Estás en la parte 2: la historia continúa y la verdad está a punto de estallar…
El sonido de la silla de ruedas siendo empujada hacia atrás por el movimiento de Julián resonó en el comedor como un disparo. Elena retrocedió hasta chocar con el aparador de caoba, sus ojos abiertos de par en par, su respiración detenida. Julián se puso de pie, estirando su impecable traje azul. Se veía más alto de lo que ella recordaba, más imponente, como un gigante que acabara de despertar de un largo sueño.
—No… eso es imposible —susurró ella, con la voz quebrada por el miedo—. Los médicos dijeron… los informes… yo misma vi los rayos X.
Julián dio un paso hacia ella. Un paso firme. Luego otro. La mancha en su solapa, que Elena tanto despreciaba, parecía ahora una medalla de honor. —Los médicos dicen lo que uno les paga para que digan, querida. Y los informes… bueno, Photoshop hace milagros hoy en día. ¿Realmente creíste que después de un accidente provocado por un «fallo en los frenos» de mi coche, no iba a investigar quién había estado manipulando mi vehículo?
El rostro de Elena se puso pálido, perdiendo todo rastro de ese color triunfante que tenía hace apenas unos minutos. —Yo no… yo no tuve nada que ver con eso.
—No mientas más, me ofende la inteligencia —dijo Julián, rodeando la mesa con una calma depredadora—. Supe que fuiste tú desde la segunda semana en el hospital. Pero necesitaba pruebas. Y sobre todo, necesitaba saber quién más estaba involucrado. Necesitaba ver hasta dónde llegaría tu codicia si creías que yo era un ser indefenso.
Elena intentó recuperar su postura, aunque sus manos temblaban visiblemente. —No importa. ¡No importa si puedes caminar! El contrato es legal. Mi nombre está en todas las cuentas. Tu firma está en ese documento de cesión de poderes. ¡Soy la dueña de todo!
Julián se detuvo a pocos centímetros de ella. Podía oler el miedo emanando de sus poros, mezclado con ese perfume caro. —Ah, el contrato. Verás, Elena, hay un pequeño detalle sobre la ley de sucesiones y los contratos de fideicomiso. El documento que firmé no era una cesión de poderes. Era una declaración de quiebra técnica planificada.
—¿Qué? —el grito de Elena fue casi un chillido.
—Durante los últimos seis meses, mientras tú te dedicabas a gastar fortunas en joyas y a verte con tu amante en aquel hotel de la avenida principal, yo me dediqué a vaciar legalmente cada una de las cuentas que tú creías controlar. Todo el capital de la constructora, las propiedades, las inversiones… todo fue trasladado a una fundación benéfica en el extranjero. Una fundación que, por cierto, no tiene ninguna relación legal conmigo, pero que está blindada contra cualquier reclamo matrimonial.
Julián sacó un teléfono móvil de su bolsillo y pulsó un botón. En la pantalla aparecieron saldos bancarios. Todos en cero. —Lo que te queda, Elena, es esta casa. Pero hay un problema. Esta casa no está a mi nombre, ni al tuyo. Está a nombre de una empresa holding que acaba de ejecutar una orden de desalojo por falta de pago de la hipoteca que yo mismo dejé de pagar hace tres meses.
Elena se dejó caer sobre una de las sillas, la misma que minutos antes ocupaba Julián. La ironía era amarga. —No puedes hacerme esto… ¡Yo te cuidé! ¡Sacrifiqué años de mi vida!
—Me «cuidaste» esperando que me muriera o que me rindiera —respondió él con desprecio—. Pero lo más divertido viene ahora. ¿Recuerdas a Ricardo? ¿Tu socio y amante? Ese que te ayudó a manipular los frenos de mi coche y que esperaba ansioso tu llamada esta noche para celebrar que por fin te habías deshecho de mí?
Elena levantó la cabeza, el pánico total reflejado en sus facciones. —¿Cómo sabes de Ricardo?
—Ricardo es un hombre muy práctico, Elena. Cuando le mostré las pruebas de que la policía estaba a punto de abrir una investigación por intento de homicidio, y le ofrecí una salida a cambio de su confesión grabada y de que me ayudara a rastrear cada movimiento que hiciste con el dinero de la empresa… bueno, digamos que su amor por ti no era tan fuerte como su amor por la libertad.
Julián caminó hacia el candelabro y apagó las luces principales, dejando solo las velas encendidas. El ambiente se volvió lúgubre, casi como un funeral. —En este momento, Ricardo está cruzando la frontera con lo poco que pudo salvar de sus propias estafas, dejándote a ti como la única responsable legal de los desvíos de fondos que hiciste para ocultar tus gastos personales. Mañana, cuando los auditores lleguen, no encontrarán un millonario inútil. Encontrarán a una mujer que lo perdió todo por no saber esperar el final de la función.
Elena empezó a sollozar, pero no era un llanto de arrepentimiento, sino de rabia impotente. —¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma!
—Lo sé —dijo Julián con una frialdad que helaba la sangre—. Y ese es el mayor cumplido que me has hecho en años. Porque tu odio es la prueba de que mi plan funcionó. Me llamaste inútil, me llamaste estorbo. Pero este estorbo acaba de borrarte del mapa.
Julián se acercó a la puerta del comedor, pero antes de salir, se detuvo. Miró hacia atrás, viendo a la mujer que alguna vez amó, ahora reducida a una sombra en la penumbra de una mansión que ya no le pertenecía.
—Ah, se me olvidaba un detalle —añadió él, con un tono de voz que recuperaba esa picardía casi juvenil que Elena creía haberle robado—. Hay alguien afuera esperándote. No es Ricardo. Son dos oficiales de la unidad de delitos financieros. Parece que tienen algunas preguntas sobre el origen de los fondos de tu última compra en la joyería.
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