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El secreto de la fuente: El último escape de Don Valeriano

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Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber con tus propios ojos cómo termina este enfrentamiento.

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El estruendo de las aspas de los helicópteros no era solo un ruido; era una vibración que se sentía en los huesos, un recordatorio de que el tiempo se había agotado. Don Valeriano, el hombre que por tres décadas había movido los hilos de toda la región, permanecía de pie en medio de su jardín, rodeado de estatuas de mármol que ahora parecían lápidas prematuras.

El aire en la selva siempre era pesado, pero esa tarde olía a algo diferente: a ozono, a pólvora y al sudor frío de quienes saben que no tienen salida. Mateo, su guardaespaldas más fiel, mantenía el fusil pegado al pecho, sus ojos escaneando el follaje denso que rodeaba la mansión «La Esmeralda».

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—Vienen por todos lados, Patrón —susurró Mateo, con la voz quebrada por una mezcla de adrenalina y terror—. Los radares muestran que el cerco está cerrado. No hay camino por tierra, y el muelle ya fue tomado.

Don Valeriano no respondió de inmediato. Se ajustó el saco de lino blanco, que a pesar del caos, lucía impecable. Observó su reloj de oro, no para ver la hora, sino como quien acaricia un amuleto antes del final.

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—¿Sabes qué es lo más triste de este negocio, Mateo? —preguntó el viejo capo, con una calma que resultaba casi insultante dadas las circunstancias.

Mateo lo miró confundido, con el dedo índice rozando el gatillo.

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—No es el miedo a morir —continuó Valeriano, dando un paso hacia la gran fuente central de la mansión—. Es saber que, al final, todos los imperios se construyen sobre arena. Pero algunos granos de arena son más astutos que otros.

Afuera, los gritos de los comandos tácticos empezaron a escucharse. Las órdenes en clave, el sonido seco de las granadas de humo explotando en el perímetro y el ladrido de los perros entrenados para cazar hombres. Estaban a menos de cien metros.

Don Valeriano observó la fuente, una obra de arte barroca que representaba a un ángel derrotando a una serpiente. El agua cristalina seguía fluyendo, ajena al drama humano que se desarrollaba a su alrededor.

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—Mateo, acércate —ordenó el patrón.

El joven guardaespaldas, que había servido a Valeriano desde que era un muchacho recogido de las calles, obedeció sin dudar. Sus manos temblaban ligeramente, pero su lealtad era de acero.

—¿Se acuerda de lo que le dije el primer día que trabajó para mí? —preguntó Valeriano, mirando fijamente a Mateo a los ojos.

—Que en este mundo, el que no tiene un plan B, ya está enterrado —respondió el joven.

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—Exacto. Y hoy, hijo mío, vamos a ver si mi plan B es tan infalible como me costó construirlo.

En ese momento, un destello rojo cruzó el pecho de Valeriano. Un francotirador ya los tenía en la mira desde la loma cercana. El punto láser bailaba sobre la tela blanca de su saco, buscando el corazón.

Mateo se interpuso instintivamente, usando su propio cuerpo como escudo, pero Valeriano lo apartó con una fuerza sorprendente para su edad.

—No hoy, Mateo. Hoy no muere nadie que yo no decida.

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El viejo capo se giró hacia la fuente. Sus dedos buscaron una hendidura casi invisible en la base del mármol, detrás de la cola de la serpiente tallada. Con un movimiento seco, giró una pieza de piedra que parecía fija.

Un zumbido hidráulico, casi imperceptible bajo el ruido de los helicópteros, comenzó a sonar.

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