Continuamos con la historia justo en el clímax del enfrentamiento…
Valeria recogió el sobre de la mesa con manos temblorosas. El papel estaba un poco manchado de crema de vainilla, pero el logo del laboratorio médico era perfectamente legible. Alrededor, el murmullo de la gente crecía. «Qué poco hombre», decían algunos. «Ella tiene razón, es un codo», decían otros. Pero Esteban no se inmutaba. Estaba en el centro del huracán, y por primera vez en años, se sentía en paz.
—Ábrelo, Valeria. Lee en voz alta lo que dice el diagnóstico —le pidió Esteban con una cortesía que resultaba insultante.
Ella lo miró con desprecio, rasgando el sobre con violencia. Sacó la hoja y empezó a leer para sí misma. A medida que sus ojos recorrían las líneas técnicas, su expresión cambió drásticamente. Sus labios empezaron a temblar y el papel comenzó a crujir entre sus dedos.
—Esto… esto es un error —susurró ella, tratando de esconder la hoja detrás de su espalda.
—¿Un error? —preguntó Esteban, elevando un poco la voz para que todos escucharan—. No lo creo. Ese examen me lo hice hace tres semanas, después de que encontrara ciertos mensajes en tu iPad. Mensajes con tu «ex», ese que casualmente volvió a la ciudad un mes antes de que me dieras la «gran noticia».
La madre de Valeria se adelantó, arrebatándole el papel a su hija.
—¡No permitas que este mentiroso te confunda! —exclamó la mujer, pero al leer el documento, ella también se quedó muda. Sus ojos se abrieron de par en par y miró a su hija con una mezcla de horror y sorpresa.
—¿Qué pasa, suegra? —dijo Esteban con ironía—. ¿No le va a decir a los invitados lo que dice el papel? ¿No les va a contar por qué el «fracasado» de su yerno no va a pagar ni un centavo por ese bebé?
Esteban se giró hacia la cámara del fotógrafo y luego hacia los invitados, como un actor que rompe la cuarta pared en una obra de teatro.
—Ese documento es una prueba de esterilidad —anunció con claridad—. Pero no una reciente. Es un informe médico que confirma que tuve un accidente laboral hace cinco años que me dejó completamente estéril. No puedo tener hijos, Valeria. Nunca he podido.
Un silencio pesado, como una losa de mármol, cayó sobre el jardín. Valeria se llevó una mano a la boca, mientras las lágrimas —esta vez reales, de puro miedo— empezaban a rodar por sus mejillas.
—Esteban, yo… yo puedo explicarlo… —balbuceó ella, tratando de acercarse, pero él retrocedió un paso, manteniendo la distancia física y emocional.
—¿Explicar qué? ¿Cómo lograste el «milagro» de quedar embarazada de un hombre que no puede procrear? —Esteban soltó una carcajada amarga—. Durante meses me hiciste creer que este era nuestro sueño. Me hiciste trabajar como un esclavo para pagar esta fiesta ridícula, para comprarte ropa de maternidad de diseñador, para que pudieras presumir una vida que no podíamos costear. Todo mientras tú sabías perfectamente que ese niño es de alguien más.
—¡Fue solo una vez! —gritó Valeria, quebrándose por completo—. Estaba confundida, tú siempre estabas trabajando y me sentía sola… ¡Pero te elegí a ti! ¡Quiero que tú seas el padre!
—¡Qué generosa! —respondió él con sarcasmo—. Me eliges para ser el cajero automático, para ser el que cargue con la responsabilidad de un hijo que no es mío, mientras tú me humillas delante de todos llamándome mediocre. La única mediocridad aquí, Valeria, es tu moral.
Los invitados empezaron a retroceder, sintiéndose incómodos al ser testigos de una humillación tan cruda. Los amigos de Valeria, que antes se burlaban de Esteban, ahora evitaban la mirada, guardando sus teléfonos con rapidez.
—Pensaste que era un tonto —continuó Esteban, recuperando su tono calmado—. Pensaste que, como te amaba, nunca haría preguntas. Pero cuando vi esos mensajes hablando de lo «fácil» que era manipularme para que mantuviera al hijo de otro, algo dentro de mí se rompió. Y decidí que si ibas a destruirme, yo te daría la mejor despedida posible.
Esteban sacó su billetera y extrajo una tarjeta de crédito, la cual lanzó sobre la mesa de los postres.
—Esa tarjeta es la cuenta donde depositaba mis ahorros. Está bloqueada desde esta mañana. Los proveedores de esta fiesta, el alquiler del jardín, el catering… nada ha sido pagado en su totalidad. Solo di el depósito inicial. El resto de la cuenta, Valeria, está a tu nombre.
Valeria palideció aún más, si es que eso era posible. El costo del baby shower era exorbitante, una cifra que ella jamás podría cubrir sola.
—No puedes hacerme esto… ¡Estoy embarazada! —sollozó ella, cayendo de rodillas sobre el césped.
—Ese no es mi problema —dijo Esteban con una frialdad que helaba la sangre—. Es problema del verdadero padre. O de tu madre, que tanto presume de su clase y dinero. Yo ya cumplí con mi parte: les di a todos la verdad.
Esteban miró a su alrededor por última vez. Vio las caras de decepción, el caos que su revelación había causado y el desmoronamiento de la fachada de perfección que Valeria tanto se había esforzado por construir. Por un segundo, sintió un pinchazo de tristeza por el hombre que solía ser, aquel que habría dado la vida por la mujer que tenía enfrente. Pero ese hombre ya no existía.
—Disfruten de la fiesta —dijo Esteban a los invitados con una inclinación de cabeza—. Aunque me temo que el postre les va a dejar un sabor amargo.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida, pero Valeria gateó un poco hacia él, agarrando el dobladillo de su pantalón.
—¡Esteban, espera! ¡No me dejes así! ¿A dónde vas a ir? ¡Tenemos una vida juntos!
Él se detuvo, pero no se giró. Miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo intenso.
—A buscar la vida que me robaste con tus mentiras, Valeria. Y créeme, va a ser una vida maravillosa porque tú no estarás en ella.
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