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El burro que nadie entendía: el secreto que una anciana guardó por cuarenta años

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Continuamos con la historia donde la dejamos: la anciana tiene entre sus brazos a la criatura que creyó perdida para siempre.

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Los peones de la hacienda Los Laureles habían visto muchas cosas en sus años de trabajo. Habían visto toros bravos partirse los cuernos en peleas que parecían de muerte. Habían visto sequías que convertían el campo en un desierto y lluvias que arrasaban con las cosechas. Habían visto hombres morirse de fiebre y mujeres parir en la oscuridad de la madrugada sin ayuda de nadie.

Pero jamás habían visto algo como lo que tenían frente a sus ojos.

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Un burro salvaje, de esos que rompen cercas y muerden sin aviso, arrodillado frente a una viejita de campo, con la cabeza apoyada sobre el pecho de ella como un hijo buscando el calor de su madre. Y la viejita, que no era más alta que el animal, acariciándole la frente con una ternura que dolía de tan hermosa.

—Doña Rosalía… —empezó don Efraín, pero la voz le salió rara, como si tuviera un nudo en la garganta.

—¿Se acuerda, Efraín? —preguntó ella sin dejar de acariciar al burro—. ¿Se acuerda del año en que se secó el río y todos dijimos que nos íbamos a morir de hambre?

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El capataz frunció el ceño, haciendo memoria. Eso había sido mucho tiempo atrás. Él era apenas un muchacho, un ayudante de cocina que soñaba con llegar a ser capataz de la hacienda.

—Eso fue… ¿hace cuarenta años? —preguntó él.

—Cuarenta y tres, pa ser exactos —respondió ella—. Yo tenía treinta años. Mi marido, que en paz descanse, trabajaba como peón de campo. Y yo… yo tenía un burrito.

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Un murmullo recorrió la fila de peones. Unos cuantos, los más viejos, empezaron a asentir lentamente. Los más jóvenes miraban con confusión.

—Yo era la más pobre de la hacienda —continuó la anciana, con la voz tomada por la emoción—. No teníamos nada, pero teníamos a ese animalito. Lo había criado desde que nació, con mis propias manos. Su madre murió al parirlo y yo lo alimenté con leche de cabra en un biberón hecho de cuerno de res. Se llamaba Ernestinito.

El burro rebuznó suavemente al escuchar su nombre, como si el recuerdo de la anciana le hubiera tocado una fibra interna olvidada.

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—No me diga que ese… —empezó don Efraín, negando con la cabeza.

—¿Ve esa mancha blanca en su frente? —lo interrumpió la anciana, señalando el lugar exacto—. Esa mancha tiene la forma de una estrella. Yo la veía todas las mañanas cuando lo alimentaba. La veía cada vez que me seguía al pozo y cada vez que me esperaba a la puerta de mi casa.

La vieja hizo una pausa. Los recuerdos le venían a golpes, unos tras otros, como fotografías viejas que se ponen a volar en el viento.

—Un día —continuó, con la voz más baja—, llegó el patrón de entonces, el abuelo de don Aurelio, el que lo heredó todo. Venía con unos compradores extranjeros. Iban buscando bestias fuertes para un viaje largo. Vieron a mi burrito, con su lomo fuerte y sus patas sólidas, y lo quisieron llevar.

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—¿Lo compraron? —preguntó uno de los peones jóvenes.

Doña Rosalía soltó una risa amarga que más parecía un sollozo.

—Los pobres no vendemos lo que queremos, mijo. Vendemos lo que podemos. Mi marido sabía que si no vendíamos el burrito no íbamos a tener para comer ese mes. No lo vendió con gusto. Lloró más que yo. Pero el patrón nos pagó una miseria y se lo llevaron esa misma tarde.

La anciana acarició la frente del burro, justo sobre la mancha en forma de estrella.

—Se lo llevaron y nunca más lo volví a ver —dijo ella—. Lo busqué durante meses. Le pregunté a todo el mundo. Nadie supo decirme qué habían hecho con él. Pasaron los años y aprendí a vivir con el dolor de no saber. Pero nunca lo olvidé.

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El burro levantó la cabeza y la miró. Y en su mirada, los que estaban cerca pudieron ver algo que los hizo estremecer. No era la mirada de un animal salvaje. Era la mirada de una criatura que también había estado esperando.

—¿Cómo sabe usted que es el mismo? —preguntó un peón incrédulo, un muchacho de apenas veinte años—. Los burros se parecen todos.

—No, mijo. Los burros tienen memoria —respondió la anciana—. Se acuerdan de quien los crió aunque pasen cien años. Y este animalito no se ha vuelto salvaje por malo. Se ha vuelto salvaje por desesperado. Lo sacaron de su tierra, lo llevaron de un lugar a otro, y nunca más volvió a encontrar a nadie que lo quisiera.

Don Efraín bajó el rifle por completo. Sus ojos, duros y curtidos por años de trabajo, estaban brillantes.

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—Pero… ¿cómo ha vuelto después de cuarenta años? —preguntó.

—Eso mismo quiero yo saber —respondió doña Rosalía.

El burro, como respondiendo a la pregunta, tiró suavemente de la blusa de la anciana y empezó a caminar hacia un lado. La mujer lo siguió, y los peones los siguieron a ambos, convertidos en testigos de algo que no entendían pero que les tocaba el alma.

El animal los llevó hasta la vieja cerca del fondo, la que nadie usaba desde hacía años. Allí, en la tierra, había marcas de pezuñas. Muchas marcas. Como si el burro hubiera estado caminando en círculos por días, semanas, tal vez meses.

—Estaba buscando entrar —dijo don Efraín en voz baja—. Llevaba un buen tiempo merodeando por aquí.

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—No estaba buscando entrar —lo corrigió la anciana—. Estaba buscando su casa. Estaba buscando la única persona que lo quiso en toda su vida.

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