Estás en la parte 2: la historia continúa y el destino empieza a cobrar las facturas…
En la mesa, la arrogancia de Valeria era casi palpable, una nube espesa de perfume caro y egoísmo.
«—¿Te imaginas, amor? —decía ella, acariciando la mano de Esteban—. Cuando nos casemos, no tendremos que invitarlo a las cenas de gala.»
«—Podemos enviarle una tarjeta de Navidad y ya está. No podemos permitir que su aspecto nos quite prestigio en el club.»
Esteban asintió, aunque por un segundo, un destello de culpa cruzó por su mente al recordar cómo su padre se había privado de comer para comprarle sus primeros libros de derecho.
Pero ese pensamiento fue aplastado rápidamente por la ambición de pertenecer a un mundo al que no había llegado por mérito propio, sino por la billetera de su padre.
«—Tienes razón, Valeria. Mi padre es de otra época. Él no entiende lo que es el éxito moderno.»
Llamaron al mesero con un chasquido de dedos, ese gesto prepotente que Aurelio siempre le había prohibido hacer.
«—Tráiganos la botella más cara de champaña que tengan en la cava —ordenó Esteban, inflando el pecho—. Queremos celebrar que nos hemos librado de las malas vibras.»
El mesero, un hombre joven que llevaba años trabajando allí y que conocía perfectamente quién era el dueño de la cadena de restaurantes, dudó por un momento.
Había visto a Don Aurelio salir con el rostro serio y sabía que algo no andaba bien.
Sin embargo, asintió y fue por el pedido.
La cena transcurrió entre risas cínicas y planes de viajes a Europa que Esteban pensaba pagar con la tarjeta «Black» que su padre le había dado para «gastos de emergencia».
Cuando terminaron el postre, Valeria miró su reloj de diamantes con impaciencia.
«—Paga ya, querido. Mañana quiero que me lleves de compras a la Quinta Avenida, necesito un bolso nuevo para combinar con este vestido.»
Esteban sacó su billetera de cuero fino con un movimiento ensayado de superioridad.
Llamó al capitán de meseros y le pidió la cuenta con un gesto de desdén.
Cuando la carpeta de cuero con el ticket llegó a la mesa, la cifra era exorbitante: casi cinco mil dólares entre la comida, los vinos de reserva y la champaña francesa.
Esteban ni siquiera parpadeó. Colocó la tarjeta negra sobre la carpeta y se la entregó al mesero sin mirarlo.
«—Quédate con el cambio de la propina —dijo, aunque en realidad no había dejado efectivo, solo esperaba que el cargo pasara rápido.»
Pasaron dos minutos. Luego cinco.
Valeria comenzó a golpear la mesa con sus uñas perfectamente manicuradas.
«—¿Por qué tardan tanto en este sitio? Se supone que es un lugar de primera clase.»
De pronto, el capitán de meseros regresó. No tenía la sonrisa profesional de antes. Su rostro estaba serio, casi rígido.
«—Lo lamento, señor Esteban, pero la tarjeta ha sido rechazada —dijo el hombre con una voz que resonó en las mesas cercanas.»
El rostro de Esteban se puso rojo de inmediato.
«—¿Qué? Eso es imposible. Inténtalo de nuevo. Debes haber pasado mal la banda o el chip está sucio.»
«—La hemos pasado tres veces, señor. El mensaje del banco es claro: ‘Cuenta congelada por orden del titular’.»
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
«—¡Qué tontería! Esteban, usa la otra. Seguro es un error del sistema de este restaurante de pacotilla.»
Esteban sacó su segunda tarjeta, una de oro de una cuenta personal.
«—Toma, usa esta. Y asegúrate de que tu máquina funcione bien esta vez.»
El mesero se retiró de nuevo. El silencio en la mesa era incómodo. Esteban sentía que el cuello de su camisa le apretaba.
Un minuto después, el mesero regresó.
«—Esta también ha sido rechazada, señor. El sistema indica ‘Fondos insuficientes’.»
Valeria se puso de pie, escandalizada.
«—¿Cómo que fondos insuficientes? ¡Esteban, haz algo! ¡Qué humillación!»
Esteban empezó a sudar frío. Sacó su teléfono para revisar su aplicación bancaria, pero al intentar ingresar, le apareció un mensaje en letras rojas: «Acceso denegado. Póngase en contacto con su administrador de fideicomiso».
En ese momento, el corazón de Esteban dio un vuelco. Recordó las palabras de su padre al teléfono.
«—No puede ser… —susurró Esteban, con las manos temblando.»
«—¿Qué pasa? —chilló Valeria—. ¡Esteban, paga la cuenta ahora mismo! Todo el mundo nos está mirando.»
En efecto, las miradas que antes eran de admiración por su lujo, ahora eran de burla y curiosidad.
En ese momento, las puertas del restaurante se abrieron y no entró un cliente, sino dos hombres de traje oscuro con maletines, acompañados por el Licenciado Guzmán.
Se dirigieron directamente a la mesa.
«—Señor Esteban —dijo el abogado con una frialdad profesional—, lamento interrumpir su cena.»
«—Soy el representante legal de su padre, Don Aurelio. Tengo órdenes estrictas de notificarle que todos sus beneficios han sido revocados.»
Valeria intervino, furiosa.
«—¿Quién se cree usted? ¡Váyase de aquí! Esteban es el heredero de todo esto.»
Guzmán la miró por encima de sus gafas, con una mezcla de lástima y desprecio.
«—Señorita, no hay nada que heredar si el dueño decide cerrar el grifo. Y el señor Esteban ya no tiene acceso a un solo centavo de la fortuna familiar.»
«—De hecho —continuó el abogado, señalando hacia la calle—, la grúa está afuera enganchando el coche deportivo. Es propiedad de la empresa y ha sido retirado de su uso personal por mal uso de activos corporativos.»
Esteban sintió que el mundo se le venía encima.
«—¿Y el departamento? —preguntó con voz quebrada.»
«—Tiene 24 horas para desalojar, joven. Las cerraduras se cambiarán mañana al mediodía.»
Valeria retrocedió como si el abogado tuviera una enfermedad contagiosa.
«—¿Qué estás diciendo? ¿Esteban, no tienes dinero? —preguntó ella, con la voz llena de veneno.»
Esteban la miró suplicante.
«—Valeria, amor, es solo un malentendido con mi padre… Ayúdame a pagar esta cuenta y mañana lo arreglo todo.»
Valeria soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de afecto.
«—¿Yo? ¿Pagar cinco mil dólares por una cena que tú me invitaste? Ni loca. Yo no salgo con perdedores que no tienen ni donde caerse muertos.»
Agarró su bolso de marca —que probablemente también había sido pagado por Aurelio— y se dispuso a salir del lugar.
Pero antes de que pudiera dar un paso, el gerente del restaurante le bloqueó el paso.
«—Lo siento, señorita. Nadie sale de aquí hasta que la cuenta sea liquidada. Y dado que el señor Esteban no tiene fondos, ustedes dos son responsables solidarios de la deuda del consumo.»
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