Continuamos con la historia justo en el momento en que el peligro era inminente…
El sonido de la tranca al deslizarse fue como un disparo en medio de la tarde. Beto, con las manos temblorosas, había cedido ante la mirada de la viuda. Sabía que, si algo salía mal, la culpa lo perseguiría el resto de sus días, pero había algo en la voz de Doña Elena que le impedía desobedecer.
—Si el animal se mueve, disparo, doña. No me pida que no lo haga —sentenció el capataz, apuntando con el corazón en la boca.
Elena no respondió. Simplemente empujó la pesada puerta de madera y entró al corral.
El suelo estaba cubierto de paja revuelta y estiércol. Moro estaba al fondo, en el rincón más oscuro, con la cabeza baja y los músculos en tensión. Parecía un resorte a punto de estallar. Cuando escuchó los pasos de Elena sobre la tierra seca, el burro lanzó un chillido estridente y se dio la vuelta, mostrando sus poderosos cuartos traseros.
—Tranquilo, mi niño… tranquilo —murmuró Elena. Su voz era una caricia, una melodía que rompía la atmósfera de violencia.
Moro no se calmó de inmediato. Al contrario, empezó a dar vueltas en círculos, golpeando el suelo con sus cascos delanteros, levantando una polvareda que casi ocultaba la figura de la mujer. Los peones se subieron a las barandas de la cerca, listos para saltar o gritar.
Elena seguía avanzando. No llevaba látigo, no llevaba comida. Solo llevaba el pañuelo en la mano derecha y una promesa grabada en el alma.
—Él no se fue porque quiso, Moro —dijo ella, ignorando que el animal estaba a escasos dos metros de ella—. Él te amaba. Tú eras su compañero de caminos, el que nunca se quejaba cuando las subidas eran empinadas.
El burro se detuvo en seco. Giró la cabeza lentamente. Sus ojos, antes llenos de una furia ciega, parecieron enfocarse en la pequeña mujer que tenía enfrente. Elena extendió su mano, ofreciéndole el pañuelo.
—Huele esto… —le pidió—. Huele a él. Él está aquí, conmigo.
Moro dio un paso adelante. Fue un paso cauteloso, casi temeroso. Beto apretó el gatillo en su mente, esperando el ataque. Pero el ataque no llegó. El animal estiró su cuello, acercando su hocico húmedo y gris al pañuelo que Elena sostenía.
En el momento en que el aroma del difunto Julián llegó a los sentidos del animal, algo mágico y desgarrador sucedió. Los músculos de Moro, que habían estado tensos como cuerdas de violín durante semanas, se relajaron de golpe. Sus orejas, antes pegadas al cráneo en señal de agresión, cayeron hacia los lados.
El burro dejó escapar un suspiro largo, un aire que parecía llevar guardado desde el día del funeral. Entonces, ante el asombro de todos los que miraban, Moro apoyó su gran cabeza en el hombro de Doña Elena.
No fue un movimiento brusco. Fue el gesto de un ser que finalmente ha encontrado refugio después de una tormenta eterna.
Elena soltó un sollozo que había estado conteniendo. Pasó sus brazos alrededor del cuello del animal, hundiéndose en su pelaje áspero y descuidado. Lo abrazó con la misma fuerza con la que alguna vez abrazó a su marido.
—Ya está, ya pasó… —le decía al oído, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas—. No te voy a dejar solo. Él me pidió que viniera por ti.
Los peones se quedaron mudos. Beto bajó la escopeta lentamente, sintiendo un nudo en la garganta que no sabía cómo tragar. El «diablo» que todos querían sacrificar estaba ahora allí, permitiendo que una mujer pequeña lo consolara, llorando a su manera la pérdida del hombre que fue su mundo.
Pero la historia no terminaba con ese abrazo. Mientras Elena acariciaba la frente del animal, notó algo que le hizo hervir la sangre. Bajo el pelaje revuelto, en los costados de Moro, había marcas que no eran de haberse golpeado contra el corral. Eran marcas lineales, profundas, cicatrices recientes de azotes.
Elena levantó la vista hacia los hombres que estaban fuera. Su expresión cambió de la ternura más absoluta a una indignación que helaba los huesos.
—¿Quién le hizo esto? —preguntó, y su voz ya no era un susurro.
Beto se puso pálido. Los otros peones empezaron a mirar al suelo, evitando el contacto visual.
—Doña Elena… usted sabe que el animal no se dejaba trabajar… —intentó explicar Beto, tartamudeando—. Había que domarlo de alguna forma, el patrón ya no estaba para defenderlo y el trabajo en la finca no se detiene.
—¿Domarlo? —Elena se separó un poco de Moro, pero mantuvo su mano sobre él—. Lo que hicieron fue torturarlo porque él no podía decirles que le dolía el alma. Julián nunca, en veinte años, le puso una mano encima con maldad.
La mujer caminó hacia la puerta del corral, arrastrando a Moro con ella. El animal la seguía como un perro fiel, sin necesidad de cuerdas ni bozales. Al llegar frente a Beto, Elena se detuvo.
—Mi marido dejó una carta antes de morir. Una carta que yo no tuve fuerzas de abrir hasta ayer —dijo ella, sacando un sobre amarillento de su bolso—. En ella, no solo me pedía que cuidara de sus tierras. Me confesó un secreto que solo él y este animal compartían.
Los peones se acercaron, movidos por una curiosidad que superaba el miedo. ¿Qué secreto podía tener un viejo agricultor con un burro de carga?
—Julián sabía que ustedes intentarían deshacerse del Moro en cuanto él faltara —continuó Elena—. Por eso, hizo algo que ninguno de ustedes se imaginó.
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