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La sombra del pasado: cuando el cobrador se convirtió en la presa

7 min de lectura
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Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión no deja de aumentar…

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El silencio que siguió a las palabras de Elena fue absoluto, roto únicamente por el zumbido de una vieja mosca contra el cristal de la ventana y la respiración agitada del Mandril.

Los dos secuaces se quedaron congelados, con las manos a medio camino de sus fundas, confundidos por la velocidad y la técnica de aquella mujer que, hasta hacía un minuto, parecía una víctima indefensa.

—¿Quién… quién diablos eres tú? —logró articular el Mandril, con el sudor perlando su frente. El dolor en su muñeca era insoportable, pero el miedo que empezaba a brotar en su pecho era aún peor.

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Elena no respondió de inmediato. Miró a los otros dos hombres y, con un movimiento casi imperceptible de cabeza, les indicó que se alejaran.

—Atrás. Contra la pared. Ahora —ordenó con una autoridad que no admitía réplicas.

Los matones, acostumbrados a intimidar pero no a ser intimidados, intercambiaron una mirada de duda. El flaco, el de la cicatriz, intentó hacerse el valiente.

—¡Suéltalo, maldita perra, o te lleno de plomo! —gritó, logrando finalmente sacar una pistola negra y pesada.

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Elena ni siquiera parpadeó. Con una agilidad que desafiaba la lógica, soltó la muñeca del Mandril solo para propinarle un golpe seco en la base del cráneo que lo mandó directo al suelo, inconsciente.

Antes de que el flaco pudiera apretar el gatillo, ella ya se había desplazado. No corrió; fluyó.

Don Chente vio con asombro cómo Elena utilizaba el peso del propio Mandril como escudo y, en un parpadeo, se encontraba frente al hombre de la cicatriz.

Con un movimiento circular de su brazo, desvió el cañón de la pistola hacia el techo. Un disparo resonó en la pequeña estancia, incrustándose en las vigas de madera y haciendo que el polvo cayera como nieve sucia sobre ellos.

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Antes de que el eco del disparo se apagara, Elena ya le había propinado dos golpes rápidos: uno al estómago y otro al mentón.

El hombre de la cicatriz cayó como un fardo de papas, su arma deslizándose por el suelo hasta los pies de Don Chente.

El tercer hombre, el más joven del grupo, simplemente dejó caer sus manos a los costados. El terror en su rostro era evidente. Había visto a sus dos mentores ser despachados en segundos por una mujer que no pesaba ni la mitad que ellos.

—Yo… yo solo soy el chofer —tartamudeó el muchacho, dando un paso atrás—. No me mates, por favor.

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Elena se detuvo. Su respiración era rítmica, ni siquiera estaba agitada. Se alisó el vestido floral con una calma que resultaba aterradora.

—Recoge a tus amigos —dijo ella, señalando los cuerpos en el suelo—. Mételos en la camioneta y lárgate. Pero antes, vas a escuchar un mensaje para tu patrón.

Don Chente, que se había agachado tras el mostrador, se asomó con cuidado. Elena se acercó al Mandril, que empezaba a recuperar el conocimiento, quejándose y escupiendo sangre.

Ella lo agarró del cabello y lo obligó a mirarla.

—Dile a «El Patrón» que Elena ha vuelto —susurró, pero su voz se escuchó en toda la fonda—. Dile que el dinero que le robó a mi padre no fue una deuda, fue su sentencia de muerte.

El Mandril la miró con los ojos muy abiertos, una chispa de reconocimiento cruzando su mirada borrosa.

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—Tú… tú eres «La Sombra»… —logró decir, su voz llena de un pavor ancestral—. Pensamos que habías muerto en el operativo de la frontera…

Elena sonrió, pero no fue una sonrisa de alegría. Fue la sonrisa de alguien que ha visto el infierno y ha regresado con las llaves.

—Muchos pensaron lo mismo. Eso fue lo que me permitió vivir en paz estos últimos años, cuidando de mi padre. Pero ustedes no pudieron dejarlo ir, ¿verdad? Tenían que venir a molestarlo incluso después de muerto.

La mujer soltó al hombre, quien se desplomó de nuevo. Se volvió hacia el joven chofer, que temblaba como una hoja.

—Ayúdalo a levantarse. Tienen diez segundos para desaparecer de mi vista antes de que decida que no quiero dejar testigos.

El joven no necesitó que se lo repitieran. Con una fuerza nacida del pánico puro, arrastró al flaco y ayudó al Mandril a ponerse de pie.

Salieron de la fonda tropezando, subieron a la camioneta negra y salieron disparados, levantando una nube de polvo que ocultó el sol del atardecer.

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El silencio volvió a reinar en la fonda de Don Chente, pero ya no era el mismo silencio de antes. Era un silencio cargado de preguntas, de asombro y de un nuevo tipo de respeto.

Elena caminó lentamente hacia su mesa. Recogió su taza de café, que milagrosamente no se había volcado, y tomó un sorbo. Estaba frío.

—Don Chente —dijo, sin mirar al viejo—. Siento el agujero en el techo. Mañana enviaré a alguien para que lo repare y le pinte toda la fachada por las molestias.

El viejo salió de su escondite, apoyándose en el mostrador. Sus piernas aún se sentían como gelatina.

—Elena… hija… yo no sabía… —balbuceó el anciano—. Tu padre, Lucas… él siempre decía que estabas estudiando en el extranjero, trabajando para una empresa de seguridad…

Elena dejó la taza en la mesa y finalmente miró al viejo con dulzura. La frialdad de «La Sombra» se había disipado, dejando ver a la mujer que Don Chente había conocido de niña.

—No le mentía del todo, Don Chente. Trabajaba en seguridad, solo que en el tipo de seguridad que nadie quiere admitir que existe.

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La mujer se levantó y sacó unos billetes de su bolsillo, dejándolos sobre la mesa. Eran mucho más de lo que costaba el café.

—Mi padre quería que yo fuera diferente. Por eso me alejé. Por eso intenté empezar de cero aquí, con él. Pero hay deudas que no se pagan con dinero, y hay personas que no entienden de razones.

Elena caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo. Miró hacia la calle desierta, donde las sombras de los árboles empezaban a alargarse.

—Don Chente, le voy a pedir un favor. Si alguien pregunta por lo que pasó hoy… dígales que no vio nada. Por su propio bien.

—No vi nada, Elena. Aquí no pasó nada más que un malentendido —respondió el viejo con firmeza.

Elena asintió y salió al aire fresco de la tarde. Pero la historia no terminaba ahí. Ella sabía que el cartel no se quedaría de brazos cruzados. Había herido su orgullo, y en ese mundo, el orgullo se lava con sangre.

Sin embargo, lo que el cartel no sabía era que Elena no estaba sola. Mientras caminaba hacia su pequeña casa a las afueras del pueblo, sacó un teléfono satelital que había permanecido apagado durante tres años.

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Lo encendió y marcó un número de memoria.

—Soy yo —dijo cuando contestaron al otro lado—. La deuda ha sido reclamada. Es hora de activar el protocolo «Cosecha».

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