Estás en la parte 2: la historia continúa justo donde la dejamos…
Valentín se paró en la línea de tiro con una naturalidad que era casi sobrenatural. No había nada de teatral en su posición: sus pies firmes en el suelo, su cuerpo ligeramente inclinado, el rifle apoyado con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus manos.
Javier, por su parte, hizo un despliegue de técnica que hubiera impresionado a cualquier instructor: flexionó las rodillas, ajustó su chaleco, verificó su equipo de protección. Todo era perfecto. Todo era técnico. Todo carecía de alma.
—¿Quiere disparar primero, abuelito? — pregunta Javier, recuperando un poco de su arrogancia inicial. La adrenalina corría por sus venas, cegándolo.
Valentín negó con la cabeza.
—No, joven. Dispará vos primero. Quiero ver qué tan bueno sos cuando no hay nadie a quien impresionar.
Javier aceptó la invitación sin pensarlo. Levantó su rifle, apuntó hacia el blanco y disparó.
Bang.
El sonido seco resonó en el valle, y las aves que descansaban en un árbol cercano alzaron vuelo. Todos los ojos se fijaron en el blanco que se encontraba a cincuenta metros de distancia.
Un soldado que estaba cerca, con binoculares en sus manos, dio el veredicto:
—Nueve y medio. A menos de un centímetro del centro.
Javier sonrió. Era un buen disparo. Correcto, preciso, casi perfecto. Disparó nuevamente.
Bang.
—Nueve y medio otra vez.
Y un tercer disparo.
Bang.
—Nueve punto ocho. Promedio general: nueve punto y siete decenas.
Javier bajó su rifle y se giró hacia el anciano con una sonrisa provocadora. Su desempeño había sido excelente, de eso no había duda.
—¿Vamos a ver qué puede hacer usted, abuelito? — dijo, con la arrogancia intacta.
El campo de tiro estaba completamente en silencio. El general Ruiz cruzó los brazos. Los soldados, en su mayoría reclutas jóvenes, miraban al anciano con una mezcla de curiosidad y lástima. Todos pensaban lo mismo: ese viejito no puede igualar un promedio de nueve punto siete.
Valentín tomó su rifle con manos increíblemente estables. Se lo acomodó en el hombro con la misma naturalidad con la que otros se ponen un sombrero que han usado toda la vida. Y entonces, por primera vez en todo el encuentro, cerró los ojos.
Cuando los abrió, algo en su mirada había cambiado. Fue como si un interruptor se hubiera activado en algún lugar profundo de su ser. Ya no era un anciano; era un cazador.
—Hay personas que disparan con las manos, jovencito — dijo Valentín, con una voz que parecía venir de otra época —. Y hay personas que disparan con el corazón. ¿Querés saber cuál es la diferencia?
Javier no respondió. No podía. Algo en la voz del anciano le había helado la sangre.
Valentín levantó el rifle, y justo antes de pegar el primer disparo, un viento frío se levantó del oeste. No fue una brisa natural; fue como si el mismo ambiente hubiera sentido lo que estaba a punto de suceder.
Bang.
—¡PERFECTO! — gritó el soldado con los binoculares, demorando unos segundos para asegurarse —. ¡En el centro, completamente en el centro!
Javier se mordió el labio. No podía ser casualidad. No podía ser suerte.
Valentín no dijo nada. No lo miró. Simplemente volvió a recargar, su cadencia lenta pero inequívoca. No era un viejo pretendiendo ser joven; era un depredador recordando su naturaleza.
Bang.
—Diez perfecto otra vez. En el centro exacto — informó el soldado con temblor en su voz, porque incluso para él aquello era extraordinario.
Dos disparos perfectos. Dos centros. Javier sentía que el piso se abría bajo sus pies. Si Valentín lograba un tercer diez, el anciano le habría ganado con pasmosa superioridad: tres disparos perfectos contra una serie de nueve puntos.
El anciano, con calma de quien ha mirado la muerte a los ojos muchas veces, recargó por última vez. Pero justo antes de hacerlo, se detuvo. Se giró lentamente hacia Javier.
—Sabes, jovencito — dijo con una sonrisa que era más un recordatorio que una burla —. Esta vez que estuve parado aquí, delante de este blanco, me acordé de una noche en la sierra. Hace treinta años, un pelotón enemigo creyó que éramos fáciles de cazar. Eran veinte. Nosotros éramos cinco. Al amanecer, quedaban dos cuadros colgando en la comandancia.
El silencio que se apoderó del lugar fue absoluto. Solo se escuchaba el viento, ahora ya templado y fantasmal.
—Esta es por ellos, y por todos los que cayeron conmigo en la selva — dijo Valentín, más para él que para cualquiera de los presentes —. Y esta, por todos los que se tiran del cobarde que se esfuerza por parecer valiente.
Bang.
El eco del disparo se extendió por el valle como un trueno lejano. El soldado con los binoculares tardó más de lo normal en dar el veredicto, pero todos lo sabían ya por la forma en que bajó los brazos lentamente.
—Perfecto — susurró —. Centro absoluto. Las tres balas a menos de medio centímetro entre sí.
Javier ya no podía ocultar el pánico en sus ojos. Aquello era imposible. Nadie, pero nadie, podía tener una precisión así a los setenta años. Nadie podía disparar así, sin práctica, sin acceso a un campo de tiro contemporáneo.
—Esto es un truco — dijo, con la voz quebrándose —. Usted debe conocer este campo. Debe saber exactamente dónde está el blanco. Es viejo, pero se aprendió el terreno.
El general Ruiz, que había permanecido en silencio durante toda la demostración, dio un paso al frente. Su rostro todavía mostraba esa sonrisa seria y calculadora, pero ahora había un brillo de orgullo en sus ojos.
—Javier — dijo, con la voz firme de quien ha dado muchas órdenes en la vida —. ¿Sabes por qué llamaron «Fantasma» a la unidad de este hombre?
Javier lo miró, sin saber qué decir.
—Porque fue la única unidad que la Marina jamás reconoció oficialmente — continuó el general —. No existe registro de ellos en ningún archivo. No hay fotografías, no hay documentos, no hay nóminas. Y, sin embargo, cuando las cosas se ponían feas en la frontera, ellos aparecían como si surgieran de la niebla. Y cuando la amenaza se neutralizaba, desaparecían sin dejar rastro.
Valentín se acomodó la chamarra, cubriendo parcialmente el tatuaje del lobo que brillaba bajo la luz menguante.
—No disparás con la precisión que disparé yo por tener buen ojo, jovencito — dijo Valentín —. Disparás así por haber vivido noches donde sabías que si fallabas, no solamente morías tú. Morían todos los que dependían de ti.
Las manos de Javier temblaban. Ya no le importaba su orgullo. Ya no le importaba la apuesta. Solo quería desaparecer de ese lugar.
—Tiene razón, don Valentín — dijo, con la voz sumisa —. Yo… yo no debí hablarle así. No debí burlarme.
Valentín lo miró durante un largo momento. Un tiempo que se estiró tanto que el silencio nuevamente se apoderó del lugar. Y cuando por fin habló, su voz ya no era la del depredador, sino la de un hombre que ha visto demasiado en la vida.
—¿Querés saber algo, jovencito? — dijo, guardando el rifle —. La vida me enseñó que el respeto no se gana con la puntería. Se gana con las vidas que tocás. Yo ya maté suficiente. Ya sobran mis balas. Lo que aprendí con los años es que el verdadero disparo perfecto no es el que hace la víctima más, sino el que evita la muerte de un inocente.
El general Ruiz fue a ponerle una mano en el hombro a Valentín, pero se detuvo, como si súbitamente comprendiera que ese contacto ya no era necesario.
—Don Valentín… usted sabe que siempre hay un lugar aquí para usted — dijo el general, con la voz más baja.
—No, mi general — respondió Valentín con una sonrisa amable —. Mi lugar ya no está en el campo de tiro. Mi lugar es la casa vieja donde me espera mi mujer, que ya lleva cuarenta años preparando un mate dulce para cuando llegue.
Y en ese momento, el anciano pareció volverse aún más pequeño de lo que ya era, aunque su figura ante los presentes ya no era la de un jubilado, sino la de una leyenda que se retira con dignidad.
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