Sabías que las apariencias engañan, pero lo que estás por descubrir te dejará sin aliento: hiciste bien en venir a conocer la verdad detrás de este encuentro.
Elena, la joven asistente de recepción, no podía apartar la vista de lo que estaba ocurriendo en el centro de la alfombra persa de la sala de juntas. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar su libreta de notas. Desde su esquina, observaba cómo el aire en la habitación se volvía espeso, casi irrespirable, cargado de un desprecio que dolía ver.
Frente a ella, Rodrigo, el director ejecutivo interino, se erguía como un pavo real enfurecido. Su traje italiano de tres mil dólares brillaba bajo las luces dicroicas, contrastando de forma violenta con la figura que tenía enfrente.
El joven del polo blanco.
Mateo permanecía de pie, con las manos entrelazadas al frente, manteniendo una calma que a Elena le parecía sobrenatural. Su polo era de algodón sencillo, de esos que compras en cualquier tienda de barrio, y sus jeans estaban ligeramente desgastados en las rodillas. No llevaba reloj de oro, ni zapatos de diseñador, ni ese aroma a perfume importado que inundaba la oficina de los poderosos.
—¿Acaso no me escuchaste, muchacho? —la voz de Rodrigo retumbó, cargada de una ironía venenosa—. Te dije que la salida está por donde entraste. Aquí no regalamos monedas, ni sobras del catering. Este es un lugar donde se cierran negocios que tú no podrías ni pronunciar sin tartamudear.
Mateo ladeó ligeramente la cabeza. Su mirada no era de miedo, sino de una curiosidad profunda, casi analítica.
—Solo buscaba hablar con el responsable del área de expansión —dijo Mateo con voz suave, pero firme—. Me dijeron que hoy habría una reunión importante sobre los valores de la empresa.
Una carcajada colectiva estalló en la mesa. Los otros cuatro ejecutivos, hombres y mujeres que se sentían dueños del mundo detrás de sus laptops de última generación, se burlaban sin disimulo. Uno de ellos, el señor Soto, un hombre de cara rojiza y corbata apretada, se limpió una lágrima de risa.
—¿Valores? ¿Tú vienes a hablarnos de valores? —Soto golpeó la mesa con la palma de la mano—. Los valores de esta empresa se miden en dividendos y acciones, no en la filosofía barata de alguien que parece que acaba de bajar de un autobús de segunda clase.
Elena sintió un nudo en la garganta. Ella recordaba sus propios inicios, cuando llegó a la gran ciudad con una maleta llena de sueños y un solo traje que cuidaba como si fuera un tesoro. Ver la humillación pública de Mateo le revolvía el estómago. Quiso dar un paso adelante, ofrecerle un vaso de agua, algo que suavizara el golpe, pero la mirada gélida de Rodrigo la mantuvo anclada al suelo.
—Seguridad —gritó Rodrigo, sin quitarle los ojos de encima a Mateo—. ¡Seguridad! ¿Cómo es posible que este indigente haya pasado el filtro de la entrada? ¡Mañana mismo quiero a los guardias de la recepción en la calle!
Mateo no se inmutó ante la amenaza. Al contrario, dio un paso hacia la gran mesa de caoba, esa mesa que costaba más que la casa de cualquier trabajador promedio.
—Señor Rodrigo, ¿no cree que la ropa es solo un envoltorio? —preguntó Mateo con una tranquilidad que empezó a incomodar al ejecutivo—. Mi padre siempre decía que el carácter de un hombre se ve en cómo trata a quien no puede darle nada a cambio.
Rodrigo se puso lívido. La mención del «padre» pareció irritarlo aún más, como si un desconocido no tuviera derecho a citar principios éticos en su santuario de codicia.
—A mí no me hables de tu padre, que seguramente fue un don nadie igual que tú —escupió Rodrigo, acercándose peligrosamente a Mateo—. Mi tiempo vale oro. Cada segundo que pasas aquí ensuciando mi alfombra me cuesta miles de dólares. Así que lárgate ahora mismo antes de que te saque a patadas personalmente.
El silencio que siguió fue sepulcral. Elena cerró los ojos, esperando el estallido de violencia. Sin embargo, lo que escuchó fue el sonido de la puerta abriéndose con fuerza. Eran dos guardias de seguridad, corpulentos y con cara de pocos amigos.
—Sáquenlo —ordenó Rodrigo con un gesto de desdén, volviendo a sentarse en su silla de cuero—. Y asegúrense de que no vuelva a acercarse a diez cuadras de este edificio.
Los guardias tomaron a Mateo por los brazos. Él no opuso resistencia. No gritó, no forcejeó. Simplemente, antes de ser arrastrado fuera, miró fijamente a Rodrigo y le dijo algo que nadie en la mesa alcanzó a comprender en ese momento:
—El tiempo es, efectivamente, muy valioso, Rodrigo. Lástima que acabas de malgastar el tuyo de la peor manera posible.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Rodrigo soltó un bufido de satisfacción y ajustó su corbata.
—Gente así es la que arruina este país —comentó a sus colegas—. Quieren todo gratis, quieren respeto sin tener un centavo en el bolsillo. En fin, ¿dónde estábamos? Ah, sí. El nuevo dueño de la corporación. El hijo del fundador.
Elena, que seguía en su rincón, sintió un escalofrío. Sabía que el misterioso heredero del imperio Valenzuela, el hombre que acababa de heredar el 90% de las acciones tras la muerte del viejo patriarca, llegaría en cualquier momento. Nadie lo conocía en persona. El viejo Valenzuela lo había mantenido alejado de los focos, educándolo en el extranjero y, según los rumores, bajo una disciplina de humildad muy estricta.
Rodrigo estaba ansioso. Había preparado una presentación llena de gráficos inflados para convencer al nuevo dueño de que él era la pieza clave para la empresa. Soñaba con un ascenso, con un bono millonario, con el poder absoluto.
—Elena —dijo Rodrigo sin mirarla—, ve a la entrada. El señor Valenzuela debe estar por llegar. Asegúrate de que el café sea del grano premium y que nadie, absolutamente nadie que no use un traje de marca, se acerque al piso 20. No quiero más distracciones como la de ese muerto de hambre.
Elena asintió en silencio y salió de la sala con el corazón latiéndole con fuerza. Mientras caminaba por el pasillo hacia los ascensores, no podía dejar de pensar en la mirada de Mateo. Había algo en esos ojos… una seguridad que no encajaba con su ropa.
Al llegar al lobby, vio que los guardias regresaban del estacionamiento.
—¿Dónde lo dejaron? —preguntó Elena con timidez.
—En la calle, como pidió el jefe —respondió uno de ellos, encogiéndose de hombros—. Aunque el tipo estaba muy tranquilo. Se subió a un sedán negro que lo esperaba a la vuelta. Un carro bastante lujoso para alguien que viste así, si me preguntas.
Elena frunció el ceño. Un mal presentimiento empezó a crecer en su pecho. Regresó al ascensor, pero antes de subir, vio que una carpeta de cuero negro se había quedado olvidada en la silla de la recepción. Era la carpeta que el joven del polo blanco llevaba bajo el brazo y que se le cayó cuando los guardias lo sujetaron.
Con manos temblorosas, Elena la abrió. Lo que vio en la primera página hizo que se le escapara un grito ahogado. No eran currículums, ni peticiones de limosna.
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