Relatos del día a día: amores, familias y vidas cruzadas que inspiran. Historias frescas y emotivas para leer de un tirón.
Relatos del Día

Sin título

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Ya viste cómo empezó todo, y esa curiosidad que no te dejó en paz te trajo hasta acá, justo donde la historia se pone buena.

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«Maestro, ya no entiendo nada de lo que pasa allá afuera.»

La voz del joven discípulo tembló apenas, pero no por miedo. Temblaba de esa forma en que tiembla la voz cuando alguien lleva semanas cargando una pregunta que no se atreve a soltar. Estaban los dos sentados bajo el alero de piedra de la casa vieja, esa que olía a madera quemada y a humedad de siglos, y afuera caía una lluvia fina que no terminaba de decidirse entre caer o no caer.

El maestro no respondió enseguida. Tomó el cuenco de barro que tenía al lado, dio un sorbo lento de té ya casi frío, y miró hacia el camino de tierra que serpenteaba entre los árboles.

La tarde se estaba poniendo gris. Se escuchaba el goteo constante sobre las tejas y, de vez en cuando, el crujido lejano de alguna rama.

«¿Qué es lo que no entiendes?», preguntó por fin, sin mirarlo.

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El muchacho se pasó la mano por el pelo mojado. Había caminado bajo la lluvia casi una hora para llegar hasta esa casa, y tenía las botas embarradas y el poncho pesado de agua.

«No entiendo a la gente», dijo. «No entiendo a mis amigos. No entiendo ni lo que yo mismo quiero. Todo el mundo anda peleando por cosas que ni siquiera sabe por qué pelea.»

El maestro asintió despacio, como quien ya ha escuchado esa misma frase cientos de veces, en bocas distintas, en tiempos distintos.

«Sigue», dijo.

Y el muchacho siguió, porque eso era lo que había ido a hacer: vaciarse entero.

«Unos dicen que hay que luchar por la verdad. Otros dicen que ya nadie sabe cuál es la verdad. Unos se enojan si uno cree, otros se enojan si uno duda.»

«Yo paso de un lado para el otro y no encuentro dónde pararme. Y encima, cuando veo a la gente que dice creer, a veces me da más desconfianza que los que no creen.»

Hizo una pausa. Afuera, un perro ladró a lo lejos y después todo volvió al silencio de la lluvia.

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«Y hay algo peor», siguió el discípulo, bajando la voz. «Lo que yo quiero, maestro… lo que yo de verdad quiero… no es entender a la gente.»

«Lo que yo quiero es buscarlo a usted.»

Las palabras quedaron flotando entre los dos. El maestro no se movió. Ni una ceja, ni un dedo, ni un parpadeo fuera de lugar. Solo siguió mirando el camino, como si en algún recodo de ese sendero esperara ver aparecer algo que solo él conocía.

El discípulo tragó saliva. Sentía que acababa de confesar algo prohibido, algo que en el fondo podía sonar egoísta o cobarde. Casi esperaba que el maestro le dijera que estaba equivocado.

Que había que buscar a la gente, al pueblo, al mundo entero.

Pero no pasó eso.

La respuesta que no esperaba

El maestro dejó el cuenco en el suelo, despacio, con las dos manos, como si fuera de porcelana fina. Y cuando volvió a hablar, la voz le salió tan suave que apenas se escuchaba bajo la lluvia.

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«Tu fe te ha salvado», dijo. «Lo que querés buscar, ya lo estás buscando. Lo que todavía no entiendes, lo vas a entender. Pero no hoy, y no porque yo te lo explique.»

El muchacho se quedó mirándolo, con los ojos brillantes y la boca medio abierta.

«¿Entonces está bien que quiera buscarlo a usted y no a todo lo demás?», preguntó.

El maestro lo miró por primera vez en toda la conversación. Tenía los ojos cansados, con esas arrugas profundas que no se hacen solo con los años, sino con las noches largas y las preguntas sin respuesta.

«Vos y los que son como vos», dijo, «son la sal de la tierra.»

El discípulo frunció el ceño. Esa frase la había escuchado antes, pero nunca en ese tono. Nunca con esa gravedad, como si el maestro estuviera diciendo algo que ya no se podía repetir.

«Pero la sal», continuó el maestro, «cuando pierde su sabor, ya no sirve para nada. Ni para la tierra, ni para el estiércol. Solo para que la gente la pise.»

Se hizo un silencio largo. El discípulo sintió un escalofrío que no venía del frío.

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«Y hay mucha sal en el mundo que ya perdió el sabor», dijo el maestro. «Mucha gente que dice que busca, pero en realidad ya dejó de buscar. Mucha gente que dice que cree, pero en realidad hace rato que dejó de creer y ni se dio cuenta.»

El muchacho se inclinó un poco hacia adelante, sin darse cuenta.

«Y cuando todos pierden el sabor, ¿qué pasa?»

El maestro no contestó de inmediato. Se levantó con un esfuerzo visible, con las manos apoyadas en las rodillas, y caminó hasta el borde del alero. La lluvia le mojó la manga de la túnica, pero él ni se inmutó.

«Cuando todos pierden el sabor», dijo mirando hacia arriba, hacia el cielo gris, «ya no queda nada que pueda devolverlo. Ni la sal puede salarse a sí misma.»

La hora que nadie ve

El discípulo se levantó también, aunque no sabía muy bien por qué. Sentía que si se quedaba sentado se iba a perder algo importante.

«Entonces, ¿qué hay que hacer?», preguntó.

El maestro se dio vuelta. Y ahí, en ese momento, en esa media luz que apenas dejaba ver los rasgos de su cara, el discípulo notó algo raro en él.

No era cansancio. Era otra cosa. Era como una urgencia contenida, como cuando alguien sabe que un río va a crecer y todavía nadie del pueblo se ha enterado.

«Buscar», dijo el maestro. «Pero buscar en serio. Buscar antes de que se acabe el tiempo.»

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Esas últimas palabras le salieron con una fuerza que no encajaba con su cuerpo viejo y encorvado. El discípulo dio un paso atrás, sin querer.

«¿Antes de que se acabe el tiempo?», repitió. «¿O sea que el tiempo se va a acabar?»

El maestro no le respondió la pregunta directamente. En cambio, se acercó un poco y le puso una mano en el hombro. La mano pesaba. Pesaba como pesa una responsabilidad, no como pesa un hueso.

«Escúchame bien», dijo. «No te estoy hablando del fin del mundo que la gente anda anunciando por las calles. Te estoy hablando del tiempo de cada uno.»

«El tiempo de cada uno es más corto de lo que todos creen. Y cuando a alguien se le acaba su tiempo, ya no puede buscar nada. Ya no puede creer nada. Ya no puede pedir perdón por no haber buscado a tiempo.»

El discípulo se quedó helado. Sentía que esas palabras no eran solo para él. Eran para alguien más, para mucha gente, para todos los que alguna vez se quedaron a mitad de camino preguntándose si valía la pena seguir.

«¿Y cómo se busca, maestro?», preguntó casi en un susurro.

«Con hambre», respondió él. «Con hambre de verdad. No con la panza llena de ideas prestadas. No con las manos llenas de cosas que te distraen.»

«Con hambre y con sed. Porque el que no tiene hambre, cuando le ponen el pan adelante, ni lo mira. Y el que no tiene sed, cuando le ofrecen el agua, dice que no gracias, que ya tomó.»

Se separó del hombro del muchacho y volvió a su asiento, pero ya no se sentó como antes. Ahora estaba recto, con la espalda apoyada en la pared de piedra, como si estuviera esperando a alguien.

«Hay una última cosa que quiero que entiendas», dijo. «Y quiero que la entiendas hoy, no mañana ni la semana que viene.»

El discípulo asintió con la cabeza, sin hablar.

«Lo que vos buscás, no lo vas a encontrar en las discusiones. No lo vas a encontrar en los gritos. No lo vas a encontrar en los que dicen tener la razón. Lo vas a encontrar en el silencio, cuando ya no te quede nada más que la búsqueda misma.»

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Lo que el maestro veía venir

El muchacho se quedó pensando en eso. Afuera, la lluvia había aflojado. Ya no era ese gotear constante, sino solo unas gotas sueltas que caían de vez en cuando. Empezaba a aclarar por el lado del poniente, y un rayo de sol débil se colaba entre las nubes como si se asomara con culpa.

«Maestro», dijo el discípulo, «yo siento que hay mucha gente que ya dejó de creer. Mucha gente que dice que busca pero en realidad está escondida. ¿Ellos qué?»

El maestro cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, tenía una tristeza serena, de esas que no se pueden disimular.

«Ellos van a seguir hasta que se les acabe el tiempo», dijo. «Y algunos van a darse cuenta a última hora. Y otros no. Y eso no depende de mí ni depende de vos.»

«Lo único que depende de vos es no ser de esos. No ser de los que se dan cuenta cuando ya no hay nada que hacer.»

El discípulo sintió que le subía algo por la garganta. No era llanto. Era como un nudo de responsabilidad. Como si el maestro le hubiera puesto encima una tarea que él no había pedido, pero que ahora ya no podía devolver.

«¿Y si me equivoco?», preguntó.

«Te vas a equivocar», dijo el maestro. «Pero de los errores de los que buscan se aprende. De los errores de los que no buscan no se aprende nada, porque ni cuenta se dan de que están equivocados.»

Se levantó otra vez y esta vez caminó hacia la puerta de la casa. Antes de entrar, se dio vuelta una última vez.

«Y ahora andate», dijo. «Se está haciendo de noche y el camino es largo. Pero antes de irte, quiero que te lleves algo bien claro.»

El muchacho se quedó quieto, esperando.

«Buscá la verdad antes de que se te acabe el tiempo. Buscala como si fuera lo único que te queda. Porque para muchos, aunque no lo sepan, eso es exactamente lo que es.»

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Y entró. La puerta de madera se cerró con un golpe suave, y el discípulo se quedó solo bajo el alero, con la lluvia terminando y la noche empezando a caer.

Lo que quedó flotando en el aire

Caminó de regreso con el poncho todavía húmedo y las botas embarradas. Pero no sentía el frío. Sentía otra cosa, algo parecido a la prisa, aunque no sabía bien hacia dónde.

En el camino se cruzó con un vecino que le preguntó si todo bien. Le dijo que sí, que todo bien, y siguió.

Pasó por la plaza del pueblo, donde un grupo de jóvenes discutía a los gritos sobre cosas que ninguno de ellos había vivido. Se quedó un momento mirándolos, y después siguió caminando.

Pasó por la casa de una señora que todas las tardes rezaba con la puerta abierta, y esa noche, por primera vez, se detuvo a escuchar. Y entendió algo que antes no había entendido.

Y cuando llegó a su casa, ya de noche, se sentó en la cama sin sacarse las botas y se quedó pensando en las palabras del maestro.

Buscá la verdad antes de que se te acabe el tiempo.

No sabía cuánto tiempo tenía. Nadie lo sabe. Eso era lo que el maestro había querido decirle: nadie sabe cuánto tiempo tiene, y esa es justamente la razón por la que hay que empezar hoy.

El discípulo no volvió a ver al maestro. No esa semana, ni al mes siguiente. La casa de piedra quedó cerrada, y algunos decían que el viejo se había ido al sur, y otros decían que ya había muerto, aunque nadie recordaba haberlo enterrado.

Pero lo que sí quedó fue la frase.

Se la escuchó repetir a un muchacho en el mercado, que la había oído de otro, que la había oído de otro más. Se la escuchó decir a una mujer que ya no creía en nada, y que sin embargo la repetía con respeto, como se repiten las cosas que uno no entiende pero sabe que son ciertas.

Y así fue pasando de boca en boca, de pueblo en pueblo, como pasa la sal cuando alguien la derrama: sin que nadie la vea, pero dejando sabor en todo lo que toca.

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Porque eso es lo que hay que entender, y lo que el maestro le dijo a su discípulo aquella tarde de lluvia, antes de cerrar la puerta y dejarlo solo bajo el alero.

Que el tiempo de cada uno es más corto de lo que todos creen. Que hay que buscar la verdad mientras se pueda. Y que los que buscan con hambre, aunque no la encuentren del todo, ya están salvados.

Pero los que creen que tienen tiempo de sobra, esos son los que un día se despiertan y descubren que la sal se les acabó, que ya no tienen sabor, y que nadie les va a devolver lo que dejaron de buscar a tiempo.

Y quizás vos, que estás leyendo esto, ya sabes de qué lado estás.

La pregunta no es si vas a buscar.

La pregunta es cuándo. Y la respuesta, aunque no te guste, es ahora.

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