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El secreto que las cicatrices de aquella mujer guardaban en silencio

7 min de lectura
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Continuamos donde quedó la escena, porque esto apenas se está poniendo interesante…

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¿Capitana?

La palabra se deslizó entre los invitados como una serpiente venenosa, dejando a su paso un rastro de incredulidad, pánico y una curiosidad morbosa que nadie se atrevía a expresar en voz alta.

Andrea fue la primera en reaccionar.

—¿C-espera…? —tartamudeó, con el rostro pálido como el papel—. ¿Capitana? Usted acaba de decir… ¿capitana?

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El General Mendoza se giró hacia ella con la elegancia de quien ha enfrentado situaciones mucho más peligrosas que una niña rica con problemas de egos. De hecho, se podía decir que era un experto en leer miradas falsas, y la de Andrea no era más que la de una mujer malcriada acostumbrada a conseguir todo con dinero.

—Así es —respondió el General—. La Capitana Valeria Duarte, unidad de inteligencia del ejército nacional, especializada en operaciones encubiertas contra el crimen organizado. —Hizo una pausa, y sus ojos se afilaron—. Y si no me equivoco, tiene quince años de servicio intachable bajo su nombre.

Valeria cerró los ojos por un momento.

Quince años.

Ese era el número de años que llevaba fuera de ese salón, fuera de ese país, viviendo en las sombras.

Su verdadero nombre apareció entre el público como un eco lejano. Los murmullos comenzaron a crecer, y la gente empezó a conectar puntos. Algunos habían escuchado historias de la misteriosa capitana que había infiltrado carteles enteros, que se había hecho pasar por otras personas durante años, que había sacrificado su anonimato en más de una ocasión para salvar vidas inocentes.

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Las cicatrices en su espalda.

Ah, las cicatrices.

No eran el estigma de un trauma personal, como la imaginación de Andrea había sugerido con malicia.

Eran mapas de valor.

Cada una de esas marcas era un recuerdo de una misión cumplida, un trofeo de guerra que solo los héroes de verdad llevan consigo para siempre.

Don Ernesto dio un paso atrás, chocando contra su propia silla.

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—No… no sé de qué me está hablando, General —farfulló, tragando saliva—. Esta mujer… vino a mi casa con un nombre falso…

—¿Un nombre falso? —el General soltó una risa corta, seca, sin una pizca de humor—. Capitana Valeria Duarte es su nombre legal y efectivo desde hace más de dos décadas. Quizás debería usted preguntarse, Don Ernesto, quién es el que está usando un nombre falso ante usted.

Las palabras cayeron sobre el salón como una bomba de fragmentación.

El rostro de Don Ernesto pasó de pálido a gris en cuestión de segundos.

—¿Q-qué quiere decir con eso?

El General Mendoza se acercó a la mesa, tomó el expediente que Valeria había dejado sobre la madera pulida cuando llegó y lo levantó entre sus dedos para que todos lo vieran.

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—Quiero decir, señor Valdés —pronunció el apellido con una intención deliberada—, que el proyecto comercial para el que esta mujer estaba buscando inversión… era una tapadera.

—Eso es absurdo, yo…

—Una tapadera —continuó el General, sin dejar que el otro terminara—, autorizada por el Ministerio de Defensa para infiltrar una organización de lavado de dinero que opera a través de empresas de fachada como las suyas.

El silencio se volvió ensordecedor.

Un camarero dejó caer una bandeja de cristal y esta se hizo añicos contra el piso de mármol, pero nadie se giró a mirar.

Andrea retrocedió hasta quedar empalada contra la pared, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.

—Yo no sabía —balbuceó, mirando a su padre—, yo no sé nada de lo que están hablando…

—Oh, pero seguro que sabe algo de las cuentas en Suiza —Valeria habló al fin, con la voz cansada pero firme —, y también de los depósitos que se hacen cada mes desde empresas fantasma a cuentas personales. ¿O me equivoco?

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Andrea abrió la boca una vez más, pero no salió ningún sonido.

El General Mendoza dejó el expediente sobre la mesa y se giró hacia los demás invitados, que habían comenzado a apartarse de la familia Valdés como si tuvieran una enfermedad contagiosa.

—Señoras y señores —anunció con voz de mando—, en breve llegarán varios vehículos oficiales para llevar a cabo un registro completo de estas instalaciones. Les pido que colaboren con el proceso. Aquellos que no tengan relación con los negocios ilegales de esta familia no tienen nada que temer.

El salón estalló en un caos de sillas que se arrastraban, de cuchicheos frenéticos y de gente buscando desesperadamente las puertas de salida.

Pero Valeria se mantuvo quieta.

Observó cómo el imperio de los Valdés se derrumbaba a su alrededor pieza por pieza, y sintió… vacío.

No regocijo.

No triunfo.

Solo un profundo cansancio.

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—He estado persiguiendo a esta familia dos años enteros —murmuró, hablando más consigo misma que con el General—. Dos años viviendo como otra persona, durmiendo en hoteles baratos, viendo cómo sus negocios ensuciaban vidas ajenas… y ahora mismo, poder ver esto desde aquí.

El General Mendoza se acercó a ella, bajando por fin su posición de mando para mirarla a los ojos.

—Lo has hecho bien, capitana.

—No lo hice por bien. Lo hice porque era lo correcto.

—A veces son la misma cosa.

Valeria negó con la cabeza, y sus labios dibujaron una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—¿Es él quien viene a por ellos? ¿El que mandé llamar?

—Sí. Tomó su vuelo hace tres horas. Debería llegar en cualquier momento.

Valeria llevó una mano a su pecho, donde bajo la tela destrozada de su camisa latía un corazón que había aprendido a mantener a raya el miedo, el rencor y la esperanza.

—Entonces me voy antes de que llegue.

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—¿Estás segura? Después del show que te has llevado, mereces ver cómo termina.

Valeria miró por última vez hacia el lugar donde Andrea y Don Ernesto, padre e hija, se aferraban el uno al otro como si eso pudiera protegerlos de la verdad que se les venía encima.

—No quiero ver el final —dijo con serenidad—. Más bien, solo un poco de justicia sería suficiente.

Se giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta principal con la espalda erguida, con los jirones de su camisa ondeando como banderas rotas, como estandartes de guerra.

¿Quiénes eran esas cicatrices que todos tan asustados miraban?

Eran la prueba de las balas que detuvo con su cuerpo para salvar a su escuadrón.

Eran las marcas de un hombre que la enterró viva durante tres días.

Eran el recuerdo de cada misión, de cada noche en vela, de cada decisión imposible.

Nadie la detuvo cuando salió.

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Nadie se atrevió a tocar ese uniforme invisible que llevaba puesto, ese que ninguna insignia podía mostrar porque estaba grabado a fuego en su piel.

Fue justo cuando cruzaba el umbral de la puerta principal cuando escuchó el motor de un vehículo aproximándose.

Y una voz que no había escuchado en quince años.

Valeria se detuvo en seco con el corazón retumbando en su pecho.

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