Continuamos con la historia justo en el momento en que el caos se apodera del lugar…
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué tanto escándalo en mi piso de ventas? —la voz de Carlos, el gerente general de la sucursal, resonó con una autoridad impecable.
Carlos era un hombre impecable. Su traje italiano estaba perfectamente planchado y su cabello no tenía un solo vello fuera de lugar. Al ver a Victoria, su expresión cambió de molestia a una sumisión casi vergonzosa.
—¡Doña Victoria! Qué placer verla. Mil disculpas por cualquier inconveniente. ¿En qué podemos servirle?
Victoria señaló a Mateo con un dedo cargado de anillos de diamante.
—Este… este sujeto, Carlos. Está acosando a los clientes, tocando los vehículos con sus manos sucias y, para colmo, tiene la audacia de decir que este coche es suyo. ¡Es una humillación para su establecimiento!
Carlos giró la cabeza hacia Mateo. Sus ojos lo recorrieron de arriba abajo con un escáner de prejuicios. En su mente, Mateo ya estaba fuera. No había nada en su apariencia que indicara solvencia económica, y mucho menos el nivel necesario para estar en la «Zona Diamante» del concesionario.
—Joven, creo que se ha equivocado de lugar —dijo Carlos, tratando de mantener un tono profesional pero cargado de condescendencia—. Las paradas de autobús están a dos cuadras de aquí. Por favor, retírese antes de que tengamos que llamar a la policía por alteración del orden público.
Mateo suspiró. No era decepción lo que sentía, sino una profunda tristeza. Su padre siempre le habló de Carlos como un vendedor estrella, un hombre que «entendía el negocio». Ahora veía que Carlos solo entendía de apariencias.
—Señor gerente, le sugiero que revise sus registros antes de tomar una decisión de la que se va a arrepentir —dijo Mateo con una calma que empezó a poner nervioso a Carlos.
—¿Registros? —Victoria intervino de nuevo—. ¿Qué registros va a revisar? ¿Tu historial de deudas? ¡Sáquenlo ya! Mi esposo está por llegar y no quiero que vea este espectáculo tercermundista.
En ese momento, la puerta principal del concesionario se abrió y entró un hombre de unos cincuenta años, con aire de importancia. Era el esposo de Victoria, Don Julián, un hombre que creía que el dinero le daba el derecho de pisar a los demás.
—¿Qué pasa, Victoria? Te escucho desde el estacionamiento —dijo Julián, acercándose al grupo.
—¡Julián, mira esto! —exclamó ella—. Este muchacho dice que es el dueño del coche que vinimos a ver. ¡El que tú me prometiste por nuestro aniversario!
Julián miró a Mateo y soltó una carcajada burlona.
—¿Este chico? Por favor. Carlos, ¿por qué no has limpiado el lugar? Si este muchacho tiene tres millones de dólares, yo soy el Papa.
Mateo metió la mano en el bolsillo de su pantalón gastado. El movimiento fue lento, casi deliberado. Carlos y el guardia se tensaron, temiendo que fuera a sacar algo peligroso. Pero lo que Mateo extrajo fue una pequeña llave de titanio con un emblema que solo tres personas en el mundo poseían.
Era una llave maestra, no solo del vehículo, sino de todo el sistema de seguridad del edificio.
—Don Julián —dijo Mateo, mirando al hombre a los ojos—, su arrogancia solo es superada por su falta de memoria. Hace diez años, mi padre le prestó el capital para que usted no fuera a la quiebra. Usted nunca devolvió el favor, simplemente desapareció cuando él más lo necesitaba.
Julián palideció. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer el emblema de la llave.
—No… no es posible. El hijo de Alejandro… murió en aquel accidente —tartamudeó Julián, mientras su esposa lo miraba confundida.
—Las noticias exageran mucho, Julián —respondió Mateo—. Mi padre me envió lejos para protegerme de gente como ustedes. Para que pudiera crecer lejos de la hipocresía. Pero hoy, el plazo se cumplió.
Mateo caminó hacia el coche negro mate. Con un simple movimiento, la llave emitió un pitido suave y las puertas de ala de gaviota se elevaron majestuosamente, como si el auto estuviera saludando a su verdadero dueño.
El silencio en el concesionario ahora era sepulcral. Carlos, el gerente, sintió que las piernas le temblaban. Había pasado los últimos diez minutos insultando al hombre que, técnicamente, era su jefe absoluto.
—Carlos —dijo Mateo, sin dejar de mirar el interior del coche—, mi padre siempre decía que un buen vendedor sabe ver el valor donde otros solo ven polvo. Tú solo viste mis zapatos viejos.
—Señor… yo… no sabía… —empezó a balbucear Carlos, el sudor resbalando por su frente.
—No, no lo sabías —lo interrumpió Mateo—. Y esa es precisamente la razón por la que hoy es tu último día en esta empresa.
Victoria estaba en estado de shock. Su rostro, antes rojo de ira, ahora estaba blanco como el papel. Intentó decir algo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Su esposo, Julián, simplemente bajó la cabeza, sabiendo que su imperio de naipes estaba a punto de desmoronarse.
—Pero esto no termina aquí —continuó Mateo, girándose hacia la multitud que seguía grabando—. Porque la verdadera sorpresa no es quién soy yo, sino lo que va a pasar con este lugar a partir de este momento.
En ese instante, un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros y maletines de cuero entró al concesionario. Eran los abogados de la firma principal, y traían consigo los documentos que cambiarían la historia de la ciudad para siempre.
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