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El secreto de la fuente: El último escape de Don Valeriano

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Estás en la parte 2: la historia continúa y el misterio de la mansión está a punto de estallar…

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El suelo bajo sus pies vibró con una intensidad que hizo que las aves de la selva levantaran el vuelo en una bandada frenética. Mateo soltó un grito de asombro cuando vio que el agua de la fuente, en lugar de salpicar, empezó a ser succionada por los desagües laterales en cuestión de segundos.

—¡Abajo! —gritó Valeriano, justo cuando una ráfaga de disparos impactó contra las estatuas de mármol cercanas, levantando nubes de polvo blanco.

Los comandos tácticos habían roto la última línea de defensa. Ya estaban en el jardín principal. El capitán de la unidad, un hombre de rostro curtido llamado Salazar, corría a la cabeza del grupo, con su arma en alto, apuntando directamente a la figura de blanco que tanto tiempo le había costado rastrear.

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—¡Valeriano! ¡Se acabó! ¡Suelta el arma y pon las manos donde pueda verlas! —bramó Salazar, su voz amplificada por el megáfono, resonando entre los muros de la mansión.

Pero Don Valeriano no se movió para rendirse. En lugar de eso, presionó con fuerza la base de la estatua del ángel. Lo que sucedió a continuación dejó a los soldados paralizados por un segundo de pura incredulidad.

La pesada estructura de la fuente, que pesaba varias toneladas, comenzó a deslizarse hacia un lado con una suavidad mecánica asombrosa, revelando una abertura rectangular, oscura y profunda, con una escalera de caracol fabricada en acero quirúrgico que descendía hacia las entrañas de la tierra.

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—¿Qué es esto, patrón? —preguntó Mateo, con los ojos como platos, mientras las balas silbaban sobre sus cabezas.

—Mi salida de emergencia personal, Mateo. Bienvenidos al búnker «La Sombra».

Valeriano se giró hacia donde sabía que estaban las cámaras de seguridad que el equipo táctico estaba usando para monitorear la operación. Miró directamente a una de ellas, como si estuviera viendo a través de los ojos de los analistas que, a kilómetros de allí, celebraban su captura.

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Hizo un gesto con la mano, un adiós burlón, y luego, con una sonrisa que no mostraba miedo sino una satisfacción casi divina, se dirigió al espectador invisible de su propia caída.

—Pensaron que me tenían acorralado —dijo en un susurro que el micrófono de su solapa captó con claridad—. Pero en este juego, el tablero es mío. Si quieren ver cómo termina el escape del siglo, sigan mirando.

Mateo entró primero, cubriendo la retaguardia. Valeriano lo siguió, bajando los primeros escalones justo cuando el capitán Salazar llegaba al borde de la fuente.

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—¡No disparen! ¡Lo queremos vivo! —gritó Salazar, lanzándose hacia el hueco, pero fue demasiado tarde.

Una placa de blindaje de diez centímetros de espesor se deslizó por debajo del mármol, sellando la entrada con un golpe seco que resonó como una sentencia de muerte para las esperanzas del gobierno. El mecanismo era tan perfecto que, desde fuera, la fuente parecía haber regresado a su estado original, incluso el agua empezó a brotar de nuevo, cubriendo cualquier rastro de la trampilla.

Dentro del búnker, el silencio era absoluto. El estruendo de la guerra exterior se había convertido en un eco sordo y lejano. Las luces LED blancas se encendieron automáticamente, iluminando un pasillo largo y lujoso, decorado con obras de arte que el mundo creía perdidas.

—¿A dónde lleva esto, Patrón? —preguntó Mateo, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su camisa ensangrentada.

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—A la libertad, Mateo. O al menos, a mi versión de ella —respondió Valeriano, empezando a caminar por el pasillo con paso firme—. Este túnel recorre tres kilómetros bajo la selva hasta llegar a un hangar oculto en una cueva natural. Allí nos espera un avión que no aparece en ningún radar.

Caminaron en silencio durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron minutos. Valeriano parecía rejuvenecido. La adrenalina de haber burlado a la muerte una vez más le daba una energía vibrante.

—Patrón, ¿por qué me trajo conmigo? —preguntó de pronto Mateo, deteniéndose en medio del pasillo—. Podría haberse ido solo. Habría sido más rápido. Menos riesgo.

Valeriano se detuvo y se giró para mirar al joven. En sus ojos no había la frialdad del jefe criminal, sino la calidez de un padre cansado.

—Porque un rey sin un heredero no es más que un hombre rico con un final triste, Mateo. Tú no eres un empleado. Eres el único que nunca me pidió nada más que mi respeto. Y hoy, te ganaste el derecho de ver el amanecer en otro país.

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De repente, un sonido metálico vibró en las paredes del túnel. No era un disparo. Era un golpe rítmico, pesado.

—Nos están buscando con sensores térmicos y de vibración —advirtió Mateo, pegando el oído a la pared—. Están justo encima de nosotros.

Valeriano sonrió y sacó un pequeño control remoto de su bolsillo.

—Que busquen. Mientras ellos se distraen con las paredes de concreto, nosotros estamos a punto de activar la fase final.

Llegaron a una pesada puerta de acero que requería un escaneo de retina. Valeriano se acercó, la luz roja escaneó su ojo derecho, y con un suspiro de aire comprimido, la puerta se abrió.

Lo que había detrás no era un hangar. Era una sala de control llena de monitores que mostraban cada rincón de «La Esmeralda».

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—Mira, Mateo —dijo Valeriano, señalando una de las pantallas.

En el monitor, se veía al capitán Salazar golpeando la fuente con frustración. Sus hombres estaban colocando cargas explosivas para intentar reventar el blindaje.

—Creen que el búnker es solo un escondite —explicó el patrón—. No saben que es una trampa. En tres minutos, toda la mansión se convertirá en cenizas. Y nosotros estaremos lo suficientemente lejos para ver el fuego.

—¿Va a volarla? —preguntó Mateo, horrorizado—. ¿Con todos ellos adentro?

—Ellos eligieron venir a mi casa con armas, hijo. Yo solo les estoy dando la bienvenida que se merecen. Pero antes… hay algo que tengo que hacer.

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Valeriano se sentó frente a una consola y activó un micrófono global que estaba conectado a los altavoces exteriores de la mansión. Su voz, profunda y cargada de ironía, retumbó por toda la selva, congelando a los soldados en sus puestos.

—Capitán Salazar, espero que esté disfrutando de la vista. Es lo último que verá de mi imperio.

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