Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que el tiempo se detuvo dentro de esa jaula de hierro…
El silencio en el sótano era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Los hombres, acostumbrados a la violencia rápida y sangrienta, se miraban entre sí, desconcertados. Don Valerio apretó su vaso de whisky hasta que sus nudillos se pusieron blancos. No entendía qué estaba pasando. ¿Por qué el perro, que había matado a otros canes el doble de grandes y herido de gravedad a tres entrenadores expertos, se había quedado paralizado frente a esa muchacha insignificante?
—¡Ataca, maldita sea! —gritó Valerio, perdiendo la compostura—. ¡Sombra, acaba con ella!
Pero el perro no obedeció. Sus orejas, cortadas de forma cruel para darle un aspecto más fiero, se movieron levemente. Elena seguía allí, arrodillada, con la mano extendida y una mirada de una ternura infinita que parecía iluminar la penumbra de la jaula.
—¿Te acuerdas de mí? —continuó Elena, ignorando los gritos del mafioso—. Te llamabas «Apolo» entonces. Tenías las orejas largas y te gustaba esconderte debajo de mi cama cuando llovía. No eres un monstruo, pequeño. Solo te han hecho olvidar quién eres.
Un escalofrío recorrió la espalda de los presentes. ¿Cómo era posible que ella conociera el pasado de ese animal? Sombra dio un paso hacia adelante, pero ya no era el paso de un depredador. Era un movimiento vacilante, casi temeroso. El gran Cane Corso estiró el cuello y acercó su hocico a la mano de Elena.
Don Valerio, enfurecido por lo que consideraba una burla a su autoridad, sacó un control remoto de su bolsillo. Era el dispositivo que activaba el collar de descargas eléctricas que el perro llevaba oculto bajo el pelaje del cuello.
—Si no la matas tú, lo haré yo a través del dolor —rugió el jefe mafioso, y presionó el botón.
Un chispazo azulado brilló en el cuello del animal. Sombra soltó un aullido desgarrador, un sonido de pura agonía que hizo que incluso algunos de los hombres más duros desviaran la mirada. El perro se retorció, sus patas flaquearon y cayó al suelo, sollozando de una manera casi humana.
—¡Deténgase! —gritó Elena, poniéndose de pie de un salto y lanzándose sobre el perro para cubrirlo con su propio cuerpo—. ¡Ya basta! ¡Él no le ha hecho nada!
—¡Ese animal me pertenece! —gritó Valerio, bajando de la grada y acercándose a la reja con los ojos inyectados en sangre—. ¡Me ha costado una fortuna entrenarlo para que sea una máquina de guerra, y no voy a permitir que una mocosa muerta de hambre me arruine el negocio! ¡Apárrate o tú también recibirás la descarga!
Elena no se movió. Abrazó la enorme cabeza del Cane Corso, que temblaba violentamente. El perro, a pesar del dolor, no intentó morderla. Al contrario, buscó refugio en el regazo de la joven, escondiendo el hocico entre sus brazos. En ese momento, la imagen era devastadora: la supuesta bestia asesina llorando como un cachorro herido en brazos de su única defensora.
—Usted es el único monstruo aquí, Don Valerio —dijo Elena, levantando la vista. Sus ojos ya no eran dulces; ahora ardían con una furia fría y decidida—. Hace cinco años, entraron en mi pequeña granja y se llevaron lo único que me quedaba después de que mis padres murieron. Se llevaron a mi perro. Pensé que lo habían matado, pero ahora veo que lo convirtieron en esto para llenar sus bolsillos de sangre.
La revelación cayó como una bomba. Los apostadores empezaron a murmurar. Algunos de ellos tenían perros en sus casas, otros simplemente sentían una pizca de decencia que el alcohol no había logrado borrar. Ver a la dueña legítima reclamando a su mascota robada frente a un collar eléctrico era demasiado, incluso para ellos.
—¿Tu perro? —Valerio soltó una carcajada seca—. Este animal es propiedad de mi organización. Lo compré legalmente en un mercado negro de mascotas. Si quieres recuperarlo, vas a tener que pagar mucho más que treinta millones. Pero como no tienes ni para caerte muerta, te propongo algo mejor.
Valerio hizo una señal a sus hombres. Dos de ellos abrieron la puerta de la jaula y entraron para separar a Elena del perro. Ella se resistió, aferrándose al cuello de Sombra, pero la fuerza de los matones era superior. La arrastraron hacia afuera mientras el perro, debilitado por la descarga, intentaba ponerse en pie para defenderla.
—Si tanto lo quieres —dijo Valerio, guardando el control remoto y sacando una pistola de oro de su cinturón—, vamos a ver qué tanto vale tu amor. Te daré los treinta millones si eres capaz de recibir una bala por él. Si sobrevives, te llevas al perro y el dinero. Si no… bueno, al menos morirás con tu «amigo».
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de muerte. Nadie creía que Valerio fuera capaz de llegar tan lejos, pero el brillo de locura en sus ojos indicaba que hablaba en serio. Había perdido el control de la situación y su ego herido exigía un sacrificio.
Elena miró a Sombra, que ahora la observaba con una mirada de absoluta conciencia. El perro parecía entender lo que estaba pasando. Lanzó un ladrido corto, una advertencia, pidiéndole que se fuera, que lo dejara allí. Pero ella sonrió débilmente y se colocó frente a la boca del arma.
—Dispare —dijo ella, con una calma que helaba la sangre—. Prefiero morir intentando salvarlo que vivir sabiendo que lo dejé en manos de un cobarde como usted.
Valerio amartilló el arma. El clic metálico resonó en todo el sótano. El dedo del mafioso comenzó a ejercer presión sobre el gatillo. Los espectadores cerraron los ojos, esperando el estallido.
Sin embargo, en ese preciso instante, algo cambió en la atmósfera. Un ruido sordo se escuchó desde la parte superior del edificio. Luego otro. Y de repente, las luces se apagaron por completo.
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