Estás en la parte 2: la historia continúa justo donde latía más intensa…
Mariana sintió que los oídos le zumbaban. Las palabras del lobo resonaban en su cabeza como campanadas dentro de una iglesia vacía, rebotando contra paredes que no sabía que tenía.
—Yo no he matado a nadie —dijo, con la voz temblorosa pero tratando de mantener la firmeza—. Nunca he cazado. Nunca he disparado contra un animal.
El lobo gris la observó con una mezcla de paciencia y tristeza que resultaba inquietante en su rostro de fiera.
—La memoria es selectiva cuando el miedo nos protege de lo que no podemos comprender —dijo el animal—. Pero tu cuerpo no olvida. Ni el tuyo ni el de tu madre. Porque la noche que ella huyó de aquí, llevándote en su vientre, este bosque le permitió el paso a cambio de una sola cosa… eh, bueno, de dos cosas.
Mariana parpadeó, el miedo mezclándose con una creciente confusión. Su mente intentaba encontrar un hilo lógico en aquel discurso absurdo, mientras el corazón le gritaba que algo dentro de aquella historia coincidía con los sueños que la perseguían desde niña: sueños de bosques, de sangre y de ojos amarillos mirándola desde la oscuridad.
—¿Qué cosas? —preguntó, con un hilillo de voz.
El lobo gris no respondió de inmediato. En lugar de eso, levantó el hocico y olfateó el aire, como si buscara algo más allá del cielo rojizo del atardecer.
—Tu nombre completo es Mariana Estrella Lobo Sánchez —dijo, y cada palabra cayó como una piedra en el estómago de la joven—. ¿Sabes de dónde sacaste ese segundo apellido, el de tu madre?
—Lobo —repitió Mariana en un murmullo que casi se perdió en el viento—. Mi madre se apellidaba Lobo. Siempre decía que era un apellido vasco antiguo.
El lobo gris gruñó suave, un sonido que habría sonado amenazante de no ser por la forma en que su cola se movía ligeramente.
—No más vasco que yo —dijo—. Esa «Lobo» no vino de vuestras tierras, llegó de este bosque. Porque la tuya es una familia nacida aquí, hija del lodo y de la niebla, de la luna llena y de la sangre que se siembra en la tierra cuando hay que pagar cuentas.
Mariana sentía que la cabeza le iba a estallar. El frío del barro le subía por la pierna dormida, y el peso de su vientre de siete meses era un recordatorio implacable de que no podía permitirse desmayarse. Porque ahora había un poder que proteger, y un misterio que aclarar.
—¿Quién era mi padre? —preguntó entonces, una pregunta que no había hecho a nadie en años porque su madre siempre desviaba la conversación con frases vagas y silencios incómodos.
El lobo gris se quedó inmóvil.
El lobo negro dio un paso al frente.
Y entonces, en un gesto que partió el aire como un trueno, el lobo negro comenzó a transformarse.
No fueron los huesos los que crujieron primero, sino la luz que se desprendió de su pelaje como vapor de un recipiente caliente, y la silueta fue alargándose, erectándose, hasta que de la forma de cuatro patas emergió la figura alta y serena de un hombre de cabellos negros como la noche y ojos dorados como brasas que te observaban sin pestañear.
Sin miedo.
—Porque tu padre soy yo, Mariana —dijo el hombre, con la voz grave y antigua, como la primera tormenta sobre la montaña.
Mariana entreabrió los labios, pero ningún sonido salió de su garganta.
El hombre que hablaba, aquel ser de belleza imposible que no podía tener más de treinta años y tampoco podía tener ninguno en absoluto, se acercó lentamente, con las manos abiertas en señal de paz, dando pasos que no dejaban huella en el lodo.
—Tu madre y yo nos amamos una sola noche, la noche más corta del año, cuando la luna llena cae justo antes del amanecer —dijo el hombre, con una melancolía que le partía la voz—. En los tiempos de los antiguos, esa noche sellaba pactos eternos. Pero ella tenía un destino distinto al mío, y yo tenía una naturaleza que ella no podía aceptar. Y por eso huyó cuando descubrió lo que esperaba.
Mariana se llevó ambas manos al vientre, como protegiendo de aquella revelación al niño que llevaba dentro.
—Así que tú… así que yo… —tartamudeó.
—Tú eres la última de mi sangre —dijo el hombre—. La primera hija nacida de un centinela del bosque en más de un siglo. Y tu presencia aquí, en este lugar, en este momento, no es una casualidad. Es la respuesta a la promesa que tu madre rompió cuando escapó sin pagar su parte del trato.
El lobo gris dio un paso al frente y habló de nuevo.
—Yo soy el guardián de la deuda. Y esa deuda, Mariana, es la vida que este bosque te dio. Porque tú muriste esa noche, en el vientre de tu madre, durante los primeros minutos después de que escapó de aquí. Fue el pacto lo que te trajo de vuelta. Tu latido regresó de la nada a cambio de una promesa: que la deuda se pagaría cuando tú llegaras a la edad adulta y pudieras elegir.
El peso de aquella información cayó como una losa sobre el cuerpo de Mariana. Sintió las manos temblorosas, la vista nublarse, y por un momento todo el bosque empezó a girar.
—¿Elegir qué? —preguntó, con el aliento entrecortado.
El lobo gris y el hombre negro se miraron entre sí.
Y entonces, ambos hablaron al unísono, como una sola voz que brota de dos gargantas distintas:
—Elegir quedarte aquí y convertirte en centinela de este bosque, la guardiana que algún día ocupará mi lugar… o continuar tu camino, con la promesa de desvelar el secreto que tu madre llevó consigo, y que el bosque reclamará a tu hijo cuando nazca, si esta noche no escoges.
Mariana sintió que sus dedos se hundían en el barro frío, anclándola a la tierra como una planta que teme ser arrancada, y su mente se llenó de imágenes de su madre, aquella mujer que la había criado sola, que siempre le había hablado de vuelta al bosque con miedo, y que desde que supo de su embarazo había insistido en que viniera a este pueblo a «conocer sus raíces», aunque jamás quiso explicarle por qué.
Todo encajaba.
Ella no había venido por casualidad. La habían enviado.
Y ahora, delante de ella, se abría la una elección que decidiría el destino de su hijo, de su madre y de una tierra que reclamaba con toda la fuerza de sus árboles y su niebla algo que ella no sabía si estaba lista para dar.
—¿Y si elijo irme? —susurró, con la voz apenas audible.
El lobo gris bajó la cabeza, y su mirada se hizo más tierna de lo que un animal debería permitirse.
—Entonces mi hermano y yo sellaremos el pacto que tu madre dejó pendiente —dijo, aunque no respondió del todo—. Y tu hijo crecerá sabiendo que tiene una deuda con este bosque, una que deberá pagar cuando cumpla la edad de elegir, igual que tú, igual que tu madre, igual que todas las mujeres de tu linaje que vinieron antes y que ese pactó la tierra.
—¿Y mi bebé? —insistió Mariana, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Mi bebé correrá peligro?
El hombre de pelo negro se acercó un paso más, y por primera vez su rostro adoptó una expresión que únicamente podía describirse como pura humanidad, como si el manto de la bestia se hubiera levantado un poco para mostrar el corazón que había debajo.
—Tu bebé compartirá tu sangre, Mariana —dijo—. La sangre de este bosque. Mi sangre. Y nadie que tenga esa sangre está a salvo de la llamada. Pero si te quedas, si aceptas tu papel como centinela, la deuda se paga y el pacto se cierra con esta generación. Tu hijo no tendrá que huir nunca más.
Las lagrimas rodaron por las mejillas de Mariana con una fuerza imposible de contener. Una parte enorme de ella recién descubierta, de repente, se aferraba a la vida que había construido lejos de ahí: su madre, el apartamento diminuto que compartían, el trabajo que odiaba pero que le daba de comer, el sueño de criar a su bebé en una ciudad donde los lobos no hablaran y los pactos no existieran.
Pero otra parte, esa que se había despertado cuando el rostro del hombre emergió de la sombra, esa parte le susurraba que estaba en casa, que aquel bosque era parte del tejido de su ser, que sus venas ya cantaban una canción que conocía sin haberla escuchado jamás.
—No sé qué hacer —confesó, con la voz rota—. No sé quién soy.
El hombre de pelo negro extendió la mano, una mano de dedos largos y uñas perfectas, y esperó allí, a unos centímetros de su rostro lloroso, sin tocarla.
—No tienes que saberlo hoy —dijo, con dulzura—. Solo tienes que decidir si quieres quedarte aquí hasta conocerlo. Esta noche, mañana, el tiempo que necesites. Este bosque no tiene prisa.
Y entonces, un sonido rompió el atardecer: el aullido lejano de otro lobo, bajo y apremiante, que llegaba de algún lugar detrás de la colina.
Los sentidos del hombre y del lobo gris se afilaron al mismo tiempo, y sus miradas se cruzaron antes de clavar los ojos en el vientre de Mariana.
—Extraño, muy extraño —gruñó el lobo gris—. Ese lobo huele a humano, pero no ha nacido aún. Oh, hija de este bosque, hay un nuevo pacto en el aire. Un pacto que no se hizo en esta tierra. Y viene a reclamarte.
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