Sé que te quedaste con el alma en un hilo, y créeme, lo que viene ahora te sacudirá hasta los huesos.
A veces, el destino no nos pregunta si estamos listos para la batalla, simplemente nos lanza al ruedo y espera a ver de qué madera estamos hechos.
Don Samuel no era un hombre de peleas, ni de apuestas, ni mucho menos de violencia. Era un hombre de manos agrietadas por el campo y ojos nublados por los años, pero en ese momento, frente al tipo del traje rojo, sus pupilas brillaban con un fuego que nadie allí podía comprender.
El anfitrión, un hombre que parecía alimentarse del miedo ajeno, soltó una carcajada que resonó en las paredes de hormigón de aquel sótano clandestino. Sus anillos de oro brillaron bajo las luces amarillentas mientras señalaba con desprecio las botas gastadas del anciano.
—¿Usted, abuelo? —preguntó el hombre del traje rojo, secándose una lágrima de risa falsa—. Mire, esto no es un asilo. Aquí la «bestia» no muerde por jugar. Si entra ahí, lo más probable es que no salga caminando. Váyase a su casa a ver la tele, no me haga manchar mi alfombra con su sangre.
La multitud, un grupo de hombres con aliento a whisky y billetes arrugados en las manos, estalló en burlas. «¡Pónganle un pañal!», gritó uno desde el fondo. «¡Se va a desarmar antes de que el perro lo toque!», gritó otro.
Pero Don Samuel no se movió. Ni siquiera parpadeó. Su espalda, encorvada por décadas de cargar bultos, se enderezó de una manera casi milagrosa.
—Usted habló de cien mil dólares —dijo el anciano, con una voz que, aunque quebrada, tenía la solidez del roble—. Yo no vengo a pedir limosna ni a buscar fama. Vengo por el dinero.
El hombre del traje rojo dejó de reír. Se acercó a Samuel, invadiendo su espacio personal, dejando que el olor de su perfume caro chocara contra el aroma a sudor y desesperación del abuelo.
—¿Cien mil dólares? —susurró el anfitrión—. Sí, ahí están, en ese maletín. Pero tiene que aguantar sesenta segundos. Un minuto entero con Sombra. Y déjeme decirle algo, abuelo: Sombra no ha comido en dos días y odia a los desconocidos.
Samuel cerró los ojos por un segundo. En la oscuridad de sus párpados, no vio la arena, ni al perro, ni a los apostadores. Vio una habitación de hospital blanca, fría y silenciosa. Vio a Lucía, su nieta de seis años, conectada a un monitor que pitaba débilmente. Recordó la voz del doctor diciendo que, sin esa cirugía en el extranjero, el corazón de la niña simplemente dejaría de latir antes de Navidad.
«Lo haré por ti, mi pequeña», pensó.
—Abra la reja —ordenó Samuel, con una firmeza que hizo que el hombre del traje rojo frunciera el ceño, intrigado por primera vez.
El anfitrión hizo una señal con la mano. Dos hombres corpulentos se acercaron a la gran jaula metálica que dominaba el centro del lugar. Dentro, algo se movió. No era solo un perro; era una masa de músculos negros, un cruce de razas diseñado para la fuerza, con ojos que parecían dos brasas encendidas en la penumbra.
El gruñido que escapó de la garganta del animal hizo que los que estaban en primera fila retrocedieran un paso. Era un sonido vibrante, ancestral, que prometía dolor.
—Última oportunidad, viejo —dijo el del traje rojo, mientras sacaba un cronómetro de oro de su bolsillo—. Si firma este papel donde nos deslinda de toda responsabilidad, puede entrar. Pero una vez que la cerradura caiga, no hay vuelta atrás. Ni aunque grite. Ni aunque llore.
Don Samuel tomó el bolígrafo con manos temblorosas, pero no por miedo, sino por la urgencia de terminar con aquello. Firmó el documento con una caligrafía temblorosa pero clara.
—Mi nieta no tiene tiempo para mis miedos —susurró para sí mismo.
Se quitó la chaqueta vieja y raída, quedando solo en una camisa de cuadros que le quedaba grande. Sus brazos eran delgados, marcados por venas que contaban la historia de una vida de esfuerzo. Los apostadores guardaron un silencio sepulcral. El aire se volvió pesado, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Samuel caminó hacia la puerta de la jaula. Cada paso pesaba como si llevara piedras en los bolsillos. El hombre del traje rojo se colocó frente al cronómetro, con una sonrisa cínica dibujada en el rostro.
—¡Damas y caballeros! —gritó el anfitrión hacia la multitud—. ¡Parece que hoy presenciaremos un milagro o una tragedia! ¡Preparen sus relojes!
La cerradura de hierro chirrió al abrirse. Don Samuel entró. El frío del metal y el olor a animal salvaje lo envolvieron de inmediato. Al fondo, Sombra se puso de pie, erizando el lomo, mostrando unos colmillos blancos que parecían dagas listas para el combate.
—Que Dios me perdone por lo que voy a hacer —murmuró el abuelo, mientras la puerta se cerraba tras él con un golpe seco que sentenció su destino.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




