Aquí seguimos, porque tú viniste a conocer el final de esta historia, no a quedarte a medias.
Afuera de la prisión, el viento de la tarde soplaba frío y Sofía se envolvió en aquel abrigo gris que todavía olía ligeramente a tabaco viejo y a su padre.
No lloró.
No le temblaban las manos mientras abría la puerta de su auto, un vehículo modesto que contrastaba con la vida que cada uno de esos papeles dentro del sobre le había mostrado: las cuentas de su tío en bancos del extranjero, la compra de propiedades a nombre de terceros, los movimientos sospechosos después del asesinato de don Alberto.
Ella no era abogada. No era investigadora. Trabajaba dando clases de literatura en una secundaria del pueblo, pero nadie le iba a quitar la satisfacción de haber descubierto aquello que los peritos, los fiscales y toda la policía local pasaron por alto: que el hermano de su padre había limpiado cuentas en la misma semana que don Alberto apareció muerto.
Un simple detalle contable la había llevado a ese hallazgo. Un error burdo de Mateo, que no era ninguna figura financiera pero que tampoco fue lo suficientemente listo para cubrir todas sus huellas.
Sofía arrancó el motor y miró por el espejo retrovisor la fachada gris de la prisión donde su padre seguiría por muchos años más.
—No voy a dejarte pudrir ahí, papá —susurró, con una determinación que dolía—. Pero primero, tengo que hablar con él.
Mateo vivía a cuarenta minutos de distancia, en la colonia Santa Fe de la capital. Una casa enorme, con portón eléctrico y dos camionetas último modelo estacionadas afuera. Como si la sangre que derramó aquella noche hubiera abonado un terreno de prosperidad maldita.
Unos días después de la visita a la prisión, Sofía tocó la puerta de esa casa.
No llamó antes. No avisó.
Y cuando el portón se abrió y apareció Mateo con una sonrisa de medio lado, esa sonrisa que siempre le había dado tanto asco porque era igualita a la de su padre pero sin el calor que él transmitía, Sofía se paró firme frente a él.
—¿Sofi? —dijo él, con una sorpresa que no era del todo agradable—. Qué… qué sorpresa. Hace mucho, ¿verdad? Hace años. ¿Por qué no me avisaste?
—¿Te aviso de qué? —preguntó ella, con una frialdad que contagió el ambiente—. ¿Para que limpiaras otra vez tus cuentas bancarias? ¿Para que escondieras mejor tus transferencias?
Mateo intentó mantener la sonrisa, pero se le cayó por completo a los pocos segundos.
—¿Qué estás hablando, Sofi? ¿Por qué vienes a agredir de esa manera?
—No vengo a agredir a nadie. Vengo a darte la oportunidad de corregir tus errores, igual que se la di a mi padre. Aunque ustedes dos son tan diferentes de carácter que me pregunto cómo es que comparten la misma sangre.
Él la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué quieres, Sofi?
—Quiero que confieses.
La palabra cayó como un golpe seco en la entrada de aquella casa lujosa.
—¿Confiese? ¿De qué?
—Tú sabes perfectamente de qué.
Mateo miró a ambos lados de la calle, como si estuviera buscando una cámara o un testigo invisible. Luego, con un movimiento rápido, tomó a Sofía del brazo y la jaló hacia el interior del jardín, cerrando el portón detrás de ellos.
—Entra —dijo, con los dientes apretados—. Vamos a hablar adentro. Sin que nadie nos vea.
En el interior, la casa olía a incienso y a poder adquisitivo. Grandes cuadros en las paredes, suelo de mármol, un piano de cola que nadie tocaba seguramente.
Sofía miró todo aquello sin parpadear.
—Todo esto tiene un precio que no fuiste tú quien lo pagó, ¿verdad, tío?
Mateo la miró fijamente desde la cocina mientras se serviá una copa de vino tinto, con calma, con esa actitud arrogante que siempre lo caracterizó.
—No sé qué te contó tu padre —empezó él—, pero ese viejo siempre fue un exagerado. Lo de don Alberto fue un accidente, todo el mundo lo sabe. Él mismo lo confesó.
—Mi padre no confesó nada —lo cortó Sofía—. Mi padre jamás habría sido capaz de matar a nadie, y aún menos a un hombre que le había dado trabajo cuando todos le dieron la espalda. ¿Usted sabía eso? ¿Usted sabía que don Alberto le dio trabajo a mi padre cuando ningún otro hombre del pueblo le daba la mano?
Mateo dio un sorbo lento a su vino.
—Es una lástima lo del accidente. Pero tu padre es un hombre adulto, Sofía. Él fue quien tomó sus decisiones.
—¿Y quién le vendió ese discurso? —preguntó ella con una calma que empezaba a desmoronarse—. ¿Y quién le suplicó, las rodillas en el suelo, que lo cubriera diciendo que él fue el culpable? ¿Cuánto le pagaste, tío? ¿Cuánto vale la sangre de un inocente para ti?
Mateo soltó la copa sobre el mesón de granito con un golpe seco.
—¿Sabes qué, Sofía? Yo no tengo por qué aguantar tus tonterías. Tú vienes aquí con tus acusaciones sin ninguna prueba…
Sofía sacó el sobre amarillo de su bolso, esa vez con la firmeza de un verdugo.
—¿Estas no son pruebas? Estados de cuenta de sus cuentas en Suiza, transferencias interbancarias a nombre de testaferros, correos electrónicos con notarios que usted mismo se encargó de borrar pero que no pudo eliminar de los servidores…
El rostro de Mateo se descompuso visiblemente.
—¿Cómo…? —tartamudeó—. ¿Cómo conseguiste esto?
—Soy mejor de lo que usted cree, tío. —Sofía sonrió. Una sonrisa difícil, agridulce, que no llegaba a sus ojos—. Mientras usted seguía su vida de lujos, yo estaba en la universidad estudiando. Y me hice buena conectando puntos que otros prefieren ignorar.
Mateo la miró a los ojos, buscando sus intenciones con la mirada de un abogado experto en encarar enemigos.
—¿Qué es lo que quieres, Sofía? —insistió—. ¿Dinero? Te doy dinero. ¿Quieres la casa? Puedo darte…
—No quiero tu dinero. Ni tu casa. Ni nada que venga de tus manos manchadas de sangre.
—Entonces, ¿qué demonios quieres?
Sofía se acercó un paso más. Lo suficientemente cerca como para que ambos pudieran respirar el uno el aire del otro.
—Quiero que vayas a la fiscalía —dijo ella, despacio—. Quiero que confieses que fuiste tú quien mató a don Alberto en aquella bodega. Quiero que digas la verdad delante de un juez y liberes a mi padre de esa cárcel que no le corresponde.
Mateo soltó una carcajada nerviosa.
—¿Estás loca? ¿Por qué habría de hacer yo algo así? Aunque tuvieras todo eso en tus manos, nadie te va a creer. Tu padre confesó el crimen hace ocho años. Ya fue juzgado. Ya cumplió su condena… bueno, casi toda.
—Y seguirá cumpliéndola —dijo Sofía—. A menos que tú hagas lo correcto.
Una sombra de criminal pasó por los ojos de Mateo.
Y fue cuando Sofía lo vio hacer el cálculo rápido de sus opciones en el rostro de su tío.
No le gustó lo que vio.
Lentamente, él se dirigió a la cocina y sacó un teléfono celular del bolsillo, marcando unos números mientras se alejaba de ella.
—Claro, con esto y la declaración de mi papá, la fiscalía va a tener que volver a abrir el caso —mintió ella, buscando mantener la presión—. Y con tus movimientos de dinero… no hay juez en el país que no lo vea claro.
Mateo terminó de marcar un número y levantó el teléfono al oído.
—¿Aló? —dijo, con esa calma inquietante de quien se sabe rodeado de pantallas y micrófonos invisibles—. Sí, soy yo. Preparé un sobre para recoger… sí, en mi casa. Trae el inventario.
Sofía frunció el ceño, alarmada.
—¿Qué estás haciendo, tío?
—Sofía, querida —Mateo sonrió mientras colgaba y guardaba el teléfono con calma—. Yo no llegué hasta aquí dejando cabos sueltos. Sabía que este momento llegaría desde la primera vez que te vi en la prisión el otro día. ¿Crees que no tengo informantes? ¿Crees que no me entero de las visitas que recibe mi hermano?
Sofía sintió un frío recorrerle el espinazo.
—Usted…
—Yo lo sabía todo antes de que tú salieras de la cárcel. —Mateo se acercó con paso lento, mirándola como quien observa a un animal acorralado—. Pasaste los últimos tres años de tu vida investigándome, y yo pasé esos mismos tres años observándote, querida sobrina. Mis fuentes son más confiables que los fiscales de tu pueblo.
—Usted está loco —murmuró ella, dando un paso hacia atrás—. Esto es una confesión, ¿sabe? Lo estoy grabando.
—¿En serio? —Mateo soltó otra risa—. ¿Y qué crees que va a pasar con esa grabación, Sofía? ¿Piensas que yo no tengo amigos en la fiscalía? ¿Crees que nadie va a enterrar ese caso de nuevo?
Ella apretó el sobre contra su pecho, sin saber qué hacer.
—¿Y sabes qué más? —continuó él—. Te lo voy a confesar aquí y ahora, sin que me grabes nada, porque nunca lo escribiré en ningún lado. Fui yo, Sofía. Fui yo quien estranguló a don Alberto aquella noche. Lo hice para quedarme con la bodega. Para demostrarle a mi madre que yo podía ser más, tener más… ¿cuántas veces tienes que querer meter la mano en las cenizas de un muerto para que no te quemes, Sofi?
—Usted lo mató por ambición —dijo ella, con la voz temblorosa—. No fue un accidente. Usted lo planeó.
Mateo no negó.
—Ahora ya lo sabes, querida sobrina. Y ahora también sabes que no tienes ninguna manera de demostrarlo. Porque cuando yo haga la llamada correcta, esos documentos serán fichas de archivo. Y la grabación que tengas, si es que tienes alguna, será parte de tu imaginación.
Y entonces, Mateo sacó una pequeña pistola del bolsillo trasero de su pantalón.
La colocó sobre la mesa de la sala, con calma, como quien pone las llaves de la casa al llegar.
—Sofía, querida, tienes dos opciones: te subes a tu auto y te marchas de aquí olvidando todo esto, o te quedas aquí para que hablemos de una forma más… directa.
Ella miró la pistola. Miró a su tío.
Y una furia contenida durante años comenzó a arder dentro de sus ojos, como el sol que no quiere dar paso a la noche.
—Usted puede matarme —dijo ella, con la voz fría—. Pero no puede matar una verdad que ya está en los labios de mi padre también. Porque yo le di la misma oportunidad que le estoy dando a usted, tío. Y no tengo intención de guardarme esto en silencio.
—¿Cuál silencio? —Mateo rió—. Cuando esto termine, no habrá ninguna verdad. Solo el recuerdo de una sobrina resentida que vino a inventar historias para arruinar a su tío. Nada nuevo.
Sofía no apartó la mirada.
—¿Y los papeles?
—Los papeles, la grabación, todo eso se convertirá en polvo, ya lo verás.
—¿Y mi padre?
—Tu padre seguirá en la cárcel. Cumpliendo una condena que eligió por su propia voluntad. Y si yo soy el hombre que creo ser, nadie va a venir a dudar de su culpabilidad.
Y en ese momento, Sofía entendió la magnitud del monstruo al que se enfrentaba.
Mateo no era simplemente un hermano desagradecido. Mateo era un hombre con poder, con conexiones, y con la capacidad de destruir todo a su paso sin dejar rastro.
—¿Y qué va a hacer conmigo? —preguntó ella arriesgándose.
Mateo sonrió.
—¿Por qué habría de hacerte algo, Sofi? Eres mi sangre. Eres la hija de mi hermano, y no quiero cargar con más culpas. Pero tampoco voy a permitir que destruyas lo que he construido.
—Usted construyó sobre un cadáver —dijo ella, con asco.
—Sobre un cadáver, una bodega, y la senda que me llevó a donde estoy —dijo Mateo, bebiendo un sorbo de vino—. La vida es así, Sofi. O la tomas, o la dejas.
Sofía sintió el peso de la impotencia estrellarse contra su pecho. Todo su esfuerzo, todos esos años investigando, la habían llevado a ese momento donde su tío acababa de confirmarle lo que ella ya sabía, pero a cambio de la certeza de que no había justicia suficiente en el mundo que pudiera alcanzarlo.
—Váyase —dijo él, con calma—. Váyase y no vuelva más por aquí. Por su bien, y por el de su familia.
Ella se quedó un momento más, mirándolo.
Luego, lentamente, guardó el sobre en su bolso.
Y caminó hacia la puerta principal.
Mateo ni siquiera la miró partir. Se quedó de espaldas, bebiendo su vino como si nada hubiera pasado.
Pero Sofía no había terminado.
Afuera, en su auto, respiró hondo el aire del atardecer.
Y sacó su teléfono.
No había ninguna grabación. Pero tenía algo mejor: la dirección de quien sí la escucharía.
—Hola —dijo al contestar—. ¿Esperanza? Soy Sofía. Sí, la hermana de tu exmarido… No, no me interrumpas, solo escucha. Sé dónde está el paradero de lo que estuviste buscando los últimos años. No, no estoy hablando de tu divorcio, estoy hablando de la muerte de don Alberto…
Y mientras la conversación se alargaba, una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Sofía.
Mateo pensaba que ella estaba sola.
Pero no lo estaba.
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