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Seguimos exactamente donde quedó la escena…
La General no gritó.
Herrera esperaba que gritara, que pataleara, que le exigiera algo a alguien, pero no lo hizo. En cambio, se quedó muy quieta, como si las palabras de Rubén hubieran activado algo que llevaba durmiendo en su interior desde hacía años.
—Esa no es la historia completa —dijo ella, con una voz que ya no era la de una oficial. Era la de una esposa que finalmente tenía respuestas a preguntas que había dejado de hacerse.
Rubén la miró con una mezcla de respeto y lástima.
—Tiene razón. No es la historia completa.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Herrera podía escuchar su propio pulso, y los zumbidos de los equipos de vigilancia, y la respiración irregular de los oficiales que observaban la escena detrás del vidrio.
—El proyecto Atlas no solo buscaba crear un soldado inmune al dolor —dijo Rubén, con una voz más baja, más íntima—. Buscaba crear un arma viva. Un hombre que pudiera sobrevivir a cualquier herida, que pudiera regenerarse, que fuera prácticamente imposible de matar.
La General cerró los ojos.
—Lo sé. Yo firmé los documentos.
—Pero lo que no le dijeron a usted —continuó Rubén— es que el suero tenía un componente final. Un componente que solo se activaría después de años de latencia, como una bomba de tiempo.
Herrera se inclinó hacia el vidrio. Sin darse cuenta, había dejado de escribir y estaba conteniendo la respiración.
—¿Qué clase de componente? —preguntó la General, abriendo los ojos.
Rubén se pasó la lengua por los labios secos.
—Cuando el suero activó por completo, el paciente dejó de ser humano de la manera en que usted y yo lo entendemos. Dejó de envejecer. Dejó de enfermar. Dejó de sentir cualquier cosa que no fuera… hambre.
La palabra quedó flotando en el aire, fría, amenazante.
—¿Hambre de qué? —preguntó la General.
—Hambre de sangre.
El coronel Mendoza soltó una risa nerviosa, pero nadie más se le unió.
—Esto es una locura —murmuró uno de los oficiales—. Están hablando de vampiros, ¿en serio?
La General pareció no escucharlo. Estaba clavada en su lugar, mirando a Rubén como si estuviera leyendo una página de su propia historia que nunca había querido abrir.
—¿Y qué espera de mí? —preguntó, con un tono quebrado—. ¿Qué quiere que haga?
—Él me pidió que le dijera algo antes de que llegara.
—¿Qué?
Rubén miró a la General a los ojos, y por un momento pareció que el peso de los años se le venía encima.
—Dijo que nunca la culpó por lo que pasó. Dijo que sabía que usted no tuvo opción. Y que si usted tan solo quisiera verlo una última vez, él podría… retirarse.
—¿Retirarse?
—Puede elegir dejar de alimentarse. Puede elegir dormir para siempre. Pero lo único que no puede elegir es dejar de amarla.
La General dio un paso atrás. Su rostro, que había permanecido estoico durante toda su carrera militar, comenzó a resquebrajarse como el hielo en primavera.
—¿Me está diciendo…? —Su voz se cortó.
—Él solo quiere volver a verla, Elena. Un minuto. Nada más. Después de eso, prometió que desaparecerá para siempre.
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La explosión sacudió el edificio entero.
Herrera cayó al suelo junto con los demás. Las luces parpadearon, el vidrio de la sala de observación se agrietó en un patrón de telaraña, y una alarma comenzó a aullar en algún lugar del perímetro.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó Mendoza, arrodillado en el piso.
Una voz metálica sonó por el intercomunicador:
—¡Perímetro este comprometido! ¡Perímetro este comprometido! ¡Se reporta intrusión múltiple!
La General se recuperó antes que los demás. Su entrenamiento militar habló por ella, y aunque su corazón estaba destrozado, su cuerpo volvió a ser el de la comandante de la base.
—¡Quiero un informe de situación, ahora! —ordenó.
—¡Es un hombre, General! —respondió el oficial de seguridad, con un temblor en la voz—. Un hombre acaba de derribar la puerta principal… y no se detiene por los disparos. ¡No se detiene por nada!
Los ojos de la General se encontraron con los de Rubén.
—Es él —murmuró el viejo técnico—. Llegó.
—¡Disparen a matar! —gritó Mendoza, agarrando su radio—. ¡Repito, disparen a matar!
—¡No! —rugió la General, pero era demasiado tarde.
Los disparos comenzaron a escucharse del otro lado del edificio. Ráfagas completas, gritos, caos. Y entre todo eso, un sonido que nadie en la base había escuchado antes: un rugido que no era humano, pero que tampoco era un animal.
Era algo peor.
Herrera se arrastró hasta la puerta, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que le iba a reventar el pecho. Quería correr. Quería esconderse. Quería estar en cualquier parte del mundo que no fuera aquella base maldita.
Pero no podía moverse.
Los disparos cesaron de repente.
El silencio fue más aterrador que el ruido.
—Él no quiere lastimarlos —dijo Rubén, con voz cansada—. Solo quiere ver a Elena. Si lo dejan pasar, todo esto termina.
La General miró la puerta del interrogatorio. Miró a Rubén. Miró el vidrio detrás del cual sus oficiales la observaban, esperando una orden.
—Abran la puerta —ordenó.
—¡General! —protestó Mendoza.
—¡Abran la maldita puerta!
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## ##
La puerta se abrió.
Y allí estaba.
Herrera nunca logró describir exactamente lo que vio. No porque no tuviera palabras, sino porque ninguna palabra podía capturar la mezcla de horror y belleza de aquella figura.
El hombre era alto. Muy alto. Y aunque parecía tener unos cuarenta años, su rostro reflejaba una antigüedad que no podía explicarse con el tiempo. Tenía el cabello oscuro, salpicado de canas, y unos ojos que brillaban en la oscuridad con una luz propia.
La barbilla de la General comenzó a temblar.
—Héctor…
El hombre dio un paso hacia ella. Su ropa estaba destrozada, cubierta de polvo y de sangre que no era suya. Pero su expresión era suave, casi tímida, como si todo aquel caos no hubiera sido su intención.
—Elena —dijo, y su voz tenía un registro profundo que hizo que todos los presentes sintieran un escalofrío—. Sigues siendo hermosa.
La General se llevó una mano al pecho. Los oficiales detrás del vidrio tomaron las armas, pero nadie disparó. La escena era demasiado irreal, demasiado íntima.
—¿Qué te hicieron? —preguntó ella, con la voz rota—. Dime qué te hicieron, Héctor.
El hombre la miró con una mezcla de tristeza y ternura infinitas.
—Todo lo que me hicieron, me lo hicieron para poder sobrevivir hasta este momento.
—¿Para qué?
—Para ti. Solo para ti, Elena.
Rubén se levantó de su silla, con manos temblorosas, pero no había miedo en su rostro. Había alivio.
—Terminen esto —dijo, en voz baja—. Él no puede seguir viviendo así. Y usted no puede seguir fingiendo que no lo ama.
La General cruzó el espacio que la separaba de Héctor y, ante el asombro de todos los presentes, extendió la mano.
Él la tomó.
Y por un instante, el mundo fue solo ellos.
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