Sabemos que el suspenso te trajo hasta aquí, y te aseguro que esa corazonada no te ha fallado; el desenlace es algo que no verás venir.
¿Hasta dónde puede llegar el odio de una persona que se siente dueña de la vida de los demás? Esa era la pregunta que retumbaba en la mente de Elena mientras sentía cómo el aire se volvía pesado, casi irrespirable, en aquella sala de techos altos y mármol frío.
Elena no era una extraña en esa casa, pero siempre la habían hecho sentir como una intrusa. A pesar de llevar en su vientre al heredero de la familia, a pesar de que Marcus le había jurado amor eterno frente al altar, para Doña Beatriz ella siempre sería «esa mujer». Una mujer que, según la matriarca, solo buscaba escalar peldaños a costa del apellido de su hijo.
Aquella tarde, el silencio de la mansión era distinto. No era la calma habitual de una propiedad de lujo, sino esa quietud eléctrica que precede a las tormentas más devastadoras. Elena caminaba con cuidado, una mano acariciando su vientre de siete meses, sintiendo las pataditas inquietas de su bebé, como si la pequeña criatura también presintiera el peligro.
Doña Beatriz la esperaba de pie, junto a la imponente mesa de cristal tallado que presidía el salón principal. Era una pieza de diseño italiano, tan costosa como frágil, un símbolo del estatus que la mujer defendía con uñas y dientes. Sus ojos, pequeños y oscuros como dos cuentas de obsidiana, no mostraban ni una pizca de la calidez que se esperaría de una futura abuela.
—¿De verdad creíste que podrías engañarnos para siempre? —soltó Beatriz, con una voz que cortaba más que un bisturí.
Elena se detuvo en seco. Sus rodillas temblaron ligeramente, pero mantuvo la frente en alto. Ya no era la joven asustadiza que llegó a esa casa meses atrás. Ahora tenía a alguien por quien luchar.
—No sé de qué habla, Doña Beatriz. Marcus y yo solo queremos vivir en paz y esperar a nuestro hijo.
La risa que escapó de los labios de la mujer mayor fue seca, carente de cualquier rastro de humor. Se acercó a Elena con pasos lentos, el eco de sus tacones resonando contra el suelo pulido como una cuenta regresiva.
—»Nuestro hijo» —repitió con desprecio—. Qué palabras tan nobles para alguien que solo sabe de artimañas. Marcus es un hombre noble, un hombre de negocios, pero es ciego cuando se trata de su corazón. Pero yo no. Yo veo a través de ti.
Beatriz rodeó a la joven, como un depredador que estudia a su presa antes del ataque final. Elena sentía el perfume costoso y sofocante de su suegra invadiendo su espacio personal. La tensión era tan alta que el aire parecía vibrar.
—Usted siempre me ha odiado sin conocerme —respondió Elena, tratando de que su voz no flaqueara—. He intentado todo para ganarme un lugar en esta familia, pero me doy cuenta de que el problema no es lo que yo haga, sino lo que usted lleva por dentro.
Esas palabras fueron el detonante. El rostro de Beatriz se transformó. La máscara de elegancia y control se desmoronó para dejar ver una furia primitiva, una rabia alimentada por años de clasismo y amargura.
—¿Cómo te atreves? —siseó Beatriz, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros—. En esta casa se hace lo que yo digo. Y lo que yo digo es que tú no perteneces aquí. Ni tú, ni ese niño que usas como escudo.
Elena retrocedió instintivamente, protegiendo su vientre con ambos brazos. Sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia. Nunca había visto tanto odio concentrado en una sola mirada. El salón, con su belleza artificial, de pronto se sintió como una jaula de oro.
—Marcus me ama —susurró Elena, buscando fuerzas en el recuerdo de su esposo—. Y él jamás permitirá que usted nos haga daño.
—Marcus no está aquí ahora, querida —replicó Beatriz con una sonrisa gélida—. Y para cuando regrese, me encargaré de que no quiera volver a ver tu rostro en lo que le queda de vida.
La mujer mayor empezó a caminar hacia ella de forma amenazante. Elena seguía retrocediendo, sintiendo cómo el borde de la gran mesa de cristal rozaba su espalda. No tenía a dónde ir. Estaba acorralada entre la pared de cristal y la mujer que juraba destruirla.
Beatriz se detuvo frente a ella, sus manos temblando por la ira contenida. El ambiente estaba cargado de una energía violenta. Los segundos parecían horas. Elena podía escuchar el latido de su propio corazón golpeando con fuerza contra sus costillas.
—¡Jamás tuviste que haber venido! —gritó Beatriz, perdiendo por completo los estribos.
En ese momento, la razón de la mujer desapareció por completo. Lo único que quedaba era el deseo de eliminar lo que ella consideraba una mancha en su linaje. Sin medir las consecuencias, sin pensar en la vida que latía dentro de Elena, Beatriz extendió sus manos y lanzó un empujón brutal contra los hombros de la joven.
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