Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión está a punto de llegar a su límite…
Valeria se cruzó de brazos, impaciente. El tono de Daniel no encajaba con el de un hombre derrotado. Había una seguridad en su postura, una firmeza en su voz que la hacía sentir pequeña a pesar de sus tacones de diez centímetros.
—¿Qué es lo que no hemos entendido, Daniel? —preguntó ella con sarcasmo—. ¿Que ahora eres el «jefe de limpieza»? ¿Que te ascendieron a encargado de los botes de basura? Por favor, no intentes darnos lecciones de vida desde el fondo de un balde de agua.
Doña Elena miró su reloj de pulsera.
—Ya basta de charlas. Valeria, llama al agente de ventas ahora mismo. Ese hombre, el señor Montgomery, me aseguró que nos daría un trato preferencial. No puedo creer que nos dejen aquí esperando con este… empleado.
Daniel soltó un suspiro largo y se quitó los guantes de hule, dejándolos caer sobre el carrito de limpieza. Debajo de la chaqueta gris del uniforme, se alcanzaba a ver el cuello de una camisa de seda blanca, impecable, que no concordaba con el resto de su vestimenta.
—El señor Montgomery no va a venir —dijo Daniel, caminando hacia una consola de mármol donde descansaba una carpeta de cuero negro.
—¿Y tú qué vas a saber? —chilló Valeria—. ¡Eres un conserje! ¡Limpia el piso y cállate! Mamá, llama a la agencia. Exige que despidan a este tipo por acosarnos.
Daniel ignoró los gritos y abrió la carpeta. Sacó un juego de llaves con un llavero de platino y las hizo tintinear en el aire. El sonido metálico pareció silenciar los insultos de las dos mujeres por un instante.
—Limpié mis pisos personalmente esta mañana porque no confío en que nadie cuide los detalles como yo —dijo Daniel, y su voz ya no sonaba humilde; sonaba poderosa, autoritaria—. Y lo hice porque hoy esperaba a unos posibles compradores… pero no a ustedes. Ustedes ni siquiera califican para pasar de la puerta principal.
Valeria soltó una carcajada nerviosa, una que buscaba desesperadamente convencerse de que Daniel estaba delirando.
—¿Tus pisos? ¿Tú eres el dueño? Ay, por favor, Daniel. La falta de comida te está afectando el cerebro. Esta propiedad vale 15 millones de dólares. Tú no tienes ni para pagar la cuenta del gas del apartamentucho donde vivías.
Doña Elena se acercó a su hija, susurrándole al oído:
—Debe ser un brote psicótico, hija. Estos pobres a veces se imaginan que son los dueños de lo que limpian para no suicidarse de la tristeza.
Pero entonces, las pesadas puertas de caoba de la entrada se abrieron de par en par. Un hombre de traje gris, con un maletín de cuero y una expresión de absoluta sumisión, entró casi corriendo. Era el señor Montgomery, el agente de bienes raíces más prestigioso de la zona.
—¡Señor Montgomery! —exclamó Doña Elena, recuperando su aire de importancia—. Qué bueno que llega. Por favor, llame a seguridad. Este empleado se ha vuelto loco, dice que la casa es suya y nos está faltando al respeto.
El señor Montgomery ni siquiera miró a Doña Elena. Pasó de largo, casi tropezando en su afán por llegar hasta donde estaba Daniel. Se detuvo frente a él y le hizo una reverencia casi imperceptible.
—Señor Daniel… Mil disculpas por el retraso —dijo Montgomery, con la voz entrecortada—. Hubo un problema con los documentos del helipuerto en la propiedad de la playa, pero ya está todo resuelto. ¿Desea que comencemos con la inspección final de esta mansión?
El silencio que siguió fue tan pesado que se podía sentir en el pecho. Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Montgomery, luego a Daniel, y de nuevo a Montgomery.
—Señor… ¿Señor Daniel? —balbuceó Valeria—. Pero si él… él es un perdedor. ¡Lo vimos trapeando! ¡Tiene un uniforme de limpieza puesto!
Montgomery se giró hacia Valeria con una mirada de profundo desprecio, la misma mirada que ella solía usar con los demás.
—El señor Daniel es el dueño de la constructora «Cumbres de Oro» y del grupo inversor que financió este sector residencial completo —explicó el agente con frialdad—. Si estaba limpiando, es porque es un hombre que valora la excelencia y le gusta supervisar cada rincón de sus propiedades antes de ponerlas en el mercado. Es su pasatiempo, su forma de mantenerse conectado con el trabajo duro que lo hizo billonario.
Doña Elena se llevó una mano al pecho, sintiendo que el aire le faltaba. Su rostro, antes rojo de ira, ahora estaba pálido como la cera.
—¿Billonario? —susurró, con la voz temblorosa—. Pero Daniel… hijo… tú sabes que yo siempre te tuve aprecio. Solo estaba… probando tu carácter.
Daniel soltó una risa seca, carente de cualquier afecto.
—No me llame hijo, señora. Usted me llamó «basura» hace menos de cinco minutos. Y tú, Valeria… —se acercó a ella, quien ahora retrocedía hasta chocar con la pared—. Tú me dejaste porque pensaste que nunca llegaría a nada. Me pediste que no te buscara porque te daba vergüenza que tus amigos me vieran.
Valeria intentó sonreír, una sonrisa temblorosa y patética. Trató de poner su mano sobre el brazo de Daniel, pero él se apartó como si el contacto le quemara.
—Daniel, mi amor… fue un malentendido. Estaba confundida. Las presiones de mi madre, tú sabes… —mentía desesperadamente—. Pero ahora veo que siempre tuviste ese fuego interno. Sabía que llegarías lejos. Por eso vine a buscarte, para ver si podíamos… ya sabes, retomar lo nuestro.
Daniel la miró con una mezcla de lástima y asco.
—Viniste a buscar la mansión más cara, no a mí. Si hubiera sido realmente un conserje, me habrías escupido al salir. Lo hiciste, de hecho. Tiraste un billete en mi balde.
Daniel se agachó, sacó el billete empapado del agua sucia y se lo extendió a Valeria.
—Toma tu dinero. Lo vas a necesitar. Porque me tomé la libertad de revisar quiénes eran los «compradores potenciales» que Montgomery traería hoy. Sabía que eran ustedes. Y también sé que tu «novio rico» acaba de declararse en quiebra y que esta mansión era su último intento desesperado por aparentar solvencia para conseguir un préstamo.
Valeria se quedó paralizada. ¿Cómo podía saberlo?
—Esta propiedad no está a la venta para ustedes —continuó Daniel, su voz resonando como una sentencia—. De hecho, ninguna propiedad que lleve mi firma estará jamás al alcance de personas tan vacías. Montgomery, acompáñelas a la salida. Y asegúrese de que no se lleven ni el aire de este lugar.
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