Esa curiosidad que te picaba adentro te trajo hasta el final de esta historia, y créeme que vale cada segundo que vas a invertir aquí.
— ¡A la mierda con todo esto!
Mateo lanzó el último par de zapatos dentro de la bolsa de lona y miró alrededor del espacio diminuto que había sido su casa durante los últimos cuarenta y ocho meses. Cuatro años. Cuatro larguísimos años de rejas, horarios inflexibles y comida que sabía a castigo. Pero eso se acababa.
El pasillo de la celda 12-B olía a desinfectante barato y a esperanza. Los presos del pabellón C golpeaban las rejas con sus tazas metálicas desde temprano porque la noticia ya había corrido como pólvora: Mateo Roldán salía libre.
— ¡Ey, Roldán! — gritó un interno desde la celda vecina — ¡No te olvides de nosotros cuando estés afuera, padrino!
Mateo sonrió por primera vez en semanas. Se pasó la mano por la barba descuidada, la misma que no se afeitaba desde que entró a este lugar, y se detuvo un instante para disfrutar el momento. La aprobación de su libertad condicional había llegado por la mañana. Después de quince años de carrera criminal disfrazada de servicio público, y una condena que los jueces, por una vez, acertaron en ponerle, el sistema estaba por soltar a uno de sus peores ejemplares.
Pero Mateo no se consideraba un tipo malo. Se consideraba un sobreviviente.
Metió la mano al bolsillo trasero del pantalón gris de presidiario y tocó el papel arrugado. Ahí estaba. La firma del juez. El sello de la corte. Su boleto de salida.
— Quince años como policía — murmuró para sí mismo —, doce de ellos doblando la ley a mi favor. ¿Y qué me van a recordar? ¿Un sándwich de mortadela en este cuchitril?
El sol entraba por la ventana diminuta, la única bendición que este lugar le había dado, y le acariciaba la cara como prometiéndole un futuro distinto. Un departamento pequeño en algún barrio humilde de la ciudad. Un auto usado. Quizás un negocio de refacciones.
Quizás hasta una mujer que no conociera su pasado.
Mateo exhaló profundo. Casi podía sentirlo. La libertad. El aire de afuera. La oportunidad de desaparecer entre la multitud y volver a empezar. Tenía cuarenta y seis años. Todavía estaba a tiempo.
El guardia de turno apareció al final del pasillo. El sonido de sus botas sobre el cemento era metódico, casi amenazante.
— ¿Roldán? — preguntó el oficial con una libreta en la mano.
— El mismo que viste y calza — respondió Mateo sin mirarlo, doblando una camisa que nadie le había regalado.
— Tu traslado de salida se procesa a las seis. Asegúrate de estar listo. No más de lo que pueda cargar en esa bolsa.
— Perfecto.
El guardia dudó un segundo. Masculló algo entre dientes, dio media vuelta y se fue por donde había venido. Mateo no le dio importancia. Los guardias siempre lo trataban con esa mezcla de respeto y desdén, como si supieran más de lo que se atrevían a decir.
Pero los muertos no hablan. Y los vivos que saben la verdad, se cuidan mucho de abrir la boca. Ese era el código del silencio que Mateo había construido durante más de una década. Y ahora, ese código era su boleto a la libertad.
Se sentó en el borde de la cama metálica, con la bolsa ya cerrada a sus pies, y se permitió un momento de gratitud. El plan había sido simple: siempre fue simple. Tomar lo que la vida le debía, cerrar los ojos ante las oportunidades que el sistema le ofrecía, y hacer desaparecer cualquier obstáculo que se interpusiera.
El obstáculo más grande fue ese viejo. Gabriel Ramírez. Un mecánico de barrio que tenía un taller en la zona sur y que un día, con una simple llamada anónima, destapó una red de extorsiones en la que Mateo andaba metido hasta el cuello. El tipo había visto algo que no debía. Y Mateo hizo lo único que sabía hacer bien: lo calló.
Quince años. Sin pruebas verdaderas. Con testimonios bien comprados. Gabriel Ramírez, un hombre inocente y honesto, había sido condenado por tráfico de drogas a una sentencia de veinte años, mientras que Mateo se aseguraba de que nadie mirara su propia mierda.
El reloj marcaba las tres de la tarde. Quedaban tres horas. Tres horas para dejar atrás este lugar y nunca, jamás, volver.
El carcelero regresó, esta vez con un tono distinto en la voz.
— Roldán, tu compañero de celda fue reasignado. Va a llegar uno nuevo mientras tanto.
— ¿Y a mí qué me importa? — respondió Mateo sin mirarlo —. En tres horas no estoy ni en el mapa.
— Aún así, la directiva pide que lo recibas con respeto. No quiero problemas.
El guardia apenas terminó la frase cuando pasos lentos resonaron por el pasillo. Mateo levantó la vista por inercia y vio una figura joven avanzando escoltada por dos oficiales. El hombre tendría unos veinticinco años, pelo negro y rizado, camisa blanca que había visto tiempos mejores y jeans desgastados.
Algo en su rostro le resultó familiar a Mateo.
No podía precisar qué. Los ojos, quizás. Esos ojos castaños que miraban con una mezcla de odio y cansancio.
— Aquí es — dijo el oficial, empujando suavemente al joven hacia la celda.
El chico cruzó la puerta con la cabeza en alto y la espalda recta. Su mirada recorrió la celda de arriba abajo y se detuvo en Mateo. Ahí fue cuando todo cambió.
Porque el reconocimiento fue mutuo.
— No puede ser — susurró Mateo, pero las palabras salieron sin aire.
El joven sonrió. Pero no era una sonrisa de saludo. Era la sonrisa de alguien que ha esperado quince años para ese momento.
— Hola, Roldán — dijo el muchacho con una calma que heló la sangre del ex policía —. ¿No me conoces? No me extraña. Estabas muy ocupado enterrando a mi padre para mirarme la cara.
Mateo se quedó paralizado. Su estómago se revolvió y no por la comida podrida de la prisión.
— ¿Qué dijiste? — tartamudeó, buscando aire.
— Me llamo Andrés Ramírez. Gabriel era mi papá. El inocente que enviaste a este mismo lugar hace quince años. El que murió aquí dentro, esperando justicia que nunca llegó.
El aire se volvió espeso. Mateo agarró la bolsa de lona con fuerza, como si pudiera protegerlo. Pero no había escapatoria. El guardia ya se había marchado. La puerta de la celda estaba sellada.
Quedaban tres horas para su libertad.
Y tres horas pueden ser una eternidad.
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