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La última noche de Mateo: el karma llamando a su celda

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Retomamos la historia en el instante exacto en el que Mateo comprendió que su libertad tenía un precio que jamás había estado dispuesto a pagar.

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Mateo retrocedió dos pasos hasta que su espalda golpeó la pared fría de la celda. La bolsa de lona cayó al piso, derramando la poca ropa que había logrado juntar. Sus manos temblaban — las mismas manos que nunca habían dudado al aceptar un soborno ni al firmar un informe falso, ahora temblaban como las de un enfermo.

— Escucha, muchacho — comenzó Mateo, alzando las palmas en un gesto de rendición inexplicable para él mismo —. Lo que pasó con tu padre fue un error. Ya pagué por eso. Estuve aquí cuatro años…

— ¿Cuatro años? — Andrés soltó una risa amarga que rebotó entre las paredes de la celda —. ¿Tú crees que cuatro años se comparan con veinte? ¿Con la vida que se llevó mi papá en este agujero?

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El joven se acercó con pasos lentos. No había violencia en su andar, pero sí algo mucho más peligroso: una paciencia absolutamente absoluta. La de alguien que ha esperado demasiado tiempo para improvisar.

— Tu papá tuvo un accidente aquí dentro — dijo Mateo, e inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho.

— ¿Accidente? — Andrés soltó otra risa, más corta esta vez, más fría —. Mi padre fue golpeado por tres reclusos que trabajaban para tus amigos. Los mismos que le tendieron una trampa con la droga que le sembraron en su taller. ¿Accidente le llamas a eso?

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Mateo no podía dejar de mirar los ojos del chico. Esos ojos. Ahora lo entendía todo. Eran los ojos de Gabriel. Exactamente los mismos que lo habían visto desde el estrado del tribunal durante el juicio. La misma mirada de hombre honesto, pero con un brillo que el viejo Gabriel nunca había tenido: el brillo de la venganza.

— ¿Qué es lo que quieres? — Mateo tragó saliva —. ¿Dinero? Puedo conseguirte dinero. Tengo contactos. Puedo…

— ¿Contactos? — Andrés levantó una ceja —. Tú ya no puedes absolutamente nada, Roldán. ¿Tú sabes cómo logré entrar a esta celda específicamente, en este pabellón exacto, justo el día antes de tu liberación?

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Mateo.

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— No.

— Pagué cinco mil pesos a un abogado corrupto para que me asignaran aquí con una condena simbólica de seis meses por hurto menor. Yo cometí un delito pequeño y sin víctimas solo para tener acceso a ti. ¿Tú sabes lo que hice en estos meses mientras tú pensabas que estabas a punto de recuperar tu vida, Mateo?

Mateo negó con la cabeza, incapaz de articular palabra.

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— Te estuve observando — dijo Andrés, sentándose sobre la litera de enfrente con una calma que resultaba escalofriante —. Vi cómo recibías visitas. Vi cómo hablabas con tu abogado. Supe de cada solicitud que presentaste para que te dieran la libertad condicional. Y mientras tú hacías todo eso, yo estaba aquí, trabajando discretamente dentro de la prisión, conociendo a los reclusos que te odian más de lo que tú mismo te odias.

La celda se había vuelto un infierno a temperatura ambiente. Mateo sentía el sudor resbalando por su frente. Sus dedos garrapatearon el cemento como buscando un asidero que no existía.

— ¿Y qué es lo que esperas hacer? ¿Matarme aquí? ¿Con los guardias a veinte metros? — Mateo intentó sonar desafiante, pero su voz quebró.

— No, Mateo — Andrés inclinó la cabeza con una paciencia que daba miedo —. Yo no soy un asesino. Mi padre me enseñó a no convertirme en un monstruo. Pero también me enseñó que la justicia tiene caminos que la ley no siempre puede recorrer.

El ex policía sintió que la esperanza volvía. Presionó un poco más:

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— Entonces, ¿qué quieres? Todos tenemos un precio. Dímelo y te lo consigo. La puerta de mi celda se abre en dos horas y media. Puedo comunicarme con gente… hacer transferencias antes de salir. Más dinero del que tú has visto en tu vida.

— ¿Dinero? — Andrés se levantó de la litera. Su estatura parecía crecer con cada paso hacia Mateo —. ¿Crees que esto se trata de dinero? ¿No entendiste nada?

— ¿Entonces de qué se trata?

Andrés se detuvo a menos de un metro del ex policía. Su voz se volvió un susurro tan profundo que Mateo tuvo que inclinarse hacia adelante para oírlo:

— De que tú conozcas la verdad. La verdad completa de lo que le hiciste a mi padre. Quiero que me lo digas tú mismo, con tus palabras, sin la mierda que le contaste al tribunal.

Mateo frunció el ceño.

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— ¿Eso es todo? ¿Una confesión?

— No, todavía no — dijo Andrés, y en su boca se dibujó una sonrisa extraña que a Mateo no le gustó nada —. Quiero que confieses delante de las personas correctas. Las personas que están al otro lado de esa pared.

El dedo de Andrés señaló la pared del fondo de la celda. Mateo no entendió nada. La pared era nada más que cemento gris, cucarachas muertas y años de abandono.

— ¿Qué hay al otro lado? — preguntó Mateo sin disimular su nerviosismo.

— El pabellón B — explicó Andrés con esa calma terrible —. El pabellón donde están los internos que fueron policías encarcelados por corrupción. ¿Oíste que la semana pasada dos de ellos fueron atacados por la espalda en la ducha? Nadie sabe quién lo hizo.

La garganta de Mateo se secó por completo.

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— ¿Fuiste tú?

Andrés no respondió. Pero su sonrisa decía más que cualquier palabra. En ese momento Mateo comprendió con aterradora claridad que Andrés Ramírez había tenido todo el tiempo del mundo para planear cada paso. No era un chico impulsivo. No era un vengador cegado por la ira. Era un estratega.

— ¿Qué pasa, Mateo? — preguntó el joven, saboreando cada sílaba —. ¿No te gusta la idea de que tu historial se entere de lo que le hiciste a mi papá? Porque esos policías corruptos tienen sus propias redes, sus propias conexiones. Y aquí adentro, la reputación lo es todo. Cuando salgas en dos horas, vas a tener que mirar por encima del hombro el resto de tu vida.

El pánico golpeó el pecho de Mateo con la fuerza de un tren. No había nada que pudiera hacer. Andrés lo tenía acorralado en un rincón de su propia celda, con una verdad que no podía negar y una audiencia de reclusos listos para escucharla.

— No puedes hacer esto — balbuceó Mateo.

— Oh, ya está hecho — respondió Andrés con la serenidad absoluta de quien ha cumplido una misión —. Cada palabra que digas aquí va a cruzar esas paredes. No importa si lo confiesas o no. Ellos saben quién soy y por qué estoy aquí. Y lo que saben, lo hablan.

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Mateo se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. Su libertad estaba a menos de tres horas. Pero comprendió que la verdadera condena, la que llevaba clavada en el alma desde hacía quince años, jamás se había cancelado.

Solo que ahora era demasiado tarde para fugarse de ella.

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