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El Lobo del Bosque no la dejaba escapar, pero lo que pasó después nadie lo vio venir

8 min de lectura
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Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.

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Don Anselmo llevaba cuarenta años viviendo al borde de aquel bosque maldito. Había visto cosas que ningún hombre cuerdo contaría en voz alta: sombras que se movían sin viento, aullidos que helaban la sangre, y una vez, hace veinte años, a un perro pastor que regresó con los ojos blancos como la leche, sin explicación alguna.

Por eso, cuando vio desde su ventana la figura de una mujer embarazada entrando entre los árboles con paso cansino y una bolsa en la mano, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¡Doña, no se meta por ahí! —gritó desde la puerta de su casa, pero su voz de viejo se la llevó el viento del atardecer.

La mujer siguió caminando, como si no lo hubiera oído.

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Don Anselmo la vio perderse entre las sombras de los árboles, y por un momento pensó en perseguirla. Pero entonces el bosque entero pareció contener la respiración, y él sabía lo que eso significaba.

Algo allá adentro acababa de despertar.

Adentro, en la penumbra que se iba espesando con la caída del sol, la joven de apenas veintidós años caminaba con la mano derecha apoyada sobre su vientre de siete meses. Cada paso le costaba más que el anterior: sus zapatos de tela, gastados por meses de uso, se hundían en la tierra húmeda que empezaba a convertirse en un lodazal traicionero.

Se llamaba Mariana, y llevaba en su bolsa lo único que le quedaba en la vida: un par de medicamentos que su madre necesitaba, una fotografía de su familia, y una carta que no se atrevía a abrir.

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El bosque era un atajo. Su teléfono marcaba apenas el quince por ciento de batería, y las aplicaciones de mapas no cargaban. Solo tenía el instinto, esa corazonada de la gente que creció en los ranchos y sabe leer la tierra como otros leen los libros.

Pero esta tarde, la tierra estaba mintiendo.

El barro comenzó a subirle por los tobillos. Mariana sintió el primer tirón en el pantano cuando ya era demasiado tarde.

—No, no, no —murmuró, intentando sacar el pie derecho.

El lodo succionó su zapato.

Apretó los dientes, respiró profundo, y tiró con fuerza. El zapato salió con un «plop» húmedo, pero el movimiento brusco la desequilibró. Su pie desnudo encontró una piedra resbalosa, y antes de poder gritar, ella ya estaba en el suelo, con la rodilla hundida en el pantano y el frío subiéndole por la pierna.

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Eso fue exactamente cuando lo vio.

El lobo estaba a apenas quince metros de distancia, erguido sobre sus patas en la orilla del claro, con los ojos amarillos clavados en ella como dos brasas fijas en la oscuridad.

Mariana dejó de respirar durante los segundos más largos de su vida.

El animal era enorme, mucho más grande que cualquier perro que hubiera visto jamás. Su pelaje gris plateado brillaba con algo que parecía fuego interior, y su pecho subía y bajaba en un movimiento rítmico de animal depredador que acaba de encontrar su presa.

—Tranquilo, tranquilo… —susurró Mariana, con la voz quebrada.

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El teléfono estaba empapado en su mano izquierda. En la derecha, aferrada al suelo, su palma abierta contra el lodo, sintiendo las pequeñas piedras clavándose en su piel.

El lobo dio un paso hacia adelante.

Bajo sus patas, el barro parecía abrirse para recibirlo, como si el mismísimo pantano fuera parte de su cuerpo.

Mariana gateó hacia atrás como pudo y, en un movimiento desesperado, logró arrastrarse hacia el tronco caído que emergía del lodo como un obstáculo de madera podrida. Se apoyó contra él, con la espalda contra la corteza húmeda, y sin ninguna ruta de escape visible.

El lobo dio otro paso.

Y otro.

Y con cada paso, el sonido de sus patas sobre el lodo era un tambor que marcaba el ritmo de los latidos de su corazón aterrado.

—Por favor… —lloró Mariana, con la voz quebrada, y su mano izquierda se movió por instinto hacia su vientre, protegiendo lo único que importaba—. Por favor, no quiero morir aquí. Mi bebé… tengo un bebé.

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El lobo inclinó la cabeza ligeramente, como si hubiera entendido.

Pero no se detuvo.

Siguió avanzando, paso a paso, hasta que su sombra cayó sobre el cuerpo arqueado de Mariana, y ella cerró los ojos, esperando el dolor que no llegaría hasta que el animal…

Entonces el bosque entero tembló.

No fue un temblor del suelo. Fue un sonido tan profundo que parecía venir de las entrañas mismas de la tierra, un rugido bajo y prolongado que hizo vibrar los árboles y caer las hojas secas de las ramas altas.

Y entonces, del otro lado del claro, emergió otra figura.

Era otro lobo, pero distinto. Más pequeño, con el pelaje más oscuro, casi negro, y una forma de moverse que no era de depredador, sino de protector.

El segundo lobo se interpuso entre el primero y Mariana.

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Ambos animales se miraron fijamente, con los ojos amarillos enfrentados, y un intercambio silencioso de gruñidos bajos recorrió la distancia entre ellos como chispas eléctricas.

Mariana no entendía qué estaba pasando. Solo sabía que el aire estaba cargado de una tensión que iba mucho más allá de la simple supervivencia.

Entonces, el silencio.

El lobo gris, el enorme, inclinó la cabeza hacia atrás y aulló. Un sonido que atravesó el bosque entero, subiendo hasta el atardecer que teñía las nubes de rojo, naranja y violeta.

Y entonces, el animal abrió la boca.

Y habló.

—Has vuelto, hermana —dijo, con una voz humana que salía de su garganta de lobo—. Tardaste veinte años, pero al fin has vuelto.

Mariana se sintió aterrorizada y confundida al mismo tiempo. Su mente no podía procesar las palabras que salían de un animal salvaje, como un mal sueño del que no se despierta. Pero el lobo la miró con una familiaridad que le hizo cosquillear la nuca, una sensación que conocía sin saber por qué.

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—¿Hermana? —susurró, con la voz apenas un hilo—. Yo… no tengo hermanos mayores.

El lobo gris movió la cola, un gesto casi divertido.

—Tienes más sangre de este bosque en tus venas de lo que crees —contestó el animal—. Tu madre nunca te lo dijo, ¿verdad? Y el lobo negro que está a tu lado no es mi rival, no es un desconocido. Es el guardián que te ha acompañado desde que fuiste concebida en este lugar, hace veinte años exactos, cuando tu madre escapó de este bosque buscando salvar su vida y la tuya.

Mariana sintió que el mundo se le desaceleraba entre latido y latido de su corazón, como si cada palabra del lobo la estuviera hundiendo en una verdad más profunda de lo que ella jamás había imaginado.

El lobo negro se giró hacia ella y, en silencio, inclinó su cabeza frente a su vientre, un gesto de reverencia imposible de ignorar.

—Esto no puede estar pasando —susurró, hablando más consigo misma que con los animales—. Los lobos no hablan, no se arrodillan, no… no me conocen.

—Te conocemos mejor de lo que te conoces tú misma —dijo el lobo gris, dando un paso hacia ella con una suavidad que desmentía su tamaño—. Tu madre hizo un trato con este bosque aquella noche, una promesa de sangre para asegurar tu vida y la paz de su linaje. Una promesa que, como todas las promesas reales, tiene una deuda que cobrar.

Y entonces, su rostro de animal se transformó, y Mariana vio por un instante los rasgos de una mujer entre las sombras del pelaje, una imagen que le clavó una punzada de recuerdo que nunca supo que tenía.

—¿Y qué deuda es esa? —preguntó, con la voz más firme de lo que su cuerpo tembloroso sugería, aunque fuera solo un espejismo de coraje.

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El lobo gris la miró largo rato.

—La tuya, hija de este bosque —respondió—. La deuda que tú contrajiste el día en que me mataste.

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