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El precio de un vestido rojo: La verdad que el dueño del imperio nunca se atrevió a confesar

6 min de lectura
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Continuamos con la historia justo en el momento en que la verdad empieza a salir a la luz…

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Valeria se enderezó, cruzando los brazos sobre su pecho, tratando de recuperar la posición de poder que sentía que estaba perdiendo ante la imperturbable calma de Elena. El restaurante entero parecía haber contenido el aliento. Nadie masticaba, nadie hablaba. El pianista había dejado de tocar, dejando que el silencio se volviera tan denso que casi se podía tocar.

—Exactamente eso —afirmó Valeria, alzando la barbilla—. Me prometió que antes de que el bebé nazca, él me pondrá al frente de la junta directiva. Dijo que usted ya no tiene facultades para manejar tanto dinero y que él, como dueño y señor de la fortuna familiar, tiene el derecho legal de decidir quién se queda con qué.

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Elena soltó una carcajada corta, seca, que cortó el aire como una navaja. No era una risa de alegría, sino de una profunda y amarga ironía. Se llevó la copa de Chardonnay a los labios y dio un sorbo lento, saboreando el vino mientras sus ojos no se despegaban de los de Valeria.

—Pobre niña —dijo Elena finalmente, dejando la copa de nuevo en su lugar—. Realmente eres muy joven, ¿verdad? No solo de edad, sino de mundo. Te has creído el cuento del príncipe que reparte castillos como si fueran caramelos.

—¡No me falte al respeto! —estalló Valeria, volviendo a alzar la voz—. Ricardo no me mentiría sobre algo así. He visto los estados de cuenta, he visto cómo lo respetan en esta ciudad. Él es el dueño de todo lo que pisamos.

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Elena se recostó en su silla, observando a la joven con una mezcla de lástima y desprecio. Luego, hizo una seña a Don Manuel.

—Manuel, por favor —pidió Elena con suavidad—, trae el maletín que dejé en la oficina de gerencia. Está sobre mi escritorio.

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El capitán de meseros asintió de inmediato y desapareció hacia el área administrativa. Valeria miró hacia los lados, confundida. La seguridad con la que Elena se movía en ese entorno empezaba a ponerla nerviosa. ¿Por qué no estaba llorando? ¿Por qué no estaba suplicando o gritando como cualquier mujer que acaba de descubrir que su marido tendrá un hijo con otra?

—¿Qué intentas hacer? —preguntó Valeria con un hilo de voz que delataba su creciente inseguridad—. No vas a comprar mi silencio. Ninguna cantidad de dinero me hará renunciar a que mi hijo tenga lo que le corresponde por ley.

—No intento comprar nada, Valeria —respondió Elena, manteniendo un tono de voz monótono y profesional—. Solo quiero que entiendas la naturaleza del «trato» que crees haber hecho. Ricardo tiene un talento especial para las palabras, lo reconozco. Siempre fue un gran vendedor. El problema es que vende propiedades que no están en su inventario.

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Don Manuel regresó con un maletín de cuero fino. Lo colocó con reverencia sobre la mesa y se retiró de nuevo, manteniéndose a una distancia prudente pero lo suficientemente cerca para intervenir si la situación se tornaba física.

Elena abrió el maletín con parsimonia. Sacó una carpeta azul con el sello de un prestigioso bufete de abogados. La abrió y comenzó a pasar las páginas con un dedo elegante.

—Mira esto, Valeria —dijo Elena, extendiendo un documento oficial—. Este es el acta constitutiva del Grupo Hotelero Las Camelias y de la Constructora Miraflores. Puedes buscarlo en el registro público si quieres. ¿Ves el nombre que aparece como accionista única y fundadora?

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Valeria se inclinó, sus ojos escaneando el documento con desesperación. Su respiración se volvió errática.

—Elena Sofía Valderrama de… —leyó en voz baja.

—De nadie —interrumpió Elena con firmeza—. Valderrama es mi apellido de soltera. El apellido de mi padre, quien fundó la primera piedra de este imperio cuando Ricardo todavía era un simple vendedor de seguros de segunda clase.

Valeria negó con la cabeza, sus manos empezaron a temblar.

—Pero… pero él firma todo. Él toma las decisiones. Él me lleva en el avión privado…

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—Él firma porque yo le permití hacerlo —explicó Elena, cerrando la carpeta con un golpe seco que hizo saltar los cubiertos—. Él es el «Presidente Honorario», un título que le di para que no se sintiera tan pequeño a mi lado durante nuestras cenas de negocios. Pero Ricardo no es dueño ni de la silla en la que te sientas, ni del aire que respiras en este hotel.

La joven del vestido rojo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El rojo de su vestido, que antes le daba una sensación de fuego y poder, ahora se sentía como una marca de vergüenza. El restaurante, que antes parecía un escenario para su victoria, ahora se sentía como una jaula de oro donde ella era el bufón de la corte.

—Él me dijo… —balbuceó Valeria, las lágrimas empezando a arruinar su maquillaje—. Él me dijo que la herencia era suya. Que su padre se la había dejado en un fideicomiso ciego.

—El padre de Ricardo murió sin dejarle más que deudas y un par de zapatos viejos —dijo Elena, y por primera vez, hubo un rastro de emoción en su voz: una decepción profunda que no era hacia la joven, sino hacia el hombre con el que había compartido tres décadas—. Yo pagué esas deudas. Yo le compré los trajes caros que usa para impresionarte. Yo le pago la tarjeta de crédito con la que te compró ese bolso que llevas colgado del brazo.

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Elena se levantó de su silla, su figura imponente dominando el espacio. Su traje blanco brillaba bajo las luces de cristal, haciéndola parecer un ángel de justicia implacable frente a la mancha roja que era Valeria.

—Ricardo no tiene nada para darte, Valeria. Ni a ti, ni a ese niño. Todo lo que él posee es una ilusión que yo sostengo por pura inercia. Y lo más importante que debes saber es que ayer mismo, después de que me llegaran las fotos de ustedes dos en aquel yate en Cancún… firmé los papeles para revocar su acceso a todas las cuentas.

Valeria se aferró al borde de la mesa para no caerse. El impacto de la revelación fue como un golpe físico.

—¿Qué? —susurró—. ¿Qué quieres decir?

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—Quiero decir —concluyó Elena, inclinándose para quedar cara a cara con la joven— que en este momento, tu «millonario» no tiene saldo ni para pagar el estacionamiento de su coche. Y ese «imperio» que te prometió… bueno, ese imperio acaba de cerrar sus puertas para él. Y para ti.

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