Esa chispa de indignación que sentiste hace un momento es solo el comienzo de una verdad que está a punto de estallar, y la historia continúa justo aquí.
Valeria ajustó sus lentes de sol de marca, esos que le habían costado tres meses de ahorros pero que lucía como si fueran una baratija más de su colección. A su lado, su madre, Doña Elena, caminaba con la barbilla tan alta que parecía estar contando las molduras del techo de aquella imponente entrada. Ambas buscaban lo mismo: estatus, poder y una propiedad que gritara a los cuatro vientos que finalmente habían «llegado».
El eco de sus tacones sobre el mármol italiano resonaba en el vestíbulo de la mansión más costosa de la ciudad. Era un palacio de cristal y acero, rodeado de jardines que parecían sacados de una revista de Versalles. Pero el silencio del lugar fue interrumpido por un sonido rítmico y mundano: el «shac-shac» de un trapeador contra el suelo húmedo.
Valeria se detuvo en seco. Sus ojos, antes llenos de codicia, se abrieron de par en par con una mezcla de sorpresa y un deleite perverso. Allí, inclinado sobre un cubo de agua jabonosa, con un uniforme gris desgastado y los hombros cargados de cansancio, estaba Daniel.
—¿No puede ser? —susurró Valeria, con una sonrisa maliciosa dibujándose en sus labios pintados de carmín—. ¡Pero si es el mismísimo Daniel!
El hombre del uniforme se tensó. No levantó la cabeza de inmediato. Siguió pasando el trapeador con una parsimonia que enfureció aún más a Doña Elena, quien soltó un bufido de asco al ver las gotas de agua cerca de sus zapatos de gamuza.
—Daniel, por Dios, ¿qué haces aquí? —gritó Valeria, rompiendo la paz del recinto—. Busco la mansión más cara del sector, y lo primero que me encuentro es a mi exprometido limpiando el piso como un muerto de hambre.
Daniel finalmente soltó el palo del trapeador y se enderezó. Su rostro, marcado por la humildad y un brillo extraño en los ojos, no reflejaba la vergüenza que Valeria esperaba. Al contrario, se veía extrañamente en paz.
—Hola, Valeria. Doña Elena —dijo él con una voz pausada, ignorando el tono ofensivo—. Veo que siguen buscando cosas que brillen.
—¡No me hables con esa familiaridad, insolente! —saltó Doña Elena, abanicándose con la mano como si el aire estuviera contaminado—. Te lo advertí mil veces, hija. Este muchacho no es de nuestra clase. Mira nada más el espectáculo. Eres un perdedor, Daniel. Mi hija se merece un hombre que mande, no uno que obedezca órdenes de un capataz.
Valeria soltó una carcajada estridente que rebotó en las paredes de doble altura. Se acercó a Daniel, invadiendo su espacio personal, rodeándolo como un depredador que disfruta viendo a su presa acorralada.
—Pensar que casi cometo el error de mi vida —dijo ella, fingiendo un escalofrío—. Casi me caso contigo. Imagínate, mamá, yo lavando tus uniformes sucios en un apartamento de dos cuartos mientras tú sueñas con ser alguien. Qué bueno que te dejé por alguien que sí tiene aspiraciones, alguien que sí sabe lo que es el éxito.
Daniel permanecía en silencio, observando cada gesto exagerado de la mujer que alguna vez amó. Recordó las noches que pasó trabajando doble turno para comprarle aquel anillo que ella terminó tirándole a la cara porque «el diamante era demasiado pequeño». Recordó las humillaciones constantes de Doña Elena, quien siempre lo comparaba con los hijos de sus amigas adineradas.
—¿Y qué limpias acá? —insistió Valeria, señalando una mancha imaginaria en el suelo—. ¿Te pagan por hora o por habitación? Porque esta casa tiene doce baños. Vas a tener que fregar mucho para comprarte un par de zapatos nuevos.
Doña Elena se acercó también, mirando a Daniel con una lástima fingida que quemaba más que el odio.
—Vámonos, Valeria. No perdamos el tiempo con la servidumbre. El agente de bienes raíces debe estar por llegar y no quiero que nos vea mezclándonos con… esto. Daniel, hazte a un lado. Estás manchando el ambiente con tu mediocridad.
Valeria sacó un billete de baja denominación de su bolso y, con un gesto de suprema arrogancia, lo dejó caer dentro del balde de agua sucia de Daniel.
—Para tu propina, Daniel. Cómprate algo de dignidad, aunque dudo que te alcance.
Daniel miró el billete flotando en el agua jabonosa. Luego, levantó la vista hacia las dos mujeres. Su sonrisa no era de dolor, ni de rabia. Era la sonrisa de alguien que tiene un as bajo la manga y está disfrutando cada segundo antes de mostrarlo.
—Tienen razón —dijo Daniel con una calma que empezó a poner nerviosa a Valeria—. Esta mansión es, efectivamente, la más cara de la ciudad. Y sí, estaba limpiando. Pero hay algo que no han entendido todavía.
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