La historia continúa exactamente donde la dejamos, con el eco del impacto resonando en todo el campo…
El silencio que siguió al golpe fue absoluto. Ni siquiera el viento se atrevía a soplar. Esteban Ruiz estaba tendido de espaldas, con los ojos muy abiertos, tratando desesperadamente de recuperar el aliento que el impacto le había arrebatado. El golpe contra el suelo compactado había sido tan seco que muchos pensaron que se había roto una costilla.
Elena, sin embargo, no se alejó. Se quedó de pie sobre él, con la respiración rítmica, observándolo con una mezcla de lástima y determinación.
—¿Eso es todo lo que traes, Ruiz? —preguntó ella, repitiendo sus propias palabras con un tono gélido—. Porque si así es como pretendes defendernos en el frente, mejor vete tú a la cocina. Ahí al menos no estorbarás tanto.
Un murmullo empezó a recorrer las filas del batallón. Los soldados se miraban entre sí, incrédulos. Habían visto a Ruiz derribar a hombres el doble de grandes que Elena, pero nunca lo habían visto ser humillado de esa manera, con tanta facilidad y técnica.
Ruiz, sin embargo, no era de los que se rendían con dignidad. La humillación alimentó un fuego oscuro en su interior. Ignorando el dolor punzante en su espalda, se incorporó tambaleante. Tenía la boca llena de tierra y el orgullo hecho jirones.
—¡Maldita…! —bramó, lanzando un puñetazo directo al rostro de Elena.
Esto ya no era entrenamiento. Era una agresión real. Un soldado atacando a su compañera con intención de herirla gravemente. Elena esquivó el golpe moviendo apenas la cabeza hacia un lado, sintiendo el aire del puño pasar a milímetros de su mejilla.
Ella sabía que si respondía con violencia innecesaria, el sargento podría sancionarla a ella también. Pero también sabía que si no ponía fin a esto de una vez por todas, Ruiz nunca la dejaría en paz.
Ruiz volvió a atacar, esta vez con una serie de golpes desordenados. Elena retrocedía, esquivando cada ataque con una precisión asombrosa, manteniendo siempre la calma. Era como ver a un torero lidiando con una bestia herida.
—¡Pelea como un hombre! —gritaba Ruiz, frustrado por no poder tocarla.
—Estoy peleando como lo que soy, Ruiz —respondió ella mientras bloqueaba un golpe bajo—. Una soldado profesional. Tú, en cambio, pareces un niño teniendo un berrinche.
En ese momento, Ruiz cometió el error final. En su desesperación por atraparla, dejó su guardia completamente abierta. Elena vio la apertura como si estuviera iluminada por un reflector. No usó su puño. Usó la palma de su mano en un golpe seco y ascendente hacia el plexo solar de Ruiz, seguido de un barrido de piernas tan rápido que apenas fue visible para el ojo humano.
Ruiz cayó de nuevo, pero esta vez Elena no le permitió levantarse. Antes de que él pudiera reaccionar, ella ya estaba sobre él, inmovilizándolo con una llave de brazo que lo dejó pegado al barro, gimiendo de dolor.
—Ríndete —le susurró Elena al oído, con una firmeza que no admitía réplicas.
—¡Suéltame! —gruñó él, tratando de forcejear, pero cada movimiento que hacía solo lograba que la presión en su hombro fuera más insoportable.
—Dilo. Di que te rindes y que me respetas como tu igual —insistió Elena.
El batallón entero se acercó, formando un círculo alrededor de ellos. El aire estaba cargado de una tensión casi religiosa. Todos esperaban ver qué pasaría. ¿Tendría Ruiz la decencia de admitir su derrota o seguiría hundiéndose en su propio fango?
De repente, una voz profunda y autoritaria cortó el aire como un trueno.
—¡Suficiente!
Era el Sargento Mayor Morales. Se había mantenido al margen, observando la escena desde la sombra de la torre de control. Morales era un hombre veterano, con cicatrices que contaban historias de guerras que muchos de esos jóvenes solo habían visto en películas. Caminó lentamente hacia el centro del círculo, con sus botas negras brillando a pesar del polvo.
Elena soltó inmediatamente a Ruiz y se puso en posición de firmes, saludando al sargento. Ruiz se quedó en el suelo unos segundos más, gimiendo, antes de intentar incorporarse con dificultad.
—Soldado Méndez —dijo el sargento, deteniéndose frente a ella. Su rostro era una máscara de hierro, imposible de leer.
—¡Señor, sí, señor! —respondió Elena, con la mirada fija al frente.
—¿Puede explicarme qué acaba de pasar en mi campo de entrenamiento? —preguntó Morales, cruzando los brazos tras su espalda.
Elena respiró hondo. No quería ser una delatora, pero tampoco iba a permitir que la verdad se pisoteara. —El soldado Ruiz y yo tuvimos un desacuerdo sobre las capacidades de combate, señor. Él sugirió que yo debería estar en la cocina y yo decidí demostrarle que mis habilidades son adecuadas para este batallón.
El sargento Morales se giró hacia Ruiz, quien finalmente estaba de pie, aunque encorvado y con la cara manchada de barro y vergüenza.
—¿Es eso cierto, soldado Ruiz? ¿Usted cree que la soldado Méndez pertenece a la cocina?
Ruiz escupió un poco de sangre y miró al suelo, incapaz de sostenerle la mirada al veterano. —Ella… ella tuvo suerte, señor. Me tomó desprevenido. Es solo una mujer, no debería…
El sargento Morales se acercó tanto a Ruiz que sus narices casi se tocaban. —¿Suerte? —repitió Morales con una voz peligrosamente baja—. Soldado, yo llevo treinta años viendo combates. Lo que la soldado Méndez hizo no fue suerte. Fue técnica, fue disciplina y fue una paciencia que usted claramente no posee. Usted no solo fue derrotado físicamente; fue derrotado moralmente.
El sargento se dio la vuelta y caminó hacia el centro del grupo para que todos pudieran escucharlo.
—Escuchen bien todos. En este ejército, la única etiqueta que importa es la de «Soldado». A las balas no les importa si eres hombre o mujer, si vienes de la ciudad o del campo. Lo único que importa es si puedes cumplir la misión y si el compañero que tienes al lado es capaz de protegerte la espalda.
Morales volvió a mirar a Elena y, por un breve segundo, ella pudo jurar que vio un destello de orgullo en los ojos del duro sargento.
—Soldado Méndez, ha demostrado una gran habilidad. Pero esto no termina aquí.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




