Continuamos con la historia justo en el instante en que el velo de la ignorancia se le cayó a Camila de los ojos…
El taxi que Camila esperaba finalmente apareció, pero ella no se movió. Tenía los pies clavados en el cemento. El corazón le latía con una fuerza violenta, golpeando sus costillas como un animal enjaulado. ¿»Patrón»? ¿»Cincuenta sucursales»? Las palabras de Beto resonaban en su cabeza como una melodía de terror.
Giró lentamente la cabeza. Vio a Mateo. Ya no veía al «taquero» andrajoso que su orgullo le había inventado. Ahora veía a un hombre que manejaba datos financieros con la misma destreza con la que movía la carne en la plancha. Vio el coche de lujo estacionado, un símbolo de estatus que ella conocía perfectamente y que siempre había deseado.
Camila sintió una oleada de calor subirle por el cuello. La vergüenza, esa que hace un momento intentaba proyectar sobre Mateo, ahora la consumía a ella. ¿Cómo pudo ser tan ciega? Recordó todas las veces que Mateo llegaba tarde a sus citas diciendo que «tenía que revisar unos pendientes en la operación». Ella siempre pensaba que era una excusa de alguien que trabajaba en un almacén o algo similar. Jamás se le ocurrió preguntar. Jamás se interesó por su mundo, solo por lo que él podía representar a su lado.
Con pasos vacilantes, como si caminara sobre cristales rotos, Camila comenzó a acercarse de nuevo al puesto. Los clientes, que ya habían terminado de procesar la sorpresa, la miraban con desprecio evidente. Doña Rosa, desde su puesto de flores, soltó un suspiro de desaprobación.
—¿Mateo? —susurró ella, llegando al borde de la barra. Su voz ya no tenía la prepotencia de hace unos minutos. Era pequeña, quebradiza.
Mateo no levantó la vista de la tableta de inmediato. Terminó de dar unas instrucciones a Beto sobre la logística de suministros y solo entonces, con una parsimonia que a Camila le pareció eterna, la miró.
—¿Todavía aquí, Camila? Pensé que tenías una vida de valor que perseguir —dijo él, sin rastro de rencor, pero también sin rastro de afecto.
—Yo… yo no sabía —balbuceó ella, intentando forzar una sonrisa que resultó ser una mueca patética—. Mateo, mi amor, me sorprendiste. Estaba tan estresada hoy, el trabajo, las presiones… no sabía lo que decía. Solo estaba preocupada por nosotros, por nuestro futuro. ¡Qué increíble sorpresa! ¿Por qué no me dijiste que eras el dueño de todo esto?
Beto, el asistente, hizo un movimiento para intervenir, pero Mateo lo detuvo con un gesto de la mano. El joven se quitó el mandil, revelando una camiseta sencilla pero de excelente calidad debajo. Se apoyó en la barra de metal y miró fijamente a la mujer que, hasta hacía media hora, creía que era el amor de su vida.
—No te lo dije porque quería saber quién eras tú cuando pensaras que yo no era «nadie» —respondió Mateo. Sus palabras eran como dardos gélidos—. Quería a alguien que estuviera dispuesta a comerse un taco conmigo en una esquina, sin importarle el qué dirán. Alguien que valorara el esfuerzo de quien se levanta a las cuatro de la mañana para sacar adelante un sueño.
—¡Pero yo te valoro! —exclamó ella, extendiendo la mano para tocar su brazo, pero él se retiró sutilmente—. Solo que me tomó por sorpresa. Entiéndeme, una mujer como yo necesita seguridad… y ahora veo que tú eres más que capaz de dármela. Podemos olvidar lo que dije, ¿verdad? Fue un malentendido. Vamos a celebrar, deja que este hombre se encargue del puesto y vámonos en tu coche.
Mateo soltó una risa seca, una que hizo que Camila retrocediera un paso.
—¿»Una mujer como tú»? Tienes razón, Camila. Eres exactamente el tipo de mujer que no quiero a mi lado. Hoy no solo vine a supervisar el sabor. Vine a probar mi propio carácter. Quería ver si el éxito me había hecho olvidar de dónde vengo. Por eso me puse el mandil, por eso atendí a cada persona que pasó por aquí. Y gracias a eso, obtuve la respuesta más importante de mi vida.
—No digas eso, Mateo… —Camila estaba al borde del llanto, pero esta vez no era por rabia, sino por la comprensión de la fortuna que acababa de dejar escapar.
—Me dijiste que volviera cuando me convirtiera en alguien de valor —continuó él, ignorando su interrupción—. Lo que no entiendes es que yo ya era alguien de valor cuando no tenía ni una sola sucursal. El valor no está en la cuenta bancaria, Camila. Está en las manos que no temen ensuciarse y en el corazón que no se avergüenza de sus raíces.
Beto carraspeó ligeramente y le mostró un mensaje en la tableta a Mateo.
—Señor, el resto de los socios lo esperan en la oficina central para la firma del contrato de la franquicia número trescientos. Debemos retirarnos.
¿Trescientos? El número golpeó a Camila como un mazo. No era solo un hombre de negocios; era un imperio. Imaginó los viajes, las cenas, las portadas de revistas que se acababa de cerrar a sí misma por un arrebato de soberbia.
—Espera, Mateo, por favor —suplicó ella, intentando desesperadamente recuperar terreno—. Podemos hablarlo. Fui una tonta, lo reconozco. Pero nuestro amor es más fuerte que un error de cinco minutos.
Mateo la miró una última vez. No había odio en su mirada, y eso fue lo que más le dolió a Camila. Solo había una decepción tan profunda que ya no dejaba espacio para nada más.
—El error no duró cinco minutos, Camila. El error duró todo el tiempo que estuvimos juntos y yo me negué a ver tu verdadera cara. Hoy, finalmente, me mostraste quién eres. Y créeme, no me gusta lo que veo.
Mateo se giró hacia Doña Rosa, la florista, y le hizo una señal.
—Doña Rosa, por favor, mañana pase por la oficina de la esquina. Quiero que usted sea la proveedora oficial de arreglos para todas nuestras nuevas sucursales en la ciudad. Necesito gente trabajadora y honesta conmigo.
La anciana, con lágrimas en los ojos, asintió vigorosamente. Camila, mientras tanto, sentía que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Estaba sola, en una esquina cualquiera, mientras el hombre que despreció se preparaba para seguir conquistando el mundo.
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