Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber cómo termina esta injusticia.
«¿Acaso no me escuchaste, estúpida? Te dije que este lugar tiene dueña y tú no eres más que un estorbo con cara de porcelana», gritó La Cuervo, mientras su bota se hundía en el puré de papas que ahora decoraba el suelo gris del comedor.
Elena no levantó la vista de inmediato. Se quedó allí, de rodillas, sintiendo el frío del cemento atravesando la tela desgastada de su uniforme caqui. El comedor del Pabellón 4, un lugar donde el aire siempre olía a cloro barato y a desesperación, se había quedado en un silencio sepulcral. Las otras reclusas, mujeres endurecidas por años de encierro y malas decisiones, detuvieron sus cucharas en el aire. Sabían lo que venía.
Nadie desafiaba a La Cuervo. Nadie.
La Cuervo era una mujer de casi un metro ochenta, con el cuello cubierto de tatuajes borrosos y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como un recordatorio constante de que ella no jugaba. Llevaba diez años dominando el bloque a base de miedo y golpes. Para ella, Elena, con su piel clara, su cabello recogido en una trenza perfecta y su mirada serena, era una ofensa personal. Una «muñequita» que no encajaba en ese infierno.
«Mírenla todas», continuó La Cuervo, buscando la aprobación de su séquito de seguidoras que reían con una crueldad mecánica. «Lleva tres días aquí y ni siquiera ha abierto la boca para pedir perdón por respirar mi aire. ¿Qué pasa, mami? ¿Se te olvidaron los modales en tu mansión?»
Elena suspiró. Fue un suspiro largo, profundo, el tipo de respiración que un buzo toma antes de sumergirse en aguas oscuras. En su mente, los ruidos del comedor empezaron a desvanecerse. El eco de las bandejas metálicas, los gritos de los guardias a lo lejos, todo se volvió un zumbido lejano.
«No busco problemas», dijo Elena finalmente. Su voz era suave, pero tenía una firmeza que hizo que un par de reclusas veteranas intercambiaran miradas de preocupación. «Solo quiero comer en paz».
La risa de La Cuervo estalló como un latigazo. Se acercó tanto que Elena podía oler el tabaco rancio en su aliento. Con un movimiento rápido, la líder del bloque agarró a Elena por el cuello de la camisa y la levantó parcialmente del suelo.
«Aquí la paz la decido yo. Y hoy decidí que vas a limpiar este piso con tu propia ropa, frente a todas, para que aprendas quién manda en el 4», sentenció La Cuervo, dándole un empujón que mandó a Elena de espaldas contra una de las mesas de metal atornilladas al suelo.
El golpe sonó hueco, un estruendo que recorrió toda la estancia. Las manos de Elena se cerraron en puños. Sus nudillos se pusieron blancos. Por un segundo, la imagen de un campo de entrenamiento bajo la lluvia torrencial cruzó su mente. Recordó los gritos de su sargento: «¡El dolor es mental, la disciplina es eterna!».
Elena no era una criminal común. Estaba allí por un error del sistema, por haber defendido a su hermana menor de un hombre poderoso que terminó en el hospital. Había pasado seis años en las fuerzas especiales, entrenada para situaciones que las mujeres en ese comedor no podrían ni imaginar en sus peores pesadillas. Había jurado mantener un perfil bajo, cumplir su condena y salir para recuperar su vida.
Pero La Cuervo acababa de cruzar la única línea que Elena no permitía que nadie pisara: la dignidad.
«¡No sirves para nada, muñequita de cristal! ¡Eres basura!», volvió a gritar la líder, lanzando una patada hacia el costado de Elena mientras ella aún intentaba incorporarse.
Pero la bota nunca llegó a su destino.
En un movimiento que para el ojo humano fue apenas un borrón de tela caqui, Elena atrapó el tobillo de La Cuervo en el aire. La fuerza del impacto fue absorbida por sus brazos con una técnica impecable. El comedor entero soltó un grito ahogado al unísono.
Elena levantó la cabeza. Sus ojos, que hasta hace un momento reflejaban una pasividad casi angelical, ahora brillaban con una intensidad fría y letal. No había miedo en ellos. Solo cálculo.
«Te di una oportunidad», susurró Elena, y su voz cortó el aire como una navaja.
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