Continuamos con la historia justo en el momento en que el asombro se apodera del rancho…
Eusebio se detuvo a una distancia prudente. Sus manos, acostumbradas a domar caballos rebeldes y a lidiar con el ganado más difícil, temblaban ligeramente.
Miró a sus hombres, que seguían en lo alto de las cercas, con los ojos como platos. Nadie se atrevía a moverse, temiendo romper el hechizo que acababa de convertir a un asesino en un cordero.
—Señora Elena… ¿Usted conoce a este animal? —preguntó el capataz, con un hilo de voz.
La anciana levantó la mirada. Sus ojos, nublados por la catarata y las lágrimas, brillaban con una intensidad que Eusebio nunca olvidaría.
—Si lo conozco… —repitió ella con una sonrisa triste—. Este no es un animal cualquiera, Don Eusebio. Este es el alma de mi Mateo.
El nombre de Mateo resonó en el aire como un eco del pasado. Mateo había sido un trabajador ejemplar, un hombre de campo que había dedicado cuarenta años de su vida a servir en las tierras colindantes.
Había muerto hacía seis meses, de un ataque al corazón fulminante, justo en medio de una jornada de trabajo.
—¿Este es el burro de Mateo? —preguntó uno de los peones, bajándose de la cerca—. Pero si Mateo siempre decía que su burro era el más noble de la región. Decía que hasta los niños podían montarlo.
Doña Elena asintió, mientras acariciaba las orejas de Vilan. El burro apoyaba todo su peso contra el pecho de la mujer, como si tuviera miedo de que, si se soltaba, ella desaparecería como un fantasma.
—Así era —confirmó ella—. Eran inseparables. Cuando mi viejo se fue, Vilan estaba allí. Lo vio caer. Vio cómo se lo llevaban en una caja y cómo nunca más volvió a buscarlo al establo.
La mujer soltó un suspiro largo.
—Después de que mi Mateo murió, los herederos de la otra finca vendieron todo. Dijeron que el burro ya no servía para nada, que estaba viejo y mañoso. Lo trajeron aquí, a este rancho, separándolo de todo lo que conocía.
Eusebio empezó a encajar las piezas del rompecabezas. Recordó el día que Vilan llegó. El animal no era agresivo al principio. Estaba apático, se negaba a comer y pasaba las noches rebuznando hacia el horizonte, como llamando a alguien que nunca respondía.
—Nosotros pensamos que estaba enfermo —dijo Eusebio, bajando la cabeza con culpa—. Intentamos obligarlo a trabajar, le gritamos, lo golpeamos cuando se resistía…
—Y él se defendió —interrumpió Elena con firmeza—. Imagínese, Don Eusebio. Perder a su único amigo, ser llevado a un lugar extraño, y que encima lo traten con violencia. Vilan no es agresivo por naturaleza. Está defendiendo lo único que le queda: su dolor.
El capataz miró al camión del matadero que seguía esperando. El conductor, un hombre de rostro duro, se asomó por la ventanilla, impaciente.
—¡Eusebio! ¿Nos vamos o qué? No tengo todo el día para este bicho —gritó el conductor.
Vilan se tensó de inmediato al escuchar la voz estridente. Sus músculos se endurecieron y volvió a mostrar los dientes. Doña Elena lo estrechó más fuerte contra ella.
—No se lo van a llevar —dijo ella, con una voz que no admitía réplicas.
—Señora, con todo respeto —dijo Eusebio, rascándose la cabeza—, los dueños del rancho ya dieron la orden. El animal ha causado muchos gastos médicos. Ya está pagado el transporte al rastro. No hay nada que yo pueda hacer.
Elena se separó un poco del burro y buscó algo en el bolsillo de su falda. Sacó un sobre de papel manila, desgastado por los bordes y amarrado con una liga elástica.
—Aquí está —dijo, extendiéndole el sobre a Eusebio.
El capataz lo abrió con curiosidad. Dentro había fajos de billetes pequeños, de baja denominación. Había monedas, billetes arrugados y hasta algunos recibos de empeño.
—¿Qué es esto? —preguntó Eusebio, sorprendido.
—Es el precio de la vida de Vilan —respondió Elena, con la dignidad de una reina—. Vendí mi televisión. Vendí las pocas joyas que me quedaban de mi boda. Empeñé hasta la máquina de coser con la que me ganaba la vida.
Los hombres del rancho se quedaron mudos. Sabían que Doña Elena vivía con lo mínimo, que era una mujer humilde que apenas tenía para sus medicinas.
—Señora… esto es mucho dinero para usted —dijo Eusebio, sintiendo un nudo en la garganta—. No puede quedarse sin nada por un animal que…
—No es un animal, Eusebio —lo cortó ella, con una lágrima rodando por su mejilla—. Es el último pedazo de mi Mateo que queda en este mundo. Cuando lo miro a los ojos, veo el amor de mi esposo. No puedo dejar que termine en un matadero solo porque nadie se tomó el tiempo de entender su tristeza.
Vilan volvió a bajar la cabeza, esta vez buscando la mano de la mujer para lamerla. Era un gesto de gratitud tan puro que incluso el conductor del camión, que se había bajado para ver qué pasaba, se quitó el sombrero en señal de respeto.
—He caminado tres kilómetros bajo este sol para llegar aquí —continuó Elena—. No me voy a mover de este corral sin él. Si se lo llevan, me llevan a mí también.
Eusebio miró el dinero, luego miró al burro y finalmente a la mujer. Sabía que sus patrones no estarían contentos, pero en ese momento, las reglas de los hombres no valían nada ante la ley del corazón.
—Muchachos —gritó Eusebio hacia los peones—, ¡apaguen ese camión! Y díganle al chofer que se puede ir. El burro ya no está en venta.
Un pequeño vitoreo surgió entre los trabajadores. El ambiente pesado y violento se transformó en uno de esperanza. Pero el desafío no había terminado.
Aún quedaba el problema de cómo trasladar a un animal que, aunque ahora estaba tranquilo con Elena, seguía siendo un gigante de cuatro patas con traumas profundos.
—¿Cómo lo va a llevar a su casa, Doña Elena? —preguntó Eusebio—. Su casita está lejos, y este animal sigue siendo impredecible con los demás.
Elena miró a Vilan a los ojos. El burro pareció entender la pregunta.
—Él me llevará a mí —respondió ella con una sonrisa débil—. Como lo hizo Mateo tantas veces cuando volvíamos del mercado.
Sin embargo, el destino tenía una última prueba para ellos. Justo cuando Elena intentaba ponerle un ronzal suave al animal, una camioneta de lujo entró al rancho levantando una gran polvareda. Era el dueño del lugar, un hombre conocido por su mal carácter y su poco interés en los sentimientos.
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