Sé que llegaste hasta aquí con el corazón en la mano porque no podías quedarte con la duda de qué pasaría después de aquel golpe.
Adrián me miraba con esos ojos gélidos que alguna vez juré amar, pero que ahora solo me recordaban al acero de una jaula. En su mente, yo seguía siendo la misma mujer frágil que aceptó sus anillos y sus promesas vacías. Sentía el ardor en mi mejilla, un calor punzante que palpitaba al ritmo de mi corazón acelerado, y por un segundo, el miedo intentó paralizarme como tantas otras veces.
Pero esta vez era diferente. Esta vez no estaba sola en mi propio cuerpo.
Llevé mi mano instintivamente hacia mi vientre, protegiendo ese pequeño milagro de apenas cinco meses que aún no sabía en qué clase de infierno estaba creciendo. El dolor físico no era nada comparado con la furia que empezó a hervir en mis venas, una rabia sorda que reemplazó el llanto que él esperaba ver.
—¿Crees que puedes tratarme así y que voy a seguir bajando la cabeza? —le dije, mi voz saliendo más firme de lo que yo misma esperaba, aunque por dentro mis piernas temblaran.
Adrián soltó una carcajada seca, esa risa arrogante que reservaba para cuando creía tener el control total de la situación. Se ajustó el puño de su camisa de seda, como si el acto de haberme empujado hubiera sido simplemente un trámite molesto en su agenda de hombre de negocios exitoso.
—Elena, por favor, no seas melodramática —respondió él, caminando hacia el bar de la estancia para servirse un whisky—. Te tropezaste. Fue un accidente. Si no fueras tan torpe, no tendrías esa marca. Además, ¿quién te va a creer? Eres la esposa de un hombre respetado. Sin mí, no eres más que una sombra.
El silencio de la mansión parecía cerrarse sobre mí. Las paredes decoradas con obras de arte carísimas y las alfombras que amortiguaban cualquier ruido se sentían como las celdas de una prisión de lujo. Él tenía razón en algo: para el mundo exterior, éramos la pareja perfecta. Él, el heredero ambicioso; yo, la esposa trofeo que siempre sonreía en las galas benéficas.
Pero Adrián ignoraba que la paciencia tiene un límite, y el mío se había roto en el momento en que sus manos tocaron mi piel con violencia.
—Tengo quien me defienda, Adrián —le sentencié, clavando mi mirada en la suya—. Este niño jamás vivirá asustado. Jamás verá a su madre humillada. Se acabó el teatro.
Él dejó el vaso de cristal sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos se oscurecieron, transformándose en dos pozos de odio puro. Se acercó a mí con pasos lentos, depredadores, acortando la distancia hasta que pude oler el alcohol y su perfume caro.
—¿Quién te va a defender? ¿Tu padre, que está a miles de kilómetros ocupado con sus empresas? ¿Tus amigas, que solo se preocupan por el próximo desfile de moda? Estás sola, Elena. Y más te vale que aprendas a guardar silencio si quieres que este niño herede algo más que tu apellido de clase media.
Me sujetó del brazo, apretando justo donde ya tenía los dedos marcados de la discusión anterior. El dolor fue un latigazo, pero no aparté la vista. En ese momento, la mansión se sintió más fría que nunca, y el eco de sus palabras parecía burlarse de mis esperanzas.
Él no sabía que, mientras me amenazaba, alguien más estaba escuchando. Alguien que él consideraba su aliada más leal, alguien que siempre había guardado las apariencias por el «bien de la familia».
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