. Mariana sintió que el aire le faltaba. Lucía era la prima de Julián… o eso es lo que él siempre le había dicho. Era la mujer que siempre aparecía en sus fotos de redes sociales como «familia», la que lo acompañaba a viajes de «negocios» cuando Mariana no podía ir por trabajo.
—Lucía es mi prima, ya lo sabe —dijo Julián, aunque su voz tembló ligeramente.
—Es curioso —continuó Don Ricardo, sacando su teléfono y haciendo una señal al técnico de video que estaba en la cabina del salón—. Porque mis investigadores descubrieron que no comparten ni una gota de sangre. Pero lo que sí comparten es un apartamento en la zona norte y una cuenta bancaria donde has estado desviando los adelantos que te di para la supuesta «casa de sus sueños».
En las pantallas gigantes del salón, donde hace unos minutos se proyectaban fotos románticas de la pareja, empezaron a aparecer documentos bancarios, fotografías de Julián y Lucía en situaciones que no tenían nada de fraternales, y capturas de pantalla de mensajes donde él se burlaba de Mariana, llamándola «la mina de oro» y «la tonta del vestido caro».
Los invitados soltaron exclamaciones de horror. Mariana se llevó las manos a la boca, las lágrimas finalmente desbordándose, pero esta vez no eran de humillación, sino de una rabia pura y liberadora.
Julián miró las pantallas, luego a la multitud que lo observaba con asco. Su poder se estaba desvaneciendo frente a sus ojos. La cámara que él mismo había pedido que grabara todo estaba capturando su ruina total.
—¡Esto es ilegal! ¡Es invasión a la privacidad! —gritó Julián, perdiendo los estribos—. ¡Mariana, no les creas! ¡Es un montaje de tu padre para separarnos porque nunca me aceptó!
Pero Mariana ya no escuchaba. Se quitó el anillo de compromiso, una piedra preciosa que ahora le parecía un trozo de carbón sucio, y caminó hacia él. El silencio en el salón era tan absoluto que se podía escuchar el goteo del agua de su vestido sobre el suelo.
Se detuvo frente a él. Julián intentó poner su mejor cara de víctima, pero Mariana no esperó a que hablara. Con toda la fuerza de su decepción, le lanzó el anillo directamente a la cara. La joya golpeó su mejilla antes de caer al suelo y rodar hasta la piscina.
—El agua está fría, Julián —dijo Mariana con una voz firme que sorprendió a todos—. Pero no tanto como tu corazón.
—No puedes hacerme esto —siseó él entre dientes—. Tenemos un contrato. Me vas a pagar cada centavo de lo que me corresponde.
—Sobre eso… —intervino Don Ricardo, acercándose con una carpeta de cuero—. El contrato tiene una cláusula de moralidad. Cualquier acto de humillación pública o infidelidad comprobada anula cualquier compensación y te obliga a devolver cada peso recibido. Y creo que tenemos suficiente evidencia para llenar una enciclopedia.
Julián miró a su alrededor. Estaba rodeado de personas que lo despreciaban. Su plan maestro de vivir a costa de la fortuna de los de la Vega se había hundido en la misma piscina donde él había empujado a Mariana.
—¡Váyanse todos al diablo! —gritó Julián, tratando de mantener un resto de dignidad mientras caminaba hacia la salida—. ¡No los necesito! ¡Me quedaré con lo que ya tengo!
—En realidad —dijo Don Ricardo con una sonrisa gélida—, mientras estábamos aquí, la policía ha llegado a tu apartamento. Parece que Lucía no es muy leal cuando le ofrecen no ir a la cárcel por complicidad en fraude. Ella ya les entregó las claves de las cuentas. Estás en la calle, muchacho. Y probablemente, mañana estarás en una celda.
Julián se detuvo en seco. El sudor empezó a perlar su frente. Miró hacia la puerta de cristal del salón y vio las luces azules y rojas de las patrullas estacionándose en la entrada de la mansión.
Desesperado, Julián miró de nuevo hacia la cámara que seguía transmitiendo en vivo para el circuito cerrado del evento y para el enlace que él mismo había compartido con sus amigos para alardear. Su rostro, antes lleno de suficiencia, ahora era el retrato del miedo y la derrota.
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