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El precio del desprecio: El novio que ocultaba un imperio tras sus lágrimas

7 min de lectura
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Continuamos con la historia justo en el momento en que el dolor se transforma en algo mucho más poderoso…

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Leonor arqueó una ceja, sorprendida por el cambio repentino de tono en el joven que hace un segundo mendigaba afecto. Ella, acostumbrada a pisotear a quien se interpusiera en sus deseos, soltó una sonrisa de superioridad.

—Exactamente, muchacho. Se trata de estatus. Algo que tú no podrías deletrear ni aunque te pagaran. Mi familia ha levantado el imperio de hoteles «Grand Palace» con sangre y esfuerzo. No vamos a permitir que un cazafortunas como tú se siente en la mesa principal. Ahora, hazte un favor y desaparece por la puerta lateral antes de que me asegure de que no vuelvas a encontrar trabajo ni limpiando baños en esta ciudad.

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Mateo no se movió. Se acomodó el cuello de la camisa y ajustó el reloj de su muñeca, un reloj que Leonor siempre había criticado por parecer «barato y sin clase». Lo que ella no sabía es que esa pieza era un prototipo único, un regalo de un relojero suizo a un hombre que no necesitaba presumir su valor.

—Es curioso que mencione los hoteles «Grand Palace», Doña Leonor —dijo Mateo, dando un paso hacia ella. Los invitados, que ya se estaban levantando para irse ante la cancelación de la boda, se quedaron congelados en sus sitios—. Especialmente porque hoy, precisamente hoy, se firmaba el traspaso mayoritario de las acciones que su esposo, en su desesperación por las deudas de juego que usted misma generó, tuvo que poner a la venta de forma privada.

El rostro de Leonor se puso pálido, pasando de un rojo furioso a un blanco cadavérico en cuestión de segundos.

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—¿De qué tonterías estás hablando? Mi esposo jamás… —empezó a decir, pero su voz perdió fuerza.

—Su esposo es un hombre de negocios débil, Leonor. Y usted, una mujer que gasta más de lo que su apellido puede soportar. Hace seis meses, el grupo inversor «Aries» compró la deuda externa de su familia. Y hace tres meses, ese mismo grupo adquirió el 51% de la cadena hotelera.

Valeria miraba a Mateo como si fuera un extraño. Ya no veía al joven dulce y sencillo que trabajaba como analista en una pequeña firma. Veía a un hombre cuya presencia llenaba toda la catedral, un hombre que parecía haber crecido diez centímetros en un instante.

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—Mateo… ¿qué estás diciendo? —preguntó Valeria con un hilo de voz.

Mateo la miró por última vez con una pizca de la ternura que solía tener, pero esa chispa se apagó rápidamente al recordar cómo ella le soltó la mano cuando más la necesitaba.

—Digo, Valeria, que el amor que te ofrecí era lo único real que tenías. Pero tu madre quería hablar de negocios, de poder y de quién es quién en este mundo de apariencias. Pues bien, hablemos en su idioma.

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Mateo sacó su teléfono del bolsillo interior del saco. No era un modelo común. Marcó un número rápido y lo puso en altavoz.

—¿Díaz? —dijo Mateo al teléfono.

—Sí, señor. Estamos todos listos en la recepción del hotel para la fiesta —respondió una voz profesional y firme del otro lado.

—Cancelen todo. La boda no se llevará a cabo. Quiero que el personal desaloje el salón principal de inmediato. Y otra cosa… asegúrense de que las cerraduras de la suite presidencial donde se hospeda la señora Leonor sean cambiadas en los próximos treinta minutos. Sus pertenencias deben estar en la calle antes del anochecer.

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Leonor soltó un grito de indignación, pero el miedo ya empezaba a asomarse en sus ojos.

—¡Tú no puedes hacer eso! ¡Ese hotel es mío! ¡Soy la dueña!

—Usted era la esposa del dueño minoritario, Leonor —corrigió Mateo con una frialdad que asustó a los presentes—. Yo soy el dueño de «Aries». Yo soy el hombre que compró su orgullo sin que usted se diera cuenta. Vine a esta boda esperando que el amor fuera suficiente para olvidar la calaña de familia en la que me estaba metiendo. Quería ser simplemente Mateo, el hombre que te amaba, Valeria.

Mateo se acercó a Leonor, quedando a pocos centímetros de su rostro. La mujer, que antes se sentía una gigante, ahora parecía pequeña y marchita ante la imponente figura del joven.

—Usted me llamó parásito. Me llamó muerto de hambre. Me humilló frente a todos mis amigos y mi poca familia. Pero lo peor de todo es que le enseñó a su hija que el dinero vale más que la lealtad.

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Valeria rompió a llorar, esta vez de arrepentimiento. Trató de acercarse a él, de tocar su brazo, de pedir una explicación, pero Mateo se apartó como si el contacto con ella le quemara.

—Mateo, perdóname, yo no sabía… yo estaba confundida… —sollozó ella.

—Ese es el problema, Valeria. En el momento en que tuviste que elegir entre la verdad que viste en mis ojos durante dos años y las mentiras escupidas por el veneno de tu madre, elegiste el veneno. No me amabas a mí, amabas la seguridad que tu madre te prometía. Ahora, ambas descubrirán lo que es no tener ninguna de las dos.

La catedral, que antes era un escenario de cuento de hadas, se había convertido en el tribunal donde se juzgaba la arrogancia de una dinastía en decadencia. Los invitados no sabían si aplaudir o huir. La noticia se estaba esparciendo como pólvora: el «pobre novio» era en realidad el hombre más poderoso de la industria turística del país.

Mateo se dio la vuelta para marcharse, pero antes de llegar a la salida, se detuvo. Miró hacia una de las cámaras que un fotógrafo de la prensa social sostenía, quien no había dejado de disparar fotos.

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—Asegúrate de que esta foto salga en la primera plana —dijo Mateo al fotógrafo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Quiero que el mundo vea la cara de la mujer que lo perdió todo por no saber distinguir entre un diamante y un trozo de vidrio.

Caminó por el pasillo central, con paso firme y decidido. Cada paso que daba alejándose del altar era un paso hacia su antigua vida de soledad, pero también hacia una libertad que no sabía que necesitaba.

Sin embargo, la verdadera revelación aún no había terminado. Mientras salía por las grandes puertas de madera, un grupo de hombres de negro, sus guardaespaldas personales que habían permanecido ocultos entre la multitud, lo rodearon de inmediato.

—Señor, el coche está listo —dijo uno de ellos—. ¿A dónde desea ir?

Mateo se detuvo en las escalinatas de la catedral, observando el horizonte de la ciudad donde sus hoteles brillaban con luces de neón.

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—Al hotel —respondió—. Tengo una última cuenta que cobrar personalmente.

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