Continuamos con la historia donde la dejamos, en medio de la tormenta y la injusticia…
El frío de la lluvia caló de inmediato en los huesos de Elena. Ella se quitó su pequeño suéter de lana y trató de cubrir al anciano, quien parecía no inmutarse por el agua que le empapaba el cabello cano. Se quedaron allí, en la acera, viendo cómo las luces doradas del restaurante brillaban con una hipocresía que dolía.
—Lo siento tanto, abuelo —sollozó Elena—. No pude ni dejar que terminara su sopa. Ahora no tengo trabajo y usted sigue con hambre.
El anciano sonrió de una manera extraña. No era la sonrisa de alguien que acaba de ser humillado. Era la sonrisa de alguien que tiene un as bajo la manga.
—Hija, tengo ochenta años —dijo él, limpiándose la lluvia de la cara—. He pasado hambre de verdad, de esa que te retuerce las tripas por días. Ese plato de sopa fue suficiente para recordarme que todavía queda luz en este mundo tan oscuro. ¿Cómo te llamas?
—Elena, señor. Elena Santos.
—Bueno, Elena Santos. Me llamo Samuel. Y te prometo que hoy es el último día que lloras por culpa de una mujer como esa.
Elena pensó que el pobre hombre estaba delirando por el frío. Se ofreció a acompañarlo a una parada de autobús cercana para que se resguardara, pero Samuel se negó. Sacó del bolsillo de su saco un teléfono celular. No era un modelo viejo; era un dispositivo de última generación, aunque la pantalla estaba un poco sucia.
—Necesito hacer una llamada —dijo Samuel con una autoridad que Elena no había notado antes—. ¿Podrías esperar aquí conmigo cinco minutos?
Elena asintió, aunque estaba empapada hasta los huesos. Samuel marcó un número y esperó.
—¿Santiago? Sí, soy yo. Estoy en la calle frente a «La Estancia». Sí, el restaurante de la señora Raquel. No, no salió bien. Trae el coche. Y llama a los abogados. Quiero el contrato de arrendamiento de todo este bloque en mi mesa en treinta minutos.
Elena escuchó las palabras pero su mente no lograba procesarlas. «¿Contrato de arrendamiento?», «¿Coche?». Miró al anciano, que ahora se erguía con una postura recta, casi militar. Su mirada ya no era la de un hombre cansado, sino la de un general a punto de entrar en batalla.
Apenas cuatro minutos después, un sedán negro, blindado y reluciente, frenó bruscamente frente a ellos, levantando una cortina de agua. De la parte delantera bajó un hombre de traje impecable que corrió hacia ellos con un paraguas enorme.
—¡Señor Presidente! ¡Por Dios, está empapado! —exclamó el hombre del traje, cubriendo a Samuel con el paraguas.
—No te preocupes por mí, Santiago —dijo Samuel con frialdad—. Preocúpate por la señorita Elena. Ayúdala a subir al coche. Tiene frío y acaba de perder su empleo por ser la única persona con alma en este vecindario.
Elena entró al vehículo, sintiendo el cuero caliente de los asientos contra su ropa mojada. Estaba en estado de shock. Dentro del coche, Samuel se quitó el saco viejo, revelando una camisa de seda que había estado oculta bajo la apariencia de harapos.
—Elena —dijo Samuel mientras el coche arrancaba—, sé que estás confundida. Déjame explicarte. Soy Samuel Valenzuela. Mi familia es dueña de la corporación que posee los terrenos de este centro comercial y de otros veinte en la ciudad.
Elena abrió los ojos de par en par. El apellido Valenzuela era sinónimo de la fortuna más grande del país.
—Cada año —continuó Samuel—, salgo a la calle vestido así. Lo llamo mi «prueba de humanidad». Quiero ver quiénes son los que realmente merecen trabajar en mis propiedades. Quiero ver si el éxito se les ha subido a la cabeza o si aún recuerdan lo que es ser humano.
—¿Entonces todo fue una actuación? —preguntó Elena con voz temblorosa.
—El hambre era real, hija —respondió él con tristeza—. Y la humillación que esa mujer me hizo pasar también lo fue. Pero lo que más me dolió fue ver cómo te trataba a ti. Ella no solo te despidió; intentó romper tu espíritu. Y eso es algo que no voy a permitir.
Mientras tanto, dentro del restaurante, Raquel estaba celebrando. Se había servido una copa de vino caro y les decía a los clientes restantes que «la limpieza era necesaria para mantener la clase». No tenía idea de que su teléfono estaba a punto de sonar con la noticia que destruiría su imperio de arrogancia.
Santiago, el asistente de Samuel, hablaba por teléfono desde el asiento del copiloto.
—Sí, la cláusula de rescisión inmediata por conducta inmoral y daño a la imagen del complejo comercial. El dueño es el señor Valenzuela. Procedan ahora.
Samuel miró a Elena.
—Vamos a volver allí, Elena. Pero esta vez, no entrarás por la puerta de servicio.
El coche dio la vuelta y se estacionó nuevamente frente a «La Estancia». La lluvia seguía cayendo, pero ahora Elena se sentía protegida por una armadura invisible. Raquel vio el coche de lujo detenerse y, pensando que se trataba de algún cliente importante o algún inspector, corrió hacia la puerta con su mejor sonrisa falsa.
Cuando la puerta del coche se abrió, Raquel se quedó petrificada. Vio bajar a Santiago con el paraguas, luego al anciano que ella había echado a patadas, pero ahora lucía una mirada de acero. Y finalmente, vio bajar a Elena, envuelta en una manta de cachemir.
—Señora Raquel —dijo Samuel mientras entraba al restaurante, esta vez sin que nadie lo detuviera—. Creo que dejamos una conversación pendiente sobre la «reputación» de este lugar.
Raquel tartamudeó, su rostro pasando por todos los tonos del rojo al blanco ceniza.
—Señor… yo… yo no sabía… ese hombre… usted…
—Ese «vagabundo», como usted me llamó —sentenció Samuel frente a todos los clientes—, es el hombre que firma el contrato que le permite operar este restaurante. O mejor dicho, el hombre que acaba de cancelar ese contrato.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de victoria.
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