Estás en la parte 2: la historia continúa y el misterio se vuelve más oscuro…
El silencio que siguió a las palabras de Samuel fue más aterrador que cualquier grito. Los invitados, miembros de la alta sociedad, se miraban entre sí con una mezcla de morbo y confusión. Julián se puso en pie lentamente. Su mente era un campo de batalla. Recordaba esa noche. Recordaba haber llegado tarde del trabajo y encontrar a Elena inusualmente tranquila, diciéndole que Sofía ya dormía y que no la despertara.
Al día siguiente, la pequeña no abrió los ojos. El médico de la familia, un hombre mayor y de confianza que ahora estaba allí presente, había certificado la muerte por un «paro cardiorrespiratorio súbito». Todo había sido tan rápido, tan devastador.
—Julián, mi amor, no escuches a este pobre hombre —dijo Elena, acercándose a él con los ojos anegados en lágrimas—. Está mal de la cabeza. ¿Cómo puedes siquiera dudar de mí? Soy su madre. He dado mi vida por ella.
Elena intentó tocar el rostro de su esposo, pero Julián, por primera vez en diez años de matrimonio, se apartó. No fue un movimiento brusco, fue una retirada instintiva, como quien se aleja de una serpiente que acaba de mostrar los colmillos.
—Abre el ataúd —ordenó Julián. Su voz era fría, carente de cualquier emoción.
—¿Qué? ¡Julián, no! —Elena retrocedió, horrorizada—. Es una profanación. No puedes hacernos esto. Deja que nuestra hija descanse en paz. ¡Guardias, lleven a ese hombre a la policía ahora mismo!
Pero los guardias dudaron. La autoridad de Julián era absoluta, y el tono de su voz indicaba que no aceptaría un «no» por respuesta. El médico de la familia, el Dr. Arrieta, se acercó con paso vacilante.
—Julián, esto es… es irregular. Yo mismo firmé el acta. La niña no tenía pulso, sus pupilas no reaccionaban…
—He dicho que abran el ataúd —repitió Julián, esta vez con un rugido que hizo que los pájaros volaran de los árboles cercanos.
Con manos temblorosas, los encargados del servicio funerario se acercaron al féretro blanco. El clic de los seguros metálicos sonó como disparos en la quietud del cementerio. Julián no apartaba la vista de Elena. Ella estaba pálida, pero no era la palidez del duelo. Era un blanco cenizo, una máscara de pánico que intentaba mantener bajo control. Sus dedos se retorcían en el encaje de su vestido negro, rompiendo las fibras con una fuerza desesperada.
Cuando la tapa de madera y cristal se levantó, un suspiro colectivo escapó de la multitud. Sofía parecía una muñeca de porcelana. Su piel era blanca, sí, pero no tenía esa rigidez marmórea que Julián había visto en otros funerales. Sus labios tenían un leve tinte azulado, pero no estaban secos.
Julián se inclinó sobre su hija. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que le iba a romper las costillas. Metió la mano en el ataúd y tocó la mejilla de la pequeña.
—Está fría… —susurró, y por un momento, Elena pareció exhalar un suspiro de alivio—. Pero no es el frío de la piedra. Es… es diferente.
Samuel, que seguía retenido por los guardias pero con menos fuerza, gritó desde el suelo:
—¡El cuello! ¡Busque en el cuello, debajo de la mandíbula! ¡Siga buscando, no se rinda!
Julián deslizó sus dedos por el cuello de Sofía. Al principio, nada. Solo el silencio de la piel inerte. Cerró los ojos, rezando una oración que no recordaba haber aprendido, pidiendo un milagro, pidiendo que el mendigo tuviera razón y que su vida entera no fuera una mentira.
Pasaron diez segundos que parecieron siglos. Y entonces, lo sintió.
Un latido.
Tan débil que podría haber sido el eco de su propio pulso, pero estaba ahí. Una pulsación rítmica, lejana, como un tambor tocado a kilómetros de distancia bajo el agua.
—¡Está viva! —gritó Julián, y el grito salió de sus entrañas como una explosión—. ¡Llamen a una ambulancia! ¡Doctor, venga aquí ahora mismo!
El Dr. Arrieta corrió hacia el ataúd, sacando su estetoscopio con manos torpes. El caos se apoderó de la escena. Los invitados gritaban, algunos lloraban, otros grababan con sus teléfonos. Elena, al ver que el médico se inclinaba sobre la niña, intentó lanzarse hacia adelante, pero esta vez fueron los invitados quienes la detuvieron.
—¡No es posible! —gritaba Elena, perdiendo toda compostura—. ¡Yo le di todo el frasco! ¡Tenía que dormir para siempre! ¡Ella me estaba quitando todo, Julián! ¡Tú solo tenías ojos para ella!
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera filtrarlas. Fue una confesión brutal, nacida de la desesperación de ver su plan desmoronarse. La mujer refinada y elegante había desaparecido; en su lugar, había un monstruo herido por su propia envidia.
Julián ni siquiera la miró. Su mundo entero estaba concentrado en ese pequeño pecho que, tras una maniobra desesperada del doctor, dio un primer y débil espasmo. Sofía no despertó, pero un hilo de aire escapó de sus labios, empañando levemente el cristal del ataúd que aún estaba abierto.
—Necesitamos adrenalina, ¡ya! —gritó el doctor—. Su ritmo cardíaco es casi inexistente, está en un coma inducido por químicos. ¡Rápido!
Mientras la ambulancia se abría paso por los estrechos senderos del cementerio con las sirenas aullando, Julián levantó a su hija del ataúd, envolviéndola en su abrigo de lujo. No le importó que el blanco del vestido de la niña se manchara con la tierra de sus manos. La apretó contra su pecho, tratando de transferirle su propio calor, su propia vida.
En medio del tumulto, Julián buscó con la mirada al hombre que lo había salvado de cometer el error más trágico de su existencia. Samuel estaba sentado en el césped, observado por los guardias que ya no sabían si arrestarlo o pedirle perdón. Sus ojos amarillentos se encontraron con los de Julián. No había triunfo en ellos, solo una inmensa compasión.
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