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El precio de una máscara: Cuando el amor se mide en billetes y el destino cobra la factura

6 min de lectura
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Continuamos con la historia justo en el momento donde el desprecio comenzó a devorar las promesas…

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Vanessa no podía dejar de mirar sus zapatos. Eran unos zapatos que costaban más de lo que, según ella, valía toda esa propiedad. Sentía que cada segundo que pasaba en ese lugar era una mancha en su reputación.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? —dijo ella, bajando el tono de voz pero cargándola de un veneno mucho más letal—. Que me hiciste sentir especial. Me hiciste creer que finalmente había encontrado a alguien de mi nivel. Y resulta que eres solo un campesino con aires de grandeza que ahorró cuatro centavos para invitarme a cenar y atraparme en su red de mentiras.

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—Vanessa, mírame —pidió Alejandro, con una firmeza que ella no esperaba—. En todo este tiempo, ¿alguna vez te faltó algo? ¿Alguna vez te traté con otra cosa que no fuera respeto y devoción?

—¡El respeto no paga las cuentas de las tarjetas de crédito! —estalló ella de nuevo—. ¡La devoción no me compra un departamento en la zona más exclusiva de la ciudad! ¡Me das asco, Alejandro! Me da asco haber dejado que me tocaras, haber compartido mi tiempo contigo pensando que eras alguien importante.

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Él se mantuvo impasible, aunque por dentro, el hombre que realmente era sentía una profunda decepción. Había esperado, tal vez con demasiada ingenuidad, que ella viera más allá del entorno. Que viera al hombre que la escuchaba por horas, al hombre que conocía sus miedos y sus sueños. Pero se dio cuenta de que los sueños de Vanessa no tenían alma, solo precio.

—Esta cabaña fue construida por mi padre —explicó Alejandro, ignorando los insultos—. Aquí aprendí el valor del trabajo duro. Aquí entendí que la verdadera riqueza no es lo que tienes, sino lo que no necesitas para ser feliz. Quería que vieras este lugar porque es mi santuario. Si vas a ser mi esposa, tenías que conocer mis raíces.

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—¿Tu esposa? —Vanessa soltó una carcajada histérica—. ¿De verdad pensaste que me casaría contigo para venir a vivir aquí? ¡Prefiero estar sola que hundirme en esta miseria!

Ella comenzó a caminar de regreso hacia el auto, pero se detuvo en seco al darse cuenta de que las llaves las tenía él. Se giró, con los ojos inyectados en odio.

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—Dame las llaves. Me largo de aquí ahora mismo. Y no te atrevas a buscarme nunca más. Borra mi número, olvida mi nombre. Dile a tus vacas o a tus cactus que tuviste a una mujer de verdad y que la perdiste por ser un miserable mentiroso.

Alejandro sacó las llaves del bolsillo de su pantalón. Las miró por un momento, sopesándolas, como si estuviera sopesando el peso de su propia decisión.

—¿Estás segura de esto, Vanessa? —preguntó él por última vez—. ¿Estás segura de que esto es lo único que ves? ¿Una cabaña vieja y un hombre sin fortuna?

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—Es todo lo que hay —escupió ella con desprecio—. Un hombre mediocre en un lugar mediocre. Yo merezco a alguien de alta alcurnia, alguien que sepa lo que es el verdadero poder. No a alguien que se esconde en el desierto porque no le alcanza para vivir en la civilización.

Alejandro caminó hacia ella y le entregó las llaves. En el momento en que sus dedos se rozaron, ella retiró la mano con violencia, como si él fuera un leproso.

—Que tengas un buen viaje, Vanessa —dijo él, con una voz extrañamente tranquila, casi gélida—. Espero que encuentres ese «poder» que tanto buscas. Pero recuerda algo: el dinero puede comprar una casa, pero nunca un hogar. Puede comprar compañía, pero jamás lealtad.

—Ahórrate tus sermones de pobre —dijo ella, subiendo al auto y cerrando la puerta con un estruendo que espantó a unas aves cercanas.

Arrancó el motor, haciendo que las llantas levantaran una nube de polvo que envolvió a Alejandro por completo. Ella no miró por el espejo retrovisor. Si lo hubiera hecho, habría visto algo que habría desafiado toda su lógica.

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Alejandro no entró a la cabaña. No se sentó a llorar su pérdida sobre una silla de madera vieja. En lugar de eso, sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo y presionó un botón.

—Ya pueden venir por mí —dijo con voz de mando, una voz que no tenía rastro de la humildad que había mostrado minutos antes—. La prueba ha terminado. Tenían razón.

Vanessa conducía a toda velocidad por la carretera desierta, maldiciendo su suerte, sintiéndose la víctima de un engaño monumental. Estaba tan concentrada en su propia rabia que casi pierde el control del auto cuando escuchó el estruendo sobre su cabeza.

Un helicóptero de color negro mate, elegante y amenazante como un halcón de acero, volaba a baja altura, siguiendo la dirección contraria a la de ella, hacia la cabaña que acababa de dejar atrás.

—¿Qué demonios…? —murmuró ella, frenando el auto a un lado de la carretera.

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Su curiosidad, siempre alimentada por el brillo de lo costoso, fue más fuerte que su orgullo. Se bajó del auto y miró hacia atrás. Lo que vio la dejó paralizada, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.

Desde la distancia, vio cómo el helicóptero aterrizaba con precisión quirúrgica en un claro oculto tras una pequeña colina, justo detrás de la cabaña. Pero eso no fue todo. De un camino lateral que ella no había notado antes, comenzaron a salir tres camionetas blindadas de color negro, formando una escolta perfecta.

Vanessa sintió un frío repentino recorrer su espalda. Un presentimiento oscuro y pesado comenzó a formarse en su estómago.

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